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Miércoles 09 de Mayo del 2007 --- Edición No. 3838337
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Mirador Semanal
por Manuel Eugarrios

LA DELICIA QUE SE PIERDEN LOS NICAS: LEER!!

Alguien la semana pasada en un diario local, quizás por descuido o un tanto de ligereza, afirmó una inobjetable falsedad: que actualmente los nicaragüenses padecemos de una severa crisis en el sano hábito de la lectura.

En efecto, a tergiversación en ese sentido reside en que, lejos de ser una fase temporal, en Nicaragua hemos vivido a nivel de toda la población –salvo cuatro intelectuales, algunos periodistas, maestros de educación esforzados y algunos muy pocos burgueses- una crisis permanente de lectura desde que nos independizamos de España hasta hoy.

Para decirlo más crudamente, la falta de lectura ha sido un mal endémico en nuestro país, desde los primigenios predios de la educación formal hasta la universidad, pasando por la educación primaria del hogar y la enseñanza secundaria.

Y esa falta de educación productiva en general y de lectura en lo particular, ha sido y es la causa principal para que las diferentes capas sociales de nuestra población concurran cada cinco años a las urnas con una absoluta escasez de conciencia y visión ciudadana, a elegir para la silla presidencial a una persona que nada tiene que ver con la lucha en favor de los intereses del país y del pueblo pobre, como ocurrió con los tres gobiernos anteriores.

Resulta lastimoso pero debe decirse: el fenómeno de que en ese tipo de votación inconciente caen no sólo los nicas no letrados –obreros, campesinos, artesanos, etc.- sino quienes habiendo conquistado títulos de técnicos y universitarios son muy buenos profesionales y quizás hasta sabios en su especialidad, pero totalmente ignorantes en asuntos políticos, filosóficos o sociológicos, al extremo de que en casos extremos algunos pueden calificarse en cultura general como analfabetos funcionales.

Como aseguraban los antiguos, la ley es dura, pero es la ley, y lo mismo podemos decir sobre lo expuesto en el párrafo anterior. Tan simple, pero en este caso no hermoso sino deplorable, como ver filtrarse la luz matutina entre las ramas de los árboles en un país tropical.

Estoy totalmente de acuerdo con el criterio de personas consultadas en la linda y tres veces heroica ciudad de Estelí –que el articulista cita- , en el sentido de que la crisis permanente de la lectura en Nicaragua (y no el descenso, porque sencillamente aquí nunca ha habito ningún ascenso), se debe fundamentalmente a las siguientes causas:

La familia es el entorno donde menos se promueve el hábito de la lectura (y digo yo: nadie puede enseñar a otro un hábito que en sí mismo no posee, en el caso de los padres, hermanos, tíos, etc.); b) Los centros educativos en TODOS LOS NIVELES (el subrayado es mío) no privilegian la lectura; c) No hay políticas de Estado que construyan a largo plazo un país de lectores; y d) La sociedad, incluso, llega a mirar al lector como un ser extraño.

No me resisto a formular un par de breves comentarios a los dos últimos acápites o literales citados, c) y d): Si después de casi un siglo de la muerte de Rubén Darío, a ninguno de los gobiernos habidos desde 1916, se le ha ocurrido editar las obras completas del más grande de los nicaragüenses aunque sea en papel periódico para que su pueblo conozca su vida y su portentosa obra, mucho menos que desde 1821 se les haya pasado siquiera por la mente poner en práctica políticas de Estado para hacer de Nicaragua, a mediano o largo plazo, un país de lectores!!

Como nunca lo había pensado, admito que me conmovió ese acápite d) de los hermanos de Estelí, porque efectivamente me hiere en carne propia: después de verme sistemáticamente durante treintidós años leyendo todos los días –a excepción de algunos fines de semana- en el porche de mi humilde casa de Ducualí por un lapso que ha oscilado entre hora y media y dos horas, sea de día o de noche, ahora no me cabe la menor duda de que mis apreciados vecinos me vean como un ser realmente extraño.

Las causas, por otra parte, para este ínfimo o casi nulo hábito de lectura que nos ha agobiado como Nación y como pueblo no son pocas en verdad, y una de ellas es la de que en primaria, en secundaria y aún en la universidad, la lectura –sobre todo la lectura literaria- se impone a los alumnos como una enojosa obligación y no como un deleite espiritual.

De ahí que, como argumenta el profesor Orvin Navarrete en el mencionado artículo, hayan en los establecimientos educativos graves problemas de lecto-escritura, y serias “deficiencias en el rendimiento del alumno en materias como lenguaje y comunicación, matemáticas y ciencias naturales”.
Nadie, ciertamente, se toma un purgante de mal sabor a gusto, y eso es precisamente lo que se hace al imponerle al alumno la lectura como obligación y no como lo que es en realidad: un verdadero disfrute intelectual, una fruta de tierna carne y de dulce paladar que va directamente al corazón como un bálsamo mental.

Desde hace muchos años leí esa benéfica frase del gran Lin Yutang, que ha quedado en mi pecho como un escudo invulnerable: Todo el que lea un libro con sentido de obligación no ha comprendido el arte de leer. No puede haber libros que uno no deba leer, porque nuestros intereses intelectuales crecen como un árbol o fluyen como un río”.

Coincido además con el amigo Navarrete en estas tres cuestiones que existen en detrimento de la lectura: a) el predominio de la imagen en la T.V. y en las computadoras, que con su avalancha de contenidos fomentan entre sus usuarios la desinformación y la mediocridad mental; b) que yo sepa, repito, jamás ha habido en este triste país campañas estatales para la lectura, ni locales ni nacionales; c) no ha existido nunca un interés real de los gobiernos por un verdadero movimiento bibliotecario que además de fundar bibliotecas en todos los municipios del país, destine los recursos necesarios para que en sus fondos no sólo hayan libros académicos sino de literatura en genera empezando por los clásicos universales.

Jorge Luis Borges confesaba ser un lector hedónico, porque en los libros buscaba emoción.

Como se sabe, el gran escritor argentino quedó ciego casi a la mitad de su vida, y desde entonces vivió en la tiniebla un hombre de letras y un eximio lector como él, lo cual le ha de haber causado un terrible sufrimiento. Sin embargo, en el formidable “poema de los Dones”, se duele y se resiente pero a la vez acepta su destino en esta bella estrofa que inicia dicho poema:

“Nadie rebaje a lágrima o reproche
Esta declaración de la maestría
De Dios que con magnífica ironía
Me dio a la vez los libros y la noche”.

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