Tiempo de inestabilidad
Por
Alberto Ycaza
Mi
crítica inicial a los errores característicos del siglo XX se hacía cada vez más
racional y menos emocional. Empezaba a comprobar la tesis de una teoría que afirma la
siguiente premisa: a más razón, menos emoción; y, a más emoción, menos razón tiene
el ser humano para poder juzgar con lógica.
En 1978, me había
trasladado a Costa Rica para evitar ser involucrado en una previsible confrontación
bélica de militantes nacionalistas e internacionalistas, de izquierda y de derecha, para
ganar el poder de destrucción del contrincante. Mi percepción de las causas del
conflicto en Nicaragua y el resto del mundo no coincidía con la de una enorme mayoría
que actuaba de acuerdo con sus emociones exacerbadas por falta de una racionalidad
lógica.
En mis investigaciones de
la historia, había encontrado causas remotas determinantes de los efectos conflictivos
que observaba en un siglo en el que la "tecnología" fue usada más para
destruir que para construir y reconstruir sobre las ruinas de lo que se ha destruido, por
falta de lógica, en las guerras. Desde hacía algún tiempo había descubierto la
discusión que, desde el siglo XVI, se había producido entre aquellos que proponían el
modelo de la nación-estado como común denominador de un internacionalismo deshumanizado
por una dialéctica materialista contradictoria, y quienes proponían al ser humano como
común denominador de un universalismo, o catolicismo, ordenado por una lógica cristiana
capaz de crear y conservar la estabilidad característica de un estado cultural
civilizado.
En aquel tiempo de
inestabilidad, empezaba a creer que la imposición a intriga, sangre y fuego de la
alternativa nacionalista-internacionalista no había sido la alternativa lógica para
estabilizar a los estados; pero me faltaban piezas para armar el rompecabezas, y sabía
que no eran suficientes las premisas que utilizaba para explicar y comprender lo que me
parecía inexplicable e incomprensible en esa época caracterizada por la inestabilidad.
No podía comprender ni
explicar por qué, en Nicaragua y el resto del mundo, se había caído en la trampa de los
juegos de una dialéctica contradictoria que incita a actuar a unos contra otros. Los
medios de difusión difundían -y continúan difundiendo- mentiras que parecían verdades
y verdades que parecían mentiras y, al publicar lo que no debían y no publicar lo que
debían para evitar confrontaciones irracionales, premeditadamente provocaban -y
continúan provocando- una confusión incontrolable.
En esa época se imponía
-y continúa imponiéndose- como dogma incuestionable en los medios de difusión una
libertad de expresión del editor o periodista que, por falta de tiempo y de lógica, es
incapaz de deducir las consecuencias desastrosas de su improvisación irreflexiva. Había
aprendido a deducir las causas por los efectos y los efectos por las causas; y no recuerdo
cuantas veces repetí, en público y en privado, que no se sabe hacia dónde se va si no
se sabe desde dónde se viene. No me convencía la sentencia en que se afirma que
cualquier modelo sería mejor que el anterior. Sabía que siempre se puede mejorar el
modelo de orden o empeorarlo en el desorden de un caos en el que todo parece oscuro; y
comprobada que era producto de un razonamiento erróneo el afirmar en sofismas que
"en el camino se arreglan las cosas" o que "se hace camino al andar".
Comprobada que mis
esfuerzos para aclarar lo que parecía oscuro eran inútiles mientras las dirigencias de
izquierda y de derechas, obsesionadas por los juegos dialécticos contradictorios, no
quisiesen saber nada que sirviese para reafirmar aciertos y corregir errores del pasado en
el futuro. En aquel tiempo recordaba la sentencia en que se afirma que "no hay peor
ciego que el que no quiere ver ni peor sordo que el que no quiere oír"; y recordaba
que la lógica cristiana confirma esa sentencia al afirmar que: "Los que tengan ojos
para ver que vean y los que tengan oídos para oír que oigan".
Qué otra cosa puede
hacer un ser racional sino huir de la irracionalidad que no quiere ver ni oír lo que,
indudablemente, es evidente? ¿Qué puede hacer un ser racional cuando supuesto
intelectuales, de gran fama nacional e internacional, niegan su propia existencia al
afirmar que la historia comienza en el momento en que, años después del año en que
nacieron, temporalmente ganan el poder de destrucción del contrincante en la ruleta en
que se juega la vida y la muerte en los campos de batalla?
Había quedado
aterrorizado por las consecuencias desastrosas del juego cuando, en mi etapa adolescente,
leí El jugador de Dostoievski. Con el tiempo, comprobada que quienes jugaban a la guerra
en su etapa infantil -imitando lo que hacen los "adultos" que no alcanzan la
tercera etapa de evolución intelectual- el resto de su vida continúan jugando a la
guerra que cobra ojo por ojo y diente por diente, guerra en la que se pretende
irracionalmente lavar con sangre la sangre que mancha la historia de la deshumanización
del ser humano que cae en la trampa de agresiones contra agresiones en un círculo vicioso
que se repite de generación en generación. Comprobaba que las competencias deportivas
imitan los juegos de guerra y que, en los medios de difusión, aún se utiliza
terminología bélica para referirse a esos juegos.
Es comprobable que en los
medios de difusión frecuentemente se utilizan palabras como derrotó, arrasó, masacró
para referirse a la acción del ganador en los campos deportivos, como si esa acción
fuese lo mejor que se puede hacer. Según esa falsa lógica, si lo mejor es destruir al
contrincante para poder ganar, lo peor será construir; y ningún jugador tendría el
derecho a quejarse cuando, por capricho del azar de la fortuna de dos caras, tenga que
sufrir las consecuencias de haber perdido lo que pudo haber ganado, también, por capricho
de ese azar.
Esas son las reglas del
juego que nunca he querido jugar. Con el tiempo, al apreciar cada vez más al creador, al
constructor, he llegado a despreciar al jugador, al destructor; y he aprendido que es un
disparate creer que es posible educar por medio del juego. Destruir en el juego es muy
fácil, y hasta un niño, inconscientemente, puede hacerlo; difícil es construir una obra
de arte como expresión del criterio lógico capaz de armonizar caprichos individuales y
sociales.
Desde 1978, las potencias
militares y comerciales en conflicto por sus propias contradicciones jugaban a
la guerra en los campos y ciudades de Nicaragua, marcando con balas los minutos de un
reloj que marca el tiempo regresivo acelerado en que se destruía fácilmente lo que con
grandes dificultades se había logrado construir en tanto tiempo. En aquel tiempo,
iniciaba una serie de cuadros de pequeño formato; y, los más significativos, expresan mi
percepción y valoración de la realidad que no podía, ni debía, ocultar con falsedades.
Nos guste o no nos guste, tenemos que admitir que la realidad es como es por los errores
característicos de la inconsciencia individual y colectiva de aquellos militantes o
militares de las vanguardias de moda.
En la
lengua francesa, avant-garde es un término militar que se refiere a los que avanzan
delante de los batallones en los campos de batalla; y, en aquel tiempo los militares
estaban de moda. Los militantes de las vanguardias de moda se habían quitado el disfraz
de poetas, descubriendo el uniforme militar que los caracterizaba. En 1979, imaginé ese
Tiempo de inestabilidad (Lámina 14) como las imágenes inconexas y contradictorias de un
sueño calificable como una pesadilla producida por la acumulación de estados de animo
descontrolados. Recordaba haber visto, en aquel tiempo, flores en los cañones de las
ametralladoras como una burla impactante de la contradicción que, en una metáfora
siniestra, hacía explicable y comprensible lo que parecía inexplicable e incomprensible.
Empezaba a comprender por
qué la belleza se asociaba con la guerra y la creación se confundía con la
destrucción. En otro cuadro de la serie, imaginaba un Fruto de la imaginación (Lámina
15), suspendido en el espacio bidimensional en que pintaba el paisaje enrojecido por la
industria de la guerra.
Pasaron algunos años para
borrar cualquier rastro de bidimensionalidad en la composición de mis pinturas. En la
serie de cuadros que pintaba entre 1978 y 1981, utilizaba el soporte de aluminio para
lograr esfumados más sutiles en una superficie sin las irregularidades características
del tejido de la tela, pero en esas pinturas apenas lograba obtener la corta gama de
esfumados que se logra con la pintura al temple sobre madera enyesada, técnica que puede
encontrarse con frecuencia en la pintura de la etapa pre-clásica católica.
Años después
descubriría que, aunque los hermanos Van Eyck descubriesen la posibilidad de diluir en
óleo los pigmentos, los esfumados sobre madera enyesada, papel o metal continuaron
realizándose como si fuesen hechos al temple, hasta que Leonardo utilizase la
transparencia del óleo para lograr esfumados aún más sutiles sin importarle la
irregularidad de la superficie, irregularidad que fue inteligentemente aprovechada para
lograr efectos ópticos espectaculares en las pinturas al óleo que caracterizan la
pintura del período clásico católico.
El eterno retorno
El eterno retorno (Lámina
78) es un cuadro en el que quise pintar la nostalgia por un pasado mejor situado,
imaginariamente, en el punto de referencia sagrado que sirve de modelo de orden lógico
capaz de renacer en un futuro mejor que el presente en que se vive. Como telón de fondo
de una escena teatral o cinematográfica, imaginé la atmósfera húmeda en un paisaje
iluminado por la leve luz de la luna que aparece después del ocaso y desaparece antes del
alba.
Para evitar una
asociación involuntaria con la intención crítica de Goya expresada en sus grabados y
pinturas negras, decidí tomar como punto de referencia el paisaje de Toledo, semejante al
que imagina El Greco (Figura 35); y recordaba que en Toledo convivieron, en el mismo
tiempo y lugar, culturas originales en otros tiempos y lugares. La luz debía descubrir,
entre la oscuridad de telas negras, los rostros y las manos de mujeres enjoyadas que
participan en un raro ritual. Inicialmente el espectador podría asociar esta escena con
un aquelarre goyesco y, poco a poco debería descubrir que no se trata de un ritual de
brujería, sino de la iniciación en los misterios sagrados de una cultura del pasado aún
no conocida.
Los arquetipos de
la Acrópolis
Recordaba que, hacía
algunos años, había visto con interés la versión cinematográfica realizada por Pier
Paolo Pasolini de la tragedia del Edipo Rey de Sófocles, versión que descubre el
carácter rudimentario de una época pre-lógica en la que los gobernantes habitan las
ruinas de una civilización anterior más evolucionada que, según esa versión, había
destruido, en su etapa decadente, lo construido en su etapa de esplendor. La versión
cinematográfica, más cercana a la revisión que hiciese Jung de los arquetipos
mitológicos, corregía errores graves de percepción y valoración de la tragedia,
tragedia que -por falta de lógica- Freud y Nietzsche tergiversaron con argumentos
contradictorios.
Mi intención al imaginar
Los arquetipos de la Acrópolis (Lámina 80) fue pintarlo sin la exagerada idealización
que de ellos se hizo en las estatuas griegas. Los arquetipos de la acrópolis griega,
elevados a la categoría de dioses, son comprobablemente más imperfectos de lo que
parecen. Sus actitudes psiquiátricas contradictorias más parecen las de seres primitivos
que habitaron en etapas pre-históricas que las de seres superiores semejantes al Dios
identificado con el logos que San Juan descubre en su evangelio como principio fundamental
de la crítica característica del ser creador.
De los arquetipos que
pintaba, sólo la imagen solar de Apolo -situado en el centro de la composición- debía
rodearse con el resplandor de una luz concebida y expresada como color. En este cuadro, en
el que trataba un tema esencialmente físico-psíquico, la gradación y degradación
cromática del color local, intencionalmente es más evidente que en otros cuadros en que
he tratado temas metafísicos con significado más trascendental, como en el caso del tema
de la Epifanía. |