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NI POLITICA NI PARTIDOS SON
MALOS PER SE
Tanto en Nicaragua como en otros países
de América Latina, la política (entendida correctamente
como ciencia del buen gobierno) se ha satanizado a niveles tan elevados,
que a veces pareciera que esa fatalidad es irreversible y que no
hay solución.
Desde cualquier ángulo que se estudie este problema --más
sociológico que ideológico--, resulta inevitable llegar
al convencimiento de que los grandes culpables de esa satanización
son los políticos, es decir la clase política y el
instrumento que utilizan para acceder al poder de gobernar: los
partidos políticos.
En el último medio siglo, sin embargo, surgió un elemento
muy perturbador: la corrupción administrativa y el robo casi
descarado al erario público, que sin duda alguna vino a profundizar
el marcado desprestigio que ya arrastraban la clase política
y sus partidos.
Per se, no obstante, ni la política ni quienes la ejercen
son seres diabólicos, sobre todo si se tiene en cuentra que
desde los antiguos tiempos de Aristóteles el hombre es irremediablemente
un animal político, como ese gran filósofo supo bautizarlo.
Para adentrarnos de manera docente en el intrincado campo de la
política como ciencia, debemos identificar en primer lugar
al hombre y su medio físico, en el que en ciertos aspectos
es muy poco lo que puede hacer, porque no podemos cambiar el curso
de las estrellas, frenar el enfriamiento del sol o terminar con
los terremotos y maremotos, por ejemplo.
En la acera de enfrente, el aspecto es totalmente diferente, pues
se trata del marco social en que el hombre se desenvuelve. Aquí,
el clima nos es favorable y poseemos la facultad de regular la corriente
y lamagnitud de los acontecimientos. Y ya en este terreno de lo
social, propicio o negativo según nuestras determinaciones,
surge el hombre político como el mágico demiurgo:
criaturas de sus instituciones, o creador de ellas.
De ahí que conceptos como "inevitable", "insoluble",
"nunca " "imposibilidad absoluta", no pueden
tener cabida en el vocabulario de la ciencia política, que
tampoco es absoluta en sí misma. Y esto es así, por
la sencilla razón de que toda conductasocial, toda organización
social, y todas las instituciones sociales que hemos formado desde
el hombre primitivo, son producto concreto de la actividad humana.
Todo ello significa que nada de lo que hemos heredado o de lo que
hacemos hoy, queda fuera de nuestro alcance de modificarlo y transformarlo,
y aquí se entra de golpe en el reino y la práctica
de la política.
En el vasto campo social y sus organizaciones e instituciones, en
dos palabras, no hay nada que la voluntad del hombre no pueda cambiar
sirviéndose de la práctica política, que por
sí misma y en su esencia tiene las mejores bondades, como
lo hemos brevemente explicitado.
Ahora que a la par de esas bondades, la misma política sea
utilizada para mantener a enormes porciones humanas sometidas aún
a la pobreza, la ignorancia, la humillación social, el desamparo,
el desempleo, el despotismo y la guerra, ya no es culpa de la políticacomo
ciencia sino de quienes decidieron mediante sistemas económicos
impuestos, que unos pocos habitantes de este planeta vivan en el
super lujo y una repugnante super abundancia, mientras una inmensa
mayoría de seres humanos sufran el diario azote de tales
privaciones.
Pero la política sigue siendo, en tanto no encontremos un
método mejor el único medio a través del cual
aspiramos a vivir mejor.
Y casualmente, buscando los medios o instrumentos para el mejoramiento
humano, es que la misma política descubre o inventa, lo que
de abstracta la volverá carne y acción en la corteza
social: los partidos políticos.
Tampoco las organizaciones políticas son diabólicas
y malas por sí mismas. Por el contrario, representan la cabeza
o el frente de lo que en la modernidad se conoce como sociedad civil,
o sea los grupos que en una multiplicidad de intereses se mueven
en el campo social.
Tanto es así, que la democracia de los últimos decenios
ha colocado a los partidos en lo que pudiera llamarse el tabernáculo
del poder y su proceso político y, que hoy en día,
es inconcebible sin los partidos. Y decir partidos, es decir dentro
de ese particular ámbito, elecciones de autoridad supremas
y municipales, sufragio efectivo, Congresos legislativos, etc.
Desde esos tiempos hasta hoy ha corrido mucha agua bajo el puente
turbulento de la política, pero es algo ya palpablemente
demostrado que la más eficaz y notable de las contribuciones
modernas, al arte de la política son precisamente los partidos
políticos.
Sí, es indiscutible que el sistema de gobernar mediante partido
que se alternan en el poder contiene en sí mismo imperfecciones
y riesgos, pero todavía el hombre contemporáneo no
ha descubierto un método mejor para afianzar la libertad
política y con ella el resto de las libertades públicas
y los derechos individuales.
Por ello, el profesor norteamericano Leslie Lipson, opina que la
existencia en un país de más de un partido es considerada
hoy día como el criterio esencial para distinguir a un régimen
de libertad de un régimen de dictadura, pues siempre que
existe la oportunidad de elegir, hay una concreción de libertad.
Esto representa, sin duda, un gran paso hacia delante en el logro
de la madurez política, porque la libertad es fundamentalmente
política.
Sin embargo, como en el caso de la política, de nuevo debemos
advertir que el invento de los partidos políticos no es ni
perverso ni dañino per se, sino que es otra vez la clase
política, es decir los dirigentes de los partidos políticos
los que los han convertido en fuente de corrupción, de dictaduras
y de iniquidades políticas a través de poderes autoritarios
y despóticos.
Son los políticos, por ende, los que se han encargado de
carcomer las bondades del sistema de partidos, hasta llevarlos hoy
a un grado de desprestigio y repulsa verdaderamente aflictivo.
Ese es un riesgo repetido a través de la historia de los
últimos dos siglos, pero también se ha caído
en otro no menos nefasto: el de la partitocracia, una modalidad
emergente que en sentido lato significa gobierno de partidos. Pero
en un sentido estricto, según José Schumpeter, "los
partidos modernos son únicamente máquinas electorales
para garantizar a determinados grupos de presión su constante
presencia en las posiciones de poder....ya no son representativos
de la realidad social, son representativos parasitarios y opresores..."
Para concluir, pienso que lastimosamente todo esto ocurre en una
época tan llena de truculencias como las que vivimos, en
la que el lenguaje efectivo de la democracia es subordinado y sometido
a la grandilocuencia de la retórica política. |