Lunes 28 de Agosto 2006 * Edición No. 3873

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Pensando en Nicaragua

Pensando en Nicaragua

por Ignacio Briones
 

I
Luis Somoza, el Dr. Ramiro Sacasa Guerrero y René Schick Gutiérrez tratarían infructuosamente de evitar que ascendiera a la Presidencia Anastasio Somoza Debayle. Los tres estaban convencidos de que si esto ocurría no solamente el poder familiar de los Somoza se encaminaría al desastre sino que el propio Liberalismo Nacionalista sería erradicado de la gobernatura del país. Y tenían muchas razones para pensar así. Entre otras como habría de declarar el propio Luis Somoza al Dr. Diego Manuel Chamorro diciéndole que “no era difícil para su hermano hacerse del poder. Lo difícil, dijo, iba a ser bajarlo”. Y así ocurrió en efecto. “Anastasio Somoza Debayle es como el rey europeo que preconizaba que después de él vendría el diluvio y no le importaba que esto ocurriera”, decían varios dirigentes liberales civilistas, entre otros el Senador Gerardo Suárez López a quien apodábamos el “ideólogo” del liberalismo.

Una vez que Schick tomó posesión del cargo nombró como Secretario de la Presidencia al Dr. Pedro J. Quintanilla a quien no pocos correligionarios suyos calificaban de tener inclinaciones “comunistas”, lo que no era cierto. Como liberal de principios Pedro propiciaba la independencia de los poderes del Estado, una justicia social que tradicionalmente había sido escamoteada a la población y devolver al país la esperanza de que el continuismo somocista debía desaparecer dando paso a nuevos valores de ese partido.

En presencia del Dr. Schick, Quintanilla dijo un día a un grupo de periodistas que Schick redactó una carta de renuncia al cargo, por “si alguna vez los Somoza no obedecía sus órdenes”. La noticia trascendió al público y en otra ocasión el propio Schick sugirió a un grupo de periodistas opositores que realizaran una campaña demandando la reforma de la Ley Electoral que impedía la participación de nuevos partidos políticos. La campaña se realizó. Schick nombró una comisión de su Partido para que se reuniera con dignatarios opositores para convenir una nueva Ley Electoral. Las pláticas se desarrollaban en el edificio de la Nunciatura Apostólica; pero se atribuye al Dr. Emilio Alvarez Montalván haber dicho que “hablar con los emisarios de Schick era perder el tiempo, pues quien mandaba realmente en Nicaragua era el General Anastasio Somoza Debayle”. Schick se indignó y rompió las pláticas. Visiblemente alterado su carácter suave y caballeroso siempre, reunió al núcleo de periodistas a quienes nos había confiado la campaña orientada a reformar la Ley Electoral y nos dijo que “los líderes opositores solo merecían el látigo de los Somoza” o las prebendas que obtenían; pero que jamás su conducta política obedecía a establecer la democracia en el país. Son ellos los culpables de que el método somocista de plomo para los enemigos, plata para los amigos y palo para los indiferentes” siga prevaleciendo en el país nos dijo. Recuerdo que entre sus interlocutores estábamos Pablo Antonio Cuadra, Adán Selva, Frank Arana Valle, César Vivas Rojas y otros.

A esta reacción prosiguieron otros acontecimientos que cada día convencía al pueblo de las bondades cívicas y políticas que abanderaba el presidente Schick. En más de una ocasión, durante las conferencias de prensa que celebraba todas las semanas, vimos a Luis Somoza en el antedespacho presidencial “esperando ser recibido por el Presidente”. Varios de nosotros creíamos que era una pantomima; pero con el tiempo nos convencimos que la transición había llegado en serio.

Particularmente con nosotros, el Dr. Schick había tenido dos gestos que no podremos olvidar nunca. Ya electo acompañó a Luis Somoza a Costa Rica cuando visitó ese país el presidente John F. Kennedy de Estados Unidos. En San José residíamos en condición de asilados unos 30 nicaragüenses. Pedro Quintanilla fue comisionado por Schick para que nos visitara en las pensiones donde nos hospedábamos. Llegaba a invitarnos en nombre del presidente Schick para que regresáramos a Nicaragua. El mismo se comprometía a traernos en el avión presidencial. No quisimos aceptar porque en ese avión vendría de regreso al país Luis Somoza quien había decretado nuestra expulsión del territorio nacional. La mayoría regresó en los primeros meses de la administración Schick. Algunos de nosotros abogamos por otros exilados que estaban regados en diferentes países de América y Europa. Y en la siguiente conferencia de prensa Schick comprometió su palabra públicamente invitando a todos los exilados a regresar al país, incluídos prominentes militantes de tendencia comunista. Así empezaron a regresar Nicolás Arrieta, Guillermo Urbina Vásquez y otros. Una mañana el jefe de Migración impidió la entrada a Alejandro Bermúdez Alegría, a quien despachó a Honduras. Alejandro llamó desde Tegucigalpa a Schick y éste se trasladó al aeropuerto, destituyó al oficial migratorio que había desobedecido su orden y lo obligó que viajara a la capital hondureña y regresara con Bermúdez Alegría. Entretanto él esperaría en las instalaciones del aeropuerto. Y así lo hizo. La destitución del jefe migratorio obediente a Anastasio Somoza quedó en firme.

A un colega periodista que se encontraba en la República Democrática Alemana, Schick proveyó a su mamá de un pasaporte y ordenó que el Estado costeara los gastos. La mamá de ese periodista recibió el dinero para que comprara los pasajes.

Otro periodista absolutamente incondicional a Tacho II, se quejó ante su amo que el presidente Schick lo menospreciaba. Schick le había enviado un telegrama en términos fuertes por la publicación de una noticia que lo agraviaba. Tacho le dijo a su incondicional que él tenía que tragarse todos los días, la desobediencia de Schick. Ese periodista se llamaba Rafael Rojas y Jarquín y había fundado un diario con el nombre de La Prensa Gráfica, Schick le había recomendado que no abusara de ese nombre que le pertenecía a la familia Chamorro en su condición de dueños de “La Prensa”.

Otro periodista somocista, padre del actual Ministro de Educación Miguel Angel García tenía una columna en “Novedades” titulada “Cositas Sueltas”. Schick calificó esa columna comparándola con los albañales que se construyen en las casas para que por ellos discurran las suciedades.

A Miguel Angel García hijo Schick patrocinaba sus estudios en la Escuela de El Zamorano en Honduras y en una ocasión llegó a la presidencial para que se le renovara la beca. Con una cierta preocupación Pedro Quintanilla consultó a Schick si ordenaba la continuación de la beca. “Que culpa tiene el muchacho del comportamiento del padre”, le dijo Schick y autorizó que se le continuara favoreciendo con la beca al joven Miguel Angel, que por cierto era uno de los alumnos más aventajados de aquella institución.
En resumen, el Dr. Schick trató de enrumbar al país por nuevos caminos de entendimiento nacional, promoviendo en primer lugar el respeto a los Derechos Humanos y políticos de sus conciudadanos. Ese propósito le costó la vida. Anastasio Somoza II ordenó su asesinato. Schick fue sustituido por el Dr. Lorenzo Guerrero, uno de los políticos más nefastos que ha tenido el país.

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