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Miércoles 16 de Marzo del 2005 * Edición No. 3535

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NI POLITICA NI PARTIDOS SON MALOS PER SE

Tanto en Nicaragua como en otros países de América Latina, la política (entendida correctamente como ciencia del buen gobierno) se ha satanizado a niveles tan elevados, que a veces pareciera que esa fatalidad es irreversible y que no hay solución.
Desde cualquier ángulo que se estudie este problema --más sociológico que ideológico--, resulta inevitable llegar al convencimiento de que los grandes culpables de esa satanización son los políticos, es decir la clase política y el instrumento que utilizan para acceder al poder de gobernar: los partidos políticos.

En el último medio siglo, sin embargo, surgió un elemento muy perturbador: la corrupción administrativa y el robo casi descarado al erario público, que sin duda alguna vino a profundizar el marcado desprestigio que ya arrastraban la clase política y sus partidos.

Per se, no obstante, ni la política ni quienes la ejercen son seres diabólicos, sobre todo si se tiene en cuentra que desde los antiguos tiempos de Aristóteles el hombre es irremediablemente un animal político, como ese gran filósofo supo bautizarlo.

Para adentrarnos de manera docente en el intrincado campo de la política como ciencia, debemos identificar en primer lugar al hombre y su medio físico, en el que en ciertos aspectos es muy poco lo que puede hacer, porque no podemos cambiar el curso de las estrellas, frenar el enfriamiento del sol o terminar con los terremotos y maremotos, por ejemplo.

En la acera de enfrente, el aspecto es totalmente diferente, pues se trata del marco social en que el hombre se desenvuelve. Aquí, el clima nos es favorable y poseemos la facultad de regular la corriente y lamagnitud de los acontecimientos. Y ya en este terreno de lo social, propicio o negativo según nuestras determinaciones, surge el hombre político como el mágico demiurgo: criaturas de sus instituciones, o creador de ellas.

De ahí que conceptos como "inevitable", "insoluble", "nunca " "imposibilidad absoluta", no pueden tener cabida en el vocabulario de la ciencia política, que tampoco es absoluta en sí misma. Y esto es así, por la sencilla razón de que toda conductasocial, toda organización social, y todas las instituciones sociales que hemos formado desde el hombre primitivo, son producto concreto de la actividad humana. Todo ello significa que nada de lo que hemos heredado o de lo que hacemos hoy, queda fuera de nuestro alcance de modificarlo y transformarlo, y aquí se entra de golpe en el reino y la práctica de la política.

En el vasto campo social y sus organizaciones e instituciones, en dos palabras, no hay nada que la voluntad del hombre no pueda cambiar sirviéndose de la práctica política, que por sí misma y en su esencia tiene las mejores bondades, como lo hemos brevemente explicitado.

Ahora que a la par de esas bondades, la misma política sea utilizada para mantener a enormes porciones humanas sometidas aún a la pobreza, la ignorancia, la humillación social, el desamparo, el desempleo, el despotismo y la guerra, ya no es culpa de la políticacomo ciencia sino de quienes decidieron mediante sistemas económicos impuestos, que unos pocos habitantes de este planeta vivan en el super lujo y una repugnante super abundancia, mientras una inmensa mayoría de seres humanos sufran el diario azote de tales privaciones.

Pero la política sigue siendo, en tanto no encontremos un método mejor el único medio a través del cual aspiramos a vivir mejor.

Y casualmente, buscando los medios o instrumentos para el mejoramiento humano, es que la misma política descubre o inventa, lo que de abstracta la volverá carne y acción en la corteza social: los partidos políticos.

Tampoco las organizaciones políticas son diabólicas y malas por sí mismas. Por el contrario, representan la cabeza o el frente de lo que en la modernidad se conoce como sociedad civil, o sea los grupos que en una multiplicidad de intereses se mueven en el campo social.

Tanto es así, que la democracia de los últimos decenios ha colocado a los partidos en lo que pudiera llamarse el tabernáculo del poder y su proceso político y, que hoy en día, es inconcebible sin los partidos. Y decir partidos, es decir dentro de ese particular ámbito, elecciones de autoridad supremas y municipales, sufragio efectivo, Congresos legislativos, etc.

Desde esos tiempos hasta hoy ha corrido mucha agua bajo el puente turbulento de la política, pero es algo ya palpablemente demostrado que la más eficaz y notable de las contribuciones modernas, al arte de la política son precisamente los partidos políticos.
Sí, es indiscutible que el sistema de gobernar mediante partido que se alternan en el poder contiene en sí mismo imperfecciones y riesgos, pero todavía el hombre contemporáneo no ha descubierto un método mejor para afianzar la libertad política y con ella el resto de las libertades públicas y los derechos individuales.

Por ello, el profesor norteamericano Leslie Lipson, opina que la existencia en un país de más de un partido es considerada hoy día como el criterio esencial para distinguir a un régimen de libertad de un régimen de dictadura, pues siempre que existe la oportunidad de elegir, hay una concreción de libertad. Esto representa, sin duda, un gran paso hacia delante en el logro de la madurez política, porque la libertad es fundamentalmente política.

Sin embargo, como en el caso de la política, de nuevo debemos advertir que el invento de los partidos políticos no es ni perverso ni dañino per se, sino que es otra vez la clase política, es decir los dirigentes de los partidos políticos los que los han convertido en fuente de corrupción, de dictaduras y de iniquidades políticas a través de poderes autoritarios y despóticos.

Son los políticos, por ende, los que se han encargado de carcomer las bondades del sistema de partidos, hasta llevarlos hoy a un grado de desprestigio y repulsa verdaderamente aflictivo.

Ese es un riesgo repetido a través de la historia de los últimos dos siglos, pero también se ha caído en otro no menos nefasto: el de la partitocracia, una modalidad emergente que en sentido lato significa gobierno de partidos. Pero en un sentido estricto, según José Schumpeter, "los partidos modernos son únicamente máquinas electorales para garantizar a determinados grupos de presión su constante presencia en las posiciones de poder....ya no son representativos de la realidad social, son representativos parasitarios y opresores..."

Para concluir, pienso que lastimosamente todo esto ocurre en una época tan llena de truculencias como las que vivimos, en la que el lenguaje efectivo de la democracia es subordinado y sometido a la grandilocuencia de la retórica política.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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