En el IV centenario de Baltasar Gracián (1601-1658)
Francisco Arias
Solís
La
voz de un fino y profundo pensador
Casa de
Gracián, con lápida conmemorativa (1958), en Belmonte, frente a la parroquia de San
Miguel, donde fue bautizado el 8 de enero de 1601 (Foto A.H.)
Gracián, creador de la
novela simbólica y uno de los máximos exponentes de conceptismo, representa junto a
Quevedo, la cima de la prosa española de XVII; el último gran moralizador de la
corriente estoica castellana, desde su perfil humilde de hombre enemigo de la
ostentación. La comprensión de Gracián como la del Quijote, como la del Greco-,
ha sido muy tardía y de fuera a dentro. Ya lo presintió el propio Gracián: "Fueron
algunos dignos de mejor siglo, que no todo lo bueno triunfa siempre. Y si éste no es su
siglo muchos otros lo serán". Y: "¡Oh alabanza que siempre viene de los
extraños! ¡Oh desprecio que siempre llega de los propios!".
Los grandes descubridores
de Gracián fueron: Goethe, Kant, Schopenhauer, Nietzsche. Schopenhauer nos dejó dicho
que Gracián nos había dado "uno de los mejores libros del mundo". Afirmando
después Nietzsche, refiriéndose al pensador aragonés, que "Europa no ha producido
nada tan fino ni profundo en materia de sutileza moral". Gracián descubrió lo que
él llamaba "El hombre de excepcion", y que hizo a Azorín, por 1902, proclamar
a Gracián un "Nietzsche español".
Baltasar Gracián nace en
Belmonte, pequeña aldea aragonesa a dos leguas de Calatayud, el 8 de enero de 1601.
Ingresó en la Compañía de Jesús (1619) y tras ordenarse presbítero (1627) fue
destinado a diversos colegios de la orden en Aragón, Valencia, Lérida, Grandía, Huesca
(1636-1639), donde se relacionaría con Vicencio Juan de Lastanosa, su mecenas y protector
que le prestaría su biblioteca. A finales de 1639 se traslada a Zaragoza de Aragón.
Interviene en la guerra de Cataluña como capellán castrense. A su regreso a Huesca
trabaja en El criticón. Poco después pasa a Zaragoza como profesor de la cátedra de
Escritura: el general de la Compañía reprocharía al provincial de Aragón haber
premiado a Gracián con esa cátedra en vez de castigarle por los libros que publicaba. A
raíz de la tercera parte de El criticón (1653) la situación de Gracián empeoró; fue
despedido de su cátedra y desterrado al colegio de Graus bajo estricta vigilancia. Aunque
un nuevo provincial suavizó el castigo y le envió a Tarazona, la enfermedad había
minado su cuerpo. Solicitó la salida de la Compañía pero no fue contestado. Baltasar
Gracián muere en Tarazona el 6 de diciembre de 1658.
En 1637 aparece bajo el
seudónimo de Lorenzo Gracián El héroe, sin los permisos requeridos por las reglas
ignacianas.
Porque aquel hombre que
con tanta libertad decía ante el papel las más amargas verdades a todos,
señalándoloscon el dedo, o ponía bien claro sus nombres cuando merecían un elogio
entre tantos necios y malvados, carecía, precisamente en su vida de esa libertad que su
indómito espíritu amaba, pues pertenecía a una comunidad que había pedirle cuenta de
lo que pensara, hiciera y escribiese. Solamente firmó con su verdadero nombre su única
obra religiosa: El comulgatorio (1655), breve devocionario formado por unas cincuenta
meditaciones.
La obra de Gracián suele
dividirse en cuatro partes: en primer lugar, los tratados que podríamos denominar de
comportamiento, o morales: El héroe, El político, El discreto y Oráculo manual. Sigue
ampliación de un tratado anterior, Arte de ingenio. En tercer lugar viene su obra
maestra, la novela alegórica-filosófica El criticón, cuyas tres partes aparecieron,
respectuvamente, en 1651, 1653 y 1657. Por último, una obra ocasional del tema religioso,
El comulgatorio, a todas luces menor, y la única sometida a la censura de la Compañía.
El asunto de El criticón,
consiste en poner a un salvaje, que el autor llama Andrenio, frente a todos los
refinamientos abundantes vicios y escasas virtudes de la civilización, y hacérselos
juzgar; lo que da al narrador pretexto para hablar de todo cuando se le ocurre a su
espíritu de sutilísimo, sabio y desengañado observador. La obra de Baltasar Gracián se
ha dicho que es la esencia de la picaresca, la picaresca pura. El criticón del admirable
jesuita, es esa obra maestra de la picaresca española: "milicia contra la malicia y
malicia contra la milicia". Novela de peregrinación es la suya, novela de camino, de
andanzas incesantes. Novela en que el camino determina la marcha y de la que está ausente
la libertad.
Sería difícil
simplificar en pocas fórmulas las proposiciones de las obras de Gracián, de El discreto,
del El héroe, del Oráculo manual. El oráculo, publicado en 1647, es un libro que hay
que destacar en primera línea. En el año 1992, se vendieron en Estados Unidos más de
100,000 ejemplares de este libro, en el que se hace mención frecuente a la sociedad de
escogidos y en el que hay reglas para brillar en ella.
En su peregrinación por
la vida Gracián va descubriendo monstruos extrañísimos, grandes muchedumbres de gentes,
pocas personas. "No es este siglo de hombres" nos dice el jesuita aragonés. Ni
heroísmo ni virtud. Cualquier rasgo virtuoso puede figurar entre las más peregrinas
rarezas.
En esta malicia que nos
rodea la que nos mantiene en acecho. Nuestra conducta no es sino táctica; o dicho
llánamente: un medio de tener a raya a los demás. Y es que este mundo es malo.
Gracián medroso de su
espíritu, huye hacia el cuerpo de guardia a enfrentarse con hipotéticos enemigos de
fuera. Moral picarezca: fuga que se disfraza de embestida. Doblemente terrible la menos
espontánea, la que ignora el estímulo cordial, la del puro vacío. Y es que como dijo
este gran pesimista formado en la escuela de Séneca: "La vida del hombre no es otra
que una milicia sobre la haz de la tierra". |