El pasado 5 de enero, las autoridades del Teatro Nacional Rubén Darío, admitieron, con la entrega tardía de reconocimientos a destacados artistas nacionales, su falta de visión y voluntad política para cumplir con los objetivos y funciones de esta institución, en un acto que resultó ser un insulto a la inteligencia. De acuerdo al Decreto Creador 19-2000 del Teatro Nacional Rubén Darío, en su artículo 4 define los siguientes objetivos:
1. Promoción y Divulgación de la Cultura y el Arte Nicaragüense en todas sus expresiones, en especial, la labor de difusión.
2. Difundir la Obra artística, pictórica, danzaria, teatral y escultórica de los artistas nacionales e internacionales.
3. Propiciar una mayor educación artística cultural entre nuestra sociedad, involucrando en sus actividades culturales a la niñez y juventud nicaragüense dentro del proceso de incorporación e integración social con el Principio de Identidad Nacional.
4. Promover y facilitar el crecimiento, desarrollo y fortalecimiento de las expresiones artísticas, talento y cualidades de los artistas, permitiendo la superación profesional de la más alta calidad de nuestros artistas nacionales.
Es generalizada la percepción de la gestión deficitaria hecha por las autoridades del Teatro Nacional. Su directora y la Junta Directiva se limitaron a conceder en calidad de alquiler las tres salas. Donde está la producción artística nacional? Donde está el cumplimiento de esos objetivos y funciones? Es cierto también que a nivel presupuestario los gobiernos, desde 1997, desatendieron al sector cultura en general, pero la palabra gestión fue abolida de su vocabulario. Qué fue del Teatro Nacional en todo este período? Fue un espacio, cuya cartelera se edificó a base de gestión de los propios artistas. Solamente por citar algunos ejemplos de las carteleras mensuales del año 2006, el 99 % de los espectáculos fueron producidos por los artistas. Una producción significa crear la idea, organizar el elenco, gestionar el financiamiento para la remuneración económica de los artistas, garantizar la logística de todo el evento ( refrigerios, transporte, invitaciones, venta de boletería, etc.), gestionar la difusión y publicidad (pautación de carteleras en periódicos y spot de radio y TV), diseñar y editar los programas de mano y afiches. Entonces, para qué una Dirección de Producción Artística y Técnica? Este último aspecto, el de la publicidad, apoyo sustancial que brindaba el Teatro a los artistas, como parte de convenios de colaboración entre éste y los medios de comunicación, fue suspendido en 1999, teniendo que asumir los artistas esta gestión. No fueron entonces los festivales internacionales de Danza Contemporánea, de Música Clásica, las pocas exposiciones de artistas plásticos, las Bienales de Artes Visuales, las temporadas de Conjuntos Folklóricos y las pocas temporadas de teatro, posibles por la gestión autónoma de los artistas, sin que la institución tuviese las más mínima participación como ente facilitador, que es lo que finalmente le debe corresponder al estado?
De manera muy pasiva y cómoda el Teatro Nacional dejó de ser una institución para la promoción y producción artística nacional para convertirse en un "vientre de alquiler". Sus producciones se limitaron a celebrar su XXX aniversario en 1999 con la puesta en escena El Guegüense bajo la dirección de César Paz, gracias al empuje de Clemente Guido, las únicas iniciativas propias son las Temporadas de Música Clásica y Coral que desde el 2002 se realizan gestionando patrocinio para asegurar el pago del alqui-ler de las salas y los Homenajes al Canto Regional Nicaragüense dedicados a Otto de la Rocha, Felipe Urrutia y sus Cachorros y Carlos Mejía Godoy. Acaso no se puede hacer esta misma gestión con otras empresas para realizar temporadas de teatro, danza contemporánea, teatro para niños, exposiciones de artes plásticas o conciertos musicales? Las agrupaciones teatrales y de danza contemporánea hicieron múltiples esfuerzos para realizar al menos co-producciones en la Sala Experimental, pero este concepto, mal entendido y mal manejado por el Teatro, no representaba rentabilidad para la institución, lo que derivó en la sub-utilización de este espacio. La administración del Teatro fue doméstica, falta de tacto en el tratamiento de los artistas y una actitud de desprecio hacia su labor.
El programa didáctico lo institucionalizó Rosita Bernheim en 1990 y la cantidad de funciones promovidas por la actual administración no llegaron ni al 10 % de ese enorme caudal de promoción de un público que legó Rosita y la posibilidad de una remuneración económica constante que significó para los artistas dicho programa.
Las temporadas de Teatro para niños tan exitosas en la primera parte de la década de los noventa, consecutivamente promovidas domingo a domingo, tuvieron un intento fallido con la apertura de El Principito de César Paz, cancelando definitivamente el programa, por la poca asistencia de público, sin tomar en cuenta lo difícil que es recuperarlo después de un gran letargo surgido desde 1997.
La incapacidad e inoperancia, pero sobre todo falta de visión de la Junta Directiva, resultó ser para la institución, más un estorbo que un acertado nombramiento, pues los representantes de instituciones gubernamentales anquilosadas y burocráticas no sabían el rol que les corres-pondía en una institución con las características del Teatro Nacional. Su papel se limitaba a aprobar la cartelera construida por las propias agrupaciones, sin escuchar las propuestas y deslegitimando la representación de los artistas en la persona del maestro Ronald Abud, así como también desacreditando a funcionarios claves con estudios profesionales en la gestión cultural, artística y técnica. El grave error de catalogar al Teatro Nacional como una "industria" desde la privatización de la energía eléctrica, no fue resuelto por sus autoridades, limitándose a elevar en dos ocasiones los costos de alqui-ler de las salas, lo que repercutía negativamente en los costos de producción de un espectáculo para los artistas.
Las propuestas para producir espectáculos nacionales en internacionales eran sencillamente descalificadas, como el caso de los Festivales Inter-universitarios, donde prevaleció su posición de rechazo, emparentando al movimiento artístico universitario con el 6 %.
Simplemente nunca existió visión y voluntad, dos aspectos esenciales de una verdadera política cultural.
Desde lo interno del Teatro Nacional mi posición siempre fue crítica hacia la incorrecta forma de manejarlo y de propuestas que albergaban una esperanza de hacer de esta institución lo que todo Teatro Nacional debe hacer: promover y producir, pero todo fue negado, lo que me llevó a mi renuncia en diciembre del 2003.
Hoy, al final del período de estas autoridades y el advenimiento de las nuevas, los artistas seguimos siendo los protagonistas del queha-cer artístico, los funcionarios inapropiados vuelven a su labor doméstica.
Salvador Espinoza Moncada
Actor, productor artístico, e investigador cultural.