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Viernes 11 de Abril del  2003 - Edición No. 3085

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Juan Pablo II y la Guerra

papa.jpg (36273 bytes)Desde hace mucho tiempo, ya antes de la guerra en Afganistán, la voz insistente de Juan Pablo II se ha alzado, a veces solitaria, proclamando vigorosamente la vocación del hombre a la paz y no a la guerra. Ya sabemos quién es y qué ha hecho Saddam Husseín y tenemos una idea de los propósitos de Estados Unidos y sus aliados. Hemos tomado conciencia de que esta guerra, de incalculables consecuencias y cuyas imágenes nos golpean día a día, plantea graves interrogantes éticos. No podemos contentarnos con impresiones o juicios superficiales sobre ella.

Para el Santo Padre es decisiva la visión del ser humano. En la tierra somos la obra maestra de Dios. Fuimos creados a imagen y semejanza de Dios. Por eso escribe el Santo Padre: "No debe sorprendernos: matar un ser humano, en el que está presente la imagen de Dios, es un pecado particularmente grave. ¡Sólo Dios es el dueño de la vida!", Y "la guerra es en sí misma un ataque contra la vida humana, al traer como consecuencia sufrimiento y muerte". Por eso la guerra, como medio para solucionar los problemas que surgen en los pueblos o entre ellos, no es coherente con la condición propia del ser humano, dotado de libertad para buscar la verdad con su inteligencia y hacer el bien con su voluntad, llamado a vivir en paz y amistad, y a procurar que los bienes de la tierra estén al servicio de todos. Por eso decía Juan Pablo II a comienzos de este año: "La guerra es siempre una derrota de la humanidad".

Normalmente las guerras multiplican los males. A propósito de la guerra de Las Malvinas, Juan Pablo II señaló que "la envergadura y los horrores de las confrontaciones bélicas actuales – sean o no nucleares – las convierten en medios inaceptables para solucionar diferencias entre naciones. La guerra debiera pertenecer al pasado trágico de la humanidad: no debiera tener cabida en la agenda para el futuro de la humanidad". Y antes del inicio del actual conflicto armado prevenía Juan Pablo II contra: "las tremendas consecuencias que tendría una operación militar internacional para las poblaciones de Irak y para el equilibrio de toda la región de Oriente Medio, que tanto ha sufrido ya, así como para los extremismos que podrían desencadenarse". Y en la guerra no sufre solamente el país agredido. "Un país hermano vencido y humillado es, en cierta medida, un daño real e inmediato también para el vencedor".

Por estos motivos, Juan Pablo II, y con él sus colaboradores más cercanos, sostuvo múltiples diálogos con el Secretario General de las Naciones Unidas y con los gobernantes de los países que se preparaban para la guerra o intervenían activamente en tratar de evitarla. Pidió a Saddam Hussein en todo momento que evitara la guerra, cumpliendo con las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU, dando amplias facilidades a los inspectores y destruyendo las armas de exterminio masivo, y privilegiando así el bien del pueblo irakí sobre cualquier otra consideración. Ante todos los involucrados insistió perseverantemente en la necesidad de recurrir al camino del diálogo y la diplomacia. "El derecho internacional, el diálogo leal, la solidaridad entre los Estados, el ejercicio tan noble de la diplomacia, son los medios dignos del hombre y las naciones para solucionar sus contiendas". "La Santa Sede está convencida de que, entre los esfuerzos basados en los muchos instrumentos de paz que posee el derecho internacional para hacerse escuchar, el recurso a las armas no sería justo", declaró el observador permanente de la Santa Sede ante la ONU.

El tema de la guerra es inseparable del deber de respetar la vida. El Magisterio de la Iglesia en los últimos decenios ha intensificado sus intervenciones en defensa del carácter sagrado e inviolable de la vida humana. Es más, recientemente y de manera solemne el Santo Padre escribió a toda la Iglesia: "Con la autoridad conferida por Cristo a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con los Obispos de la Iglesia católica, confirmo que la eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente es siempre gravemente inmoral". También en una guerra es gravemente inmoral matar deliberadamente a niños y a otras personas que son inocentes del mal que provocó la guerra.

Matar es lícito tan sólo como legítima defensa de la vida, ya sea de personas o de sociedades. Pero en tales situaciones la intención no es dar muerte, sino la conservación de la propia vida. La reacción ante el agresor es lícita, si hay proporcionalidad entre el mal que infiere el atacante y el mal que causa la persona que se defiende . En ciertos casos "la defensa legítima puede ser no sólo un derecho, sino un grave deber, para el que es responsable de la vida de otro, del bien común o de la sociedad". El gobernante de un país tiene el deber de usar las armas en defensa del pueblo ante un agresor injusto y de repeler su ataque. Es la guerra defensiva.

En la historia de la humanidad una y otra vez ha surgido la tentación, como ocurrió recientemente, de justificar la guerra llamada preventiva, es decir, la guerra iniciada para impedir la acción futura de un agresor potencial, cuya agresión se supone cierta. Sin embargo, la Iglesia no acepta la legitimidad de la guerra preventiva, que consiste en adelantarse en agredir - ¡y quien sabe con qué desproporción bélica y con cuántos cientos de miles de víctimas inocentes! - al adversario, en virtud del juicio de una de las partes, de la que ataca preventivamente, porque estima que hay razones para atacarlo, rendirlo o destruirlo. Nadie puede arrogarse el derecho a dar muerte, si no es en legítima defensa ante el que agrede injustamente.

En el caso de la guerra de Irak fueron numerosas las voces de la Santa Sede que previnieron contra una decisión unilateral, prescindiendo del Consejo de Seguridad de la ONU, es decir, del único organismo mundial creado para evitar las guerras. El secretario de la Sede Apostólica para las relaciones con los Estados, Mons. Jean-Louis Tuaran, manifestó que la decisión de una guerra unilateral sin una decisión de la ONU, sería "un crimen contra la paz". Agregaba: "Sólo el Consejo de la ONU tiene el poder de decidir un ataque armado de legítima defensa, que supone la existencia de una agresión previa".

No faltan quienes han afirmado la legitimidad de emprender una guerra en el nombre de Dios. De hecho, tanto desde Bagdad como desde Washington se propagaban consignas o motivaciones religiosas para justificar la guerra. Recientemente el Cardenal Joseph Ratzinger afirmó: "Dios es reconciliación y paz. Debe ser visto como el que une y no como el que nos separa y justifica la violencia". Con sus palabras se hizo eco del decálogo de Asís por la Paz, enviado por Juan Pablo II a los jefes de Estado. Comienza con estas palabras: "Nos comprometemos a proclamar nuestra firme convicción de que la violencia y el terrorismo se oponen al auténtico espíritu religioso, y, condenando todo recurso a la violencia en nombre de Dios o de la religión, nos comprometemos a hacer todo lo posible por erradicar las causas del terrorismo".

¿Valen estas consideraciones sobre el respeto de la dignidad humana con una guerra en curso? Recientemente, ya iniciada la guerra, Juan Pablo se dirigió a los capellanes militares católicos que participaban en un curso de formación de derecho humanitario en el Vaticano. Les pidió que dieran testimonio de que "incluso en los combates más duros siempre es posible, y por tanto un deber, respetar la dignidad del adversario militar, la dignidad de las víctimas civiles, la dignidad indeleble de todos los seres humanos implicados en los enfrentamientos armados. De este modo se favorece además aquella reconciliación necesaria para el restablecimiento de la paz tras el conflicto".

Todos sabemos que Juan Pablo II nos ha invitado a rezar por la paz, y a reforzar nuestras plegarias con el ayuno. El mismo ha orado muchas veces por esta intención, recurriendo a la intercesión de la Sma. Virgen, Nuestra Señora del Rosario y Reina de la Paz. Insiste en ello, porque "en nuestra perspectiva de fe, la paz, a pesar de ser un fruto de acuerdos políticos y entendimiento entre individuos y pueblos, es un don de Dios, que hay que invocar insistentemente con la oración y la penitencia. ¡Sin la conversión del corazón no hay paz! ¡A la paz sólo se llega a través del amor"!.

Como conclusión: "Cada pueblo, cada Gobierno tiene el derecho y el deber de proteger, con medios proporcionales, su existencia y su libertad contra un injusto agresor. Pero la guerra aparece cada vez más como el medio más bárbaro e ineficaz de resolver los conflictos entre dos países o de conquistar el poder en el propio país. Hay que hacer todo lo posible por adoptar instrumentos de diálogo, de negociación, sirviéndose, en caso de necesidad, del arbitraje imparcial de terceros, o de una Autoridad internacional, dotada de poderes suficientes". "La paz se reduce al cumplimiento de los derechos inviolables del hombre – la paz es obra de la justicia -, mientras la guerra nace de la violación de estos derechos, y lleva consigo aún más graves violaciones de los mismos.". "El sentido cristiano de los valores debe convencernos de que es un absurdo recurrir a la violencia para conseguir la justicia y la paz".

Y acerca del futuro de los pueblos forjado en base a las guerras, afirmó el Santo Padre: "Ningún problema internacional se puede resolver de forma digna y adecuada mediante el recurso a las armas, y la experiencia enseña a toda la humanidad que la guerra, además de causar muchas víctimas, crea situaciones de grave injusticia que, a su vez, constituyen una poderosa tentación a ulteriores recursos a la violencia".

(Arzobispado de Santiago, Chile- 5 de abril de 2003)

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