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Esta es la nota sobre la ejecución
de Somoza que aparece en el libro Memorias de Enrique Gorriarán
Merlo.
SIGUE EL SUSPENSO.-El 10 de septiembre el compañero
del kiosko nos avisó del retorno de Somoza. Más adelante
nos enteramos que se había ido al campo, pues había
comprado unas tierras en el Chaco paraguayo. El 11 ya estuvimos
de vuelta en la casa remontando todo. Pasó ese día
y el siguiente y el siguiente… y otra vez no aparecía.
En esos días dos personas nos tocaron el timbre: un vecino
que quería saber si era cierto que Julio Iglesias iba vivir
ahí y otro para preguntar si la casa estaba en alquiler.
También a veces nosotros encargábamos comida para
que nos la trajeran, para que se viera que estábamos trabajando
en la decoración de la casa. Esas fueron las únicas
personas que llegaron a la puerta de la casa en todo el tiempo.
POR
FIN .-Pasó una semana hasta que reapareció, por segunda
vez, Somoza. Después supimos que había vuelto a ir
al Chaco paraguayo. El 17, bien temprano a la mañana, Santiago
dijo: "Hoy, a las 10 de la mañana, viene". Y vino
a las 10. Fue un presentimiento increíble. A esa hora exacta,
a las 10 de la mañana, como había hecho justo una
semana antes, pasó. Ahí recibimos la señal,
que simplemente consistía en el color del auto: "blanco-blanco"
fue. Salí hasta casi la vereda, vi el auto, di la señal
en el momento que estaba previsto darla, salió Santiago,
el Gordo se acomodó con la camioneta y corto el tránsito,
pero escuché un ruido y cuando me di vuelta vi a Santiago
en el suelo: el cohete había fallado, no había salido
de la bazooka y el estaba cambiándolo.
MOMENTO CRUCIAL.-El tránsito quedó
parado y apareció el auto enfrente mío, justo en frente,
como a tres metros, ahí se quedó parado. Al mirar,
de entrada me sorprendí: el chofer no era el mismo, no era
Genie, y Somoza no iba adelante -como siempre lo hacía- sino
que iba detrás, y a su lado iba otra persona que después
nos enteramos que era un financista colombiano, que quien sabe quien
sería porque ni siquiera se quejaron por él. Atrás
venía el vehículo de la custodia con cuatro o cinco
guardia...Claro, ya a esa altura tuvimos que sacar las armas y Roberto
y yo disparamos, porque Santiago había quedado en esa situación
comprometida. Simultáneamente los de la custodia –y
mi misión era justamente contrarrestarlos a ellos- bajaron
del vehículo y se parapetaron detrás del paredón
que divide la casa en que estábamos de la de al lado. Además
estaban el colombiano, Somoza y el chofer.
CAMBIO DE ARMA.-Nosotros disparamos sobre el auto
de Somoza hasta que los custodios comenzaron a dispararme; yo me
quedé sin municiones y, frente a eso, Roberto disparó
sobre los guardias con un FAL y saltaron los ladrillos de arriba
del paredón, lo que los obligó a agacharse. Eso me
dio un aire para entrar a la casa y tomar una ametralladora, que
era el arma que teníamos de repuesto. Santiago también
entró conmigo, ya había cambiado el cohete y desde
adentro, desde la puerta de la casa, disparó con la bazooka
sobre el vehículo. El cohete aniquiló el auto. Los
custodios dejaron de disparar. Todo esto sucedió en cuestión
de segundos...Santiago y yo corrimos por dentro desde la puerta
principal de la casa hasta el garaje, subimos a la camioneta, como
estaba previsto, y nos fuimos con Roberto. Cuando el Gordo había
cruzado la camioneta se había generado una larga caravana
de autos parados por el corte de la avenida, pero después
de tantos disparos, no había quedado ninguno, la calle estaba
desierta. La ruta estaba libre.
LA FUGA.-Salimos con la camioneta sin darnos cuenta
de que había sufrido averías por el tiroteo. Doblamos
hacia la izquierda en la primera esquina saliendo de la calle España,
y a treinta metros el vehículo se detuvo, no anduvimos más.
Obviamente después de semejante situación no había
nadie en las calles, ni siquiera otros coches. Hasta que apareció
un auto de frente, lo paramos, hicimos descender a su conductor
y nos fuimos en ese auto. Los tres, Santiago (Hugo Irurzùn),
el Gordo (Roberto Sánchez) y yo.
TODO
PREVISTO.-Después de consumada la acción contra Somoza,
ya teníamos previsto todo paso a paso para la retirada. Lo
más importante era abandonar el territorio de Paraguay en
el menor tiempo posible. Nos fuimos en ese auto y, primero, dejamos
a Santiago frente al Cementerio, sobre una avenida paralela a España
para que se encontrara con el compañero que había
estado en el kiosko; este compañero, después de haber
dado la señal, fue hasta un lugar donde tenían estacionado
el vehículo para esperar a Santiago. Ellos se irían
juntos a un sitio predeterminado. Durante un trecho Roberto y yo
seguimos en el auto- el Gordo manejaba- hasta que me dejó
a media cuadra de un hotel donde me aguardaba la compañera
que había viajado conmigo. De ahí arrancamos hacia
la frontera, y lo mismo harían Roberto y la compañera
que había llegado con él.
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