Operaciones militares contra Saddam Hussein ACERTADA DECISION DE UN VERDADERO ESTADISTA Roberto Zelaya Blanco La cruzada anti-terrorista contra el régimen de Saddam Hussein, encabezada por los Estados Unidos y el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte, era una necesidad perentoria de la humanidad civilizada, si se querían prevenir nuevos atentados como los de las Torres Gemelas de New York del 11 de septiembre de 2001. La cultura espiritual de Europa y América no podía claudicar entre semejantes manifestaciones de barbarie de los Estados que utilizan el territorio como instrumento de su política interna y externa. Durante la Semana Santa de 1986, el entonces Presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, ordenó un bombardeo quirúrgico contra los campamentos de terroristas Instalados en territorio libio. Otro gran mecenas del terrorismo internacional, Muammar Khaddaffi, escapó por un pelo de perder la vida en aquella ocasión, pero entendió el mensaje aún antes del colapso económico y político de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). A partir de entonces, ha disminuido su apoyo a tales antisociales. La "Operación Tormenta del Desierto" que en 1991 implementaron un gruupo de países bajo el liderazgo de los Estados Unidos, contra la dictadura terrorista y criminal de Saddam Hussein, fue de alcances limitados, ya que se contentó con expulsar a las tropas iraquíes del territorio de Kuwait, dejando a dicho genocida con el control del poder en su desventurado país, donde después desató una guerra de exterminio contra las minorías kurdas, utilizando contra ellos armas químicas y bacteriológicas. En repetidas ocasiones, los delegados de Estados Unidos y otros países occidentales denunciaron en la organización de las Naciones Unidas (ONU), que el régimen de Bagdad seguía empeñado en sus criminales propósitos de fabricar y desplegar operacionalmente armas de exterminio masivo, poniendo en grave peligro la paz mundial. Todas denuncias no encontraron eco en el Consejo de Seguridad de la ONU. Fue entonces cuando los Estados Unidos y el Reino Unido decidieron poner un ultimátum a Saddam Hussein. Fue entonces cuando estas dos potencias occidentales decidieron aplicar la famosa frase del Emperador Alemán, Guillermo II, "un ultimátum no se negocia; se acepta o se rechaza". No quedaba otra alternativa que el inicio de las operaciones militares contra la dictadura genocida y terrorista de Saddam Hussein. Es en estos momentos cuando se ponen a prueba los países y gobernantes que apoyan a los Estados Unidos, sobre todo aquellos que han recibido cuantiosas ayudas económicas y de otra índole en los momentos más dramáticos de su historia. Nicaragua ha contado con la ayuda masiva de los Estados Unidos cuando la contraria suerte nos ha golpeado con puño de hierro. Cuantas veces hemos sufrido terremotos y huracanes, los aviones y barcos de la Gran Nación del Norte de América, han sido los primeros en traer la ayuda necesaria para superar tales desastres. Cuando nuestro país cayó en las garras del terrorismo internacional, fueron los Estados Unidos los que entrenaron y equiparon a los patriotas nicaragüenses, "Paladines de la Libertad", los que con sus sacrificios y su sangre los obligaron a convocar a elecciones de Autoridades Supremas, supervigiladas por gran cantidad de observadores internacionales, iniciándose de esta manera un proceso de transición a la democracia y de reconstrucción nacional. El Presidente Constitucional de todos los nicaragüenses, Ingeniero Enrique Bolaños Geyer, con acertada visión de estadista, fue de los primeros gobernantes que se solidarizó con el cumplimiento de la Resolución 1441 de la ONU, la que autoriza el empleo de la fuerza militar contra los Estados que al utilizar el terrorismo como instrumento de su política exterior, ponen en grave peligro la paz mundial. Así demuestra que Nicaragua y los nicaragüenses somos agradecidos con quienes nos han ayudado desinteresadamente a través de nuestra accidentada historia. Las críticas que ha recibido de los sectores extremistas del país, no son más que lamentos extemporáneos de terroristas nostálgicos, los que desperdiciaron la oportunidad de alistarse como voluntarios y caer al lado de su antiguo mecenas, Saddam Hussein.
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