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Se nos fue Ciro Molina Ignacio Briones Ciro se desencantó de los jefes del FSLN a los que acusó de ser peores que los Somoza Año 1970. Ciro Molina, su esposa e hijos habitaban en las cercanías de la Iglesia San Antonio. Allí lo conocimos una tarde en que varios estudiantes nos invitaron a tener un conversatorio con él. Físicamente vigoroso a pesar de la silla de ruedas en que se movilizaba rápidamente supimos que lo más vigoroso de él era su pensamiento. Le preocupaba el futuro de Nicaragua. En trance entonces de lo que nueve años después sería el fin de la dictadura somocista. El estaba dispuesto a dar su vida en aras de ese fin. No lo dijo ni una sola vez y no necesitaba decirlo. Para saberlo bastaba con escucharlo. Tenía una devoción particular por Rigoberto López Pérez y por Carlos Fonseca Amador. Y cuando supo que habíamos sido uno de los fundadores de Juventud Patriótrica Nicaragüense nos pidió que le explicaramos "ese fenómeno de toma de conciencia" que se había producido en la generación nicaragüense de los años 60. ¿Cómo era Rigoberto?insistió en preguntarnos. Y le describimos al muchacho que ante sí mismo se había impuesto la responsabilidad de ser quien iniciara, con el sacrificio de su vida, el fin de la tiranía. Ahora habemos miles de nicaragüenses dispuestos a seguir su ejemplo, comentó. Y estaba en lo cierto. Me regaló unos poemas de Leonel Rugama y anunció que pronto sacaría un libro propio de poesía, porque Ciro fundamentalmente era un poeta, un poeta comprometido con su pueblo. Nicaragua, repitió varias veces, necesita intelectuales como Ricardo Morales Avilés, a quien admiraba sin reserva alguna. La próxima Revolución, subrayó, será obra de nuestra generación o no será, agregando que los intelectuales debían tener primacía en el compromiso. Le vimos después frecuentemente en la UNAN-Managua de aquellos años. Nos juntabámos todas las tardes en la cafetería y el tema de la liberación de la patria ocupada la mayor parte de nuestras conversaciones. Estaba como obsesionado porque llegara el día de la liberación que todos sabíamos se acercaba; pero que no llegaría sin sacrificios. Y pasó el tiempo Y llegó el julio de 1979. Antes, el 22 de enero de 1976, había participado en la protesta de la Avenida Roosevelt en donde la guardia masacró a más de 200 campesinos. Uno de los guardias lo había lanzado, avenida abajo, impulsando con todas sus fuerzas la silla de ruedas que rodó por varias cuadras. Comentando este hecho, decía que el "empujón" que él iba a dar a la dictadura sería muchas veces más fuerte hasta liquidarla. Y bien que lo hizo, entusiasmado a vacilantes y dando el ejemplo. Nadie podía imaginar que una vez alcanzada la victoria, Ciro Molina sería aislado de los que se habrían de convertir en usufructuarios del triunfo de todos. Le noté un deje de insatisfacción con lo que habría de ocurrir después del julio del triunfo. Estos compañeros, me dijo, solo saben decir que la revolución se hizo para el pueblo como si yo no lo fuera. Ciro Molina era un poeta pobre, Su pobreza material contrastaba con su riqueza intelectual y patriótica. Se quejaba de la Asociación de Trabajadores de la Cultura que se había organizado. Justificaba las reflexiones que Carlos Martínez Rivas había hecho una mañana que nos reunimos en el Ministerio regentado por Ernesto Cardenal. A Martínez Rivas lo habían invitado para que formara parte de un Consejo Editorial de no recuerdo qué publicación. - He estado, decía el autor de "La Insurrección Solitaria" en varios consejos de este tipo y a quienes se pone al frente jamás me han consultado nada. Solo quieren mi nombre para abusar del hombre. Ciro también se sentía abusado y me lo dijo. No quieren oírnos, solo aprovecharnos, repetía. Mario Cajina Vega, que había sido nombrado editor de "Nicarahuac" resentía también porque Cardenal censuraba el material de esa revista. Y hacía coro con Ciro. ¿Qué podemos hacer? Preguntaba. Los "revolucionarios" le tenían miedo a los poetas, decía. Porque pueden mandarnos presos; pero no aprisionar nuestra manera de pensar. Hace unos meses supe que se había trasladado a Estelí y que lo había atrapado una enfermedad que complicaba su condición de minusválido. Hasta se habló de fundar un Comité para auxiliarlo organizado por amigos de esa ciudad. Parece que no prosperó la idea. Y Ciro se nos fue, pobre; pero sin haber perdido un solo gramo de dignidad. Es así como mueren los hombres. |
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