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Miércoles 28 de Noviembre del 2007 --- Edición No. 38976
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Mirador Semanal
por Manuel Eugarrios

FALSO: NICARAGUA NO ES UN PAIS DE LECTORES

Se necesita un poco de despiste o un mucho de temeridad inconsciente, para decir que este desventurado país es una república de lectores, o afirmar con una simpleza de grandes quilates que en Nicaragua sí se lee.

Cuando yo leí unas declaraciones en un diario local en las que se sostenía lo anterior, me quedé absolutamente asombrado, porque lo primero que se me vino a la mente es que este paisito se había transformado y que de la noche a la mañana habíamos logrado un gran avance en el hábito de la lectura.

No tuve más remedio para reponerme de mi propio asombro, que recordar una nota que en este espacio publiqué el 9 de Mayo último, en el que refuté con argumentos incontestables, a alguien que en un medio escrito, también local, había declarado que en Nicaragua se vivía en ese momento una severa crisis en el hábito de no leer o hacerlo ínfimamente.

Dije entonces que lejos de ser una fase temporal, en Nicaragua hemos vivido a nivel de toda la población -salvo cuatro intelectuales, los escritores profesionales, algunos periodistas, maestros de educación esforzados y unos cuantos burgueses--, una crisis permanente de lectura, y que la falta de lectura ha sido un mal endémico en nuestro país desde los predios de la educación formal hasta la Universidad, pasando por la educación primaria, la del hogar, y la enseñanza secundaria.

El articulista, el profesor Orvin Navarrete, que me inspiró dicha nota, realizó una encuesta en la ciudad de Estelí, en la cual las personas consultadas aseveraron que esa crisis permanente de lectura, se debía fundamentalmente a las siguientes causas:

a) La familia es el entorno donde menos se promueve el hábito de la lectura (sencillamente porque nadie puede enseñar a otro una costumbre que no posee en sí mismo, en el caso de padres, hermanos, tíos, abuelos, etc). b) Los centros educativos en todos los niveles no privilegian la lectura. c) No hay políticas de Estado que contribuyan a mediano y largo plazo a edificar un país de lectores, y d) La sociedad, incluso, llega a considerar al lector como un ser extraño.

Sobre los dos últimos acápites, yo destacaba que si después de casi un siglo de la muerte de Rubén Darío, a ninguno de los gobiernos habidos desde 1916 se le ha ocurrido editar las obras completas del más grande de los nicaragüenses aunque sea en papel periódico, para que su pueblo conociera su vida y su obra, mucho menos que se les haya pasado siquiera por la mente poner en práctica políticas de Estado para hacer de Nicaragua un país de lectores!!

A todos lo anterior habría que agregar otra causa más, como es la de que en las clases de primaria, en secundaria y aún en la Universidad, la lectura -sobre todo la literaria-se impone a los alumnos como una enojosa obligación y no como un deleite espiritual.

Añadía yo, que ciertamente nadie se toma un purgante de mal sabor a gusto, y que eso es casualmente lo que se hace al imponerle al alumno la lectura como obligación y no como lo que realmente es: un goce espiritual, una fruta de tierna carne y de dulce paladar que va directamente al corazón como un bálsamo mental.

En relación al mismo tema tratado aquí, y comentando el exabrupto de que en Nicaragua sí se lee, el bibliotecario James Campbell Jerez, en el NAC del 3 de Noviembre que finaliza, escribió un artículo que considero como excelente, y que comparto a plenitud.

Aparte de advertir que no existen datos fehacientes sobre la cantidad de títulos y los miles de ejemplares que se editan al año aquí, a pesar de que existe una Cámara Nicaragüense del Libro y una Biblioteca Nacional, Campbell señala que en la otra cara de la moneda se produce una gran cantidad de libros y otros materiales informativos como folletos, afiches, revistas, los cuales se distribuyen de manera gratuita y promocionada en distintos eventos, y que toda esta producción tiene un carácter educativo, formador y forjador de hábitos y conductas saludables.

A renglón seguido, Campbell nos enrostra verdades catedralicias como ésta: "vaya usted a saber qué están leyendo las y los nicas para, por ejemplo, mantener un país extremadamente sucio, sólo logrado con el tesón con el que la mayoría de sus ciudadanos tira la basura a la calle desde carros en marcha, caminando, en las paradas de los buses, en los semáforos, en los cauces, etc. Imagínese qué leerán, y para qué leerán, profesores, profesoras y estudiantes, cuando en la mayoría de las aulas se encuentran un basurero aledaños, esmeradamente construido, entre otros, por la comunidad educativa local".

Continúa el amigo Campbell con estas preguntas, por demás interesantes y acusadores:

"Qué leerán el personal de salud y de educación (con un grado académico mayor al común denominador) y para qué les servirá, que sigue menospreciando a las personas que conviven con VIH/SIDA? Qué leerán los padres y madres de la patria que contra lo demostrado fehacientemente por la ciencia, legislan en contra de una norma vigente por más de cien años, sentenciando a muerte a miles de mujeres pobres, al no permitirles el acceso a un aborto terapéutico en condiciones seguras? Qué leerán las niñas y adolescentes que con igual esmero han convertido a Nicaragua en un país con una alta tasa de madres prematuras? Niñas y adolescentes que truncan su futuro, su vida.

"Qué leerán los conductores de automotores que son insensibles ante los transeúntes? Y no me refiero a esa particular especie de conductores de buses y taxis, que si la policía leyera, al menos las leyes que le competen y las aplicaran, ya hace bastante tiempo esta especie recorrería las calles de a pie, simulando manejar, con lo cual no harían mayor daño. Qué leerán las autoridades municipales y nacionales que atentan contra los recursos naturales que están obligados a proteger, al permitir construcciones habitacionales en lugares no adecuados, o al permitir la explotación de los bosques sin planes reales de manejo o reforestación?

"Y si sigo poniendo ejemplos de lo que la lectura -y para qué se lee-produce en un pueblo, entonces, definitivamente, que Nicaragua aún no alcanza la categoría de un pueblo lector, informado y formado actuando por y para el bienestar común…"

Yo agrego, finalmente: y si un pueblo se debate en la oscurana entre las garras del analfabetismo o del analfabetismo funcional, tampoco está facultado para votar con certeza y conciencia en los cambios de autoridades municipales o nacionales. Y esto es lo más triste que le puede pasar a un pueblo, porque con su voto está decidiendo la suerte de su presente o de su futuro inmediato.

 

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