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Ed. 175 - 09/Feb/2001.

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Las memorias de Gioconda Belli

  • De cómo un cataclismo borró el paisaje de mis primeras memorias

(Managua, 1972)

GiocondaBelli.jpg (26336 bytes)Por fin salieron a luz las tan esperadas memorias de Gioconda Belli, gran diva de las letras nicaragüenses, publicadas nada menos que por la prestigiosa editorial española Plaza y Janés, en co edición con Anamá Ediciones. El País bajo mi piel, así se titula este libro en donde la experiencia personal (sentimental, familiar, erótica) se une al testimonio de la experiencia social revolucionaria que se dió en Nicaragua a partir de la insurrección sandinista. Unas memorias en donde los avatares de la historia y la política forman un sólo cuerpo vibrante con el deseo y la exaltación paradisíaca del amor.

Como dice el texto de la contraportada "Con la sinceridad e intimidad de quien cuenta confidencias, Gioconda Belli relata en este libro los años decisivos de su vida. Con la prosa fluida y poética que le ha ganado tantos lectores en el mundo, nos hace acompañarla en su viaje interior hacia el descubrimiento del amor, la sexualidad y la maternidad, así como hacia la convicción de que haciendo la revolución podía cambiar la realidad de su país. Sun pretenciones de poseer la verdad absoluta, esta mujer apasionada, madre, intelectual y revolucionaria, nos presenta una visión amorosa y crítica de uno de los procesos revolucionarios más memorables de América Latina.

En un texto rico en registros, la autora va revelando los acontecimientos que la llevaron a vivir dos experiencias muy diferentes: una vida en la revolución sandinista hasta 1990, y una vida de escritora en California desde entonces. Con el amor como fuerza articuladora de su existencia, Gioconda reivindica en este testimonio aquello de que "lo personal es político" y defiende ardientemente el valor de la pasión, el romanticismo y el idealismo".

Publicamos en esta edición el capítulo en donde narra sus vivencias del terremoto de 1972.

Gioconda.jpg (47106 bytes)Nicaragua está situada en la cintura de América, en el centro de la franja delgada que une la América del Norte, con la del Sur. Es el país más grande del istmo centroamericano y su geografía está cruzada por volcanes. La plataformas oceánicas que empujan la sama continental del norte hacia el Atlántico y la del sur hacia el Pacífico chocan bajo mi país. De ese choque nacen los hermosos y amenazantes conos volcánicos. A eso debemos los frecuentes terremotos.

Las memorias que guardo de mi infancia y adolescencia ocurrieron en una ciudad que ya no existe, una ciudad que se desplomó en una noche de polvareda e incendios.

Serían tres minutos en total, quizá menos, lo que tomó al terremoto desbaratarlo todo; caminar sobre la ciudad como una bestia machacando edificios, postes de alumbrado, casas, las esquinas, las calles de mis recuerdos. La tierra traicionera se sacudió todas las fallas como cabellera de Medusa, y edades geolóticas se vinieron al suelo en un derrumbe subterráneo que sepultó en su seno veinte mil vidas. Esa noche de vísperas de Navidad los trineos, los renos y los Santa Calus acostumbrados al Polo Norte ardieron en un incendio descomunal que arrasó seiscientas manzanas de mi pobre ciudad, engalanada para la Nochebuena. Eran las 00.28 del 23 de diciembre de 1972. Parpadeaban los arbolitos y sus bolas de colores brillantes en las ventanas. La sacudida bestial nos arrojó de las camas y nos sumió en la oscuridad abismal de un pánico animal y sin consuelo.

Con mi instinto de bruja había intuido que algo malo sucedería. Mucho calor hacía para un día de diciembre. Tomé la previsión de dejar la llave del pasador de seguridad junto a la puerta de la casa. Hasta quité los adornos de las mesas. Hipnotizado frente al televisor, como todas las noches, mi esposo me miró burlón haciendo caso omiso de mi miedo. Me dormí angustiada, apretando una almohada contra el estómago de empezaba a ensancharse con mi segundo embarazo. Estaba convencida de que algo siniestro flotaba en el ambiente. Un puño gigantesco se escondía entre las sombras. Pasé la cuna de mi hija Maryam —tenía cuatro años entonces— a mi habitación.

Pero a la hora del terremoto, cuando la sacudida me expulsó de la cama y me desperté arrodillada en el suelo, no podía cargar a la niña en los brazos para salir corriendo. El suelo se zarandeaba de tal manera que era imposible conservar el equilibrio. Desesperada, le grité a mi esposo —más asustado que yo— para que me ayudara a sacar a la niña y al fin él logró cargarla. Salimos corriendo como quien atraviesa un campo de batalla en la noche más profunda. Toda mi casa crujía y lanzaba pedazos por el aire. Las plantas interiores se hacían trizas unas contra las otras. Llovía tierra, barro, vidrio. Zigzagueando alcanzamos la puerta.

La llave estaba allí donde yo la había dejado pero la puerta desplomada no se abría. Mi marido la agarró a patadas. Frenético. Alicia, la niñera, gritaba jaculatorias como alma en pena, <<Virgen Santísima, Las Tres Divinas Personas, Dios mío, mi lindo sálvanos>>. Cuando por fin logramos salir por una hendija, nos recibió la visión apocalíptica de un cielo rojo, denso. La ciudad sumergida en una nube de polvo. Un meteorito, pensé. El Juicio Final. Seguro que era un cataclismo mundial. La luna llena brillaba siniestra con un fulgor espectral.

Nuestros vecinos se abrazaban, abrazaban a sus niños. El pavimento hacía olas convertido en una serpiente negra y sinuosa. Súbitamente la tierra se aquietó. Nos quedamos inmóviles. Temerosos de movernos. No fuera a ser que el monstruo depertara de nuevo.

—Se está quemando Managua— gritó alguien.

GiocondaBelli1.jpg (19243 bytes)No había pasado ni media hora cuando, otra vez, el ruido inició un crescendo ensordecedor y todo empezó a tambalearse con la misma fuerza que antes. El pánico se desbocó. Gritos. Llantos. Ya no teníamos el consuelo de estar medio dormidos y tener que ocuparnos de salir de las casas. El sentimiento de indefensión era intolerable. Primitivo, animal. Eran las cavernas otra vez. La humanidad prehistórica presenciando una planeta convulsionado por innumerables cataclismos. Nos castañeteaban los dientes, gruñíamos, nos agarrábamos unos de otros. Las casas saltaban.

El concreto parecía haberse convertido en una sustancia dúctil, blanda. Los postes del tendido eléctrico se balanceaban como palmeras en un huracán. Los alambres se merecían sobre nuestras cabezas cual gigantescas cuerdas de saltar. Se doblaban los tubos de metal por donde entraban los cables a las casa. Se quebraban vidrios. Explotaban ventanas. En la distancia aullaban sirenas de incendio. La ciudad se hundía, se bamboleaba como barco en un mar furioso. Abracé a mi hija.

La apreté contra mí para que no oyera el rugido espantoso. Recé. Mi esposo gritaba:<<Vámonos, vámonos.>> Lo calmé como pude, controlando mi propio pánico. De nada servía correr. No había adónde ir, dónde refugiarse. Ninguna otra tierra que pudiera sostenernos. Era inútil pensar en encontrar un lugar seguro. Yo temía espantada que la tierra nos tragara, que un volcán se alzara en medio de la calle, que todo se hundiera, pero me sacudí como pude el terror de esos pensamientos. Uno de los dos tenía que mantener la serenidad.

El ruido fue decreciendo hasta apagarse. La tierra retornó a una calma pasajera, interrumpida constantemente por pequeñas sacudidas. Pero ya no confiábamos en que aquietaría su violencia.

Cada pequeño temblor nos tensaba de espanto.

Una o dos horas después, Alicia se fue a buscar a su familia. Mi esposo y yo decidimos pasar el resto de la noche dentro del auto que nos parecía el lugar más seguro. A dos cuadras de nuestra casa, al lado de un patio baldío nos estacionamos. Apenas hablamos que yo recuerde. Esa noche, no tuve ánimos para intentar sacarlo de su mutismo. No sé si hacía frío o si los dientes me castañeteaban de miedo. Envolví a Maryam en el mantel del comedor y la apreté contra mí hasta que se durmió. Mi esposo trataba de oír algo en la radio, pero todas las estaciones estaban en silencio. Hacia la madrugada logró sintonizar una estación de Costa Rica. Así nos enteramos que el resto del mundo seguía existiendo. Sólo Managua había sido destruida.

Terremoto.gif (37029 bytes)Al amanecer, tras asegurarnos de que mis padres y hermanos se hallaban a salvo en su casa, a poca distancia de la nuestra, hicimos un recorrido por la ciudad. De esa mañana extraña me queda la incredulidad. No podía creer lo que veía. Del lugar de mi niñez, mi adolescencia, mis escasos años de vida adulta, sólo quedaban las ruinas. El edificio donde tomaba clases de ballet cuando era niña parecía una castillo de naipes desplomado sobre la calle, sus cinco o seis pisos, uno sobre otro. Las revelaciones de la destrucción causada por el sismo se sucedían como imágenes fuera de foco en el aire tenue y soleado de la mañana de diciembre. Sin los puntos de referencia con que acostumbrábamos guiarnos, Managua era un amasijo de calles destrozadas. un mar de cenizas y escombros.

La memoria se esforzaba por reconstruir contornos, esquinas. Yo cerraba los ojos para superponer imágenes a la destrucción pero los perfiles se borraban ante las visiones de la catástrofe. Mi esposo parecía un niño a punto de echarse a llorar. Intentamos adentrarnos en el centro de la ciudad, pero era imposible. Cadáveres de edificios yacían sobre las calles, quebrantados y humeantes. Después de nuestro lúgubre recorrido, regresamos a la casa paterna. Recuerdo a mi madre sentada en una silla playera en el terreno baldío al lado de su casa, la doméstica llevándole el desayuno en una bandeja impecable sobre un mantelito almidonado.

Terribles historias escuchamos en las largas filas ante las estaciones de gasolina. Sin energía eléctrica, los operarios tenían que bombear el combustible manualmente. La desgracia común hermanaba a los desconocidos. Cada quién contaba su historia. Lloraba en cualquier hombro solidario. Era un duelo inmenso, un naufragio colectivo. La ciudad entera se ahogaba en dolores y nostalgia la gente alineaba toscos ataúdes sobre las aceras en los barrios más pobres —la mayoría— en ruinas, para enterrar a familias enteras.

Los puentes estaban cortados, el pavimento, levantado. Miles de personas con la cara ausente y enloquecida iniciaron esa misma mañana un éxodo multitudinario en camionetas y camiones detartalados llevándose enseres domésticos, muebles; saliendo desesperadas de la ciudad sin agua y sin luz como si alguien hubiese dado la orden de evacuar. Abundaban rumores sobre las epidemias que se desatarían dados los cientos de cadáveres atrapados en las ruinas.

Circulaban historias sobre el pillaje que empezaba a extenderse por la ciudad y que iniciaron los soldados de la Guardia Nacional. El celador del centro comercial donde mi papá tenía una sucursal de su almacén los había visto cargar aparatos de aire acondicionado en camiones militares poco antes de que la multitud se abalanzara sobre lo que quedó. Los adornos de Navidad, los Santa Claus, los renos, los abetos, prestaban al ambiente un tono de sarcasmo, como la broma de un dios cruel y sanguinario.

Nosotros nos unimos al éxodo que esa misma tarde atascó las carreteras con largas caravanas de vehículos recargados. En el camión de un tío de mi esposo acomodamos nuestras cosas en una apresurada mudanza y partimos hacia Granada a casa de mis suegros. Nos despedimos de mis padres que saldrían al otro día a su casa de la playa, cerca de León. Habría preferido irme con ellos pero no me atraví ni a insinuarlo. Sabía que mi madre argumentaría que mi deber era estar al lado de mi esposo.

Terremoto3.jpg (23695 bytes)En el viaje a Granada iba con una prisa terrible por alejarme de Managua. Dejarla atrás. Olvidarla. No volver a posar los pies allí, en esa gran herida supurante. Huir. No me sentía capaz de vivir un temblor más. Las piernas me dolían del esfuerzo por exigirle a la tierra la estabilidad acostumbrada. ¿Qué hace un ser humano condenado a la gravedad, si le falla el punto de apoyo? El tío de mi esposo no paraba de hablar, y yo oía la conversación como un ruido molesto. Tenía los oídos hipersensibles tras haber escuchado los rugidos del infierno. Maryam, acurrucada contra mí, se aferraba a la idea de la Navidad. ¿Qué pasaría con la Navidad? ¿Todavía llegaría el Niño Dios con los regalos? Por ella, yo había robado una muñeca en una tienda.

Esa mañana acompañé a mi papá a sacar la mercadería de la única sucursal de su almacen que quedó en pie, y, al pasar por una tienda de camas con una promoción de muñecas gigantes, tomé una diciéndome que no importaba. De todas maneras se perdería en el pillaje. Por lo menos mi hija tendría un juguete en Navidad. Pensar que tendría la muñeca esa noche me reconfortaba. La ilusión de un niño era frágil y preciosa. Yo quería conservar la ilusión de mi hija.

Por la otra niña, la que aleteaba en mi vientre, apenas me preocupé en las horas que siguieron al cataclismo. Estaba embarazada de tres meses, pero en esos momentos mi estado apenas ocupaba lugar en mis preocupaciones.

—No hagás fuerzas— había repetido mi marido, cuando subíamos las cosas al camión. Pero yo encogía los hombros. Confiaba en la tenacidad de aquella niña pegada a mí. Pensar en perder esa criatura había sido como imaginar que un brazo o una pierna se despegarían de mi cuerpo. Imposible. En la finca del tío, cerca de Granada, descargamos los muebles. Los dejamos en una bodega de cualquier modo, con una indiferencia absoluta por los bienes materiales, que, estaba visto, tan rápidamente podían desaparecer. Eran un estorbo. Sólo queríamos olvidarnos de ellos.

La casa de mis suegros era una amplia casa triste, de ladrillos oscuros, habitaciones altas y sombrías como cavernas llenas de cosas raídas y antiguas. Cuando imaginaba a mi marido de niño en esa casa se me oprimía el pecho. Creía comprender por qué, a pesar de su juventud, estaba ya tan fatigado de la vida. Sólo el patio interior donde había una pecera rota en forma de pagoda china era soleado. Allí crecía un árbol de malinche cuyas vainas explotaban haciendo un ruido seco de petardo vegetal.

Tampoco en Granada hubo energía eléctrica hasta al día siguiente —me puse a llorar cuando se hizo la luz, como si la electricidad fuera comienzo de vida—.A la casa habían arribado otros parientes, tíos, primos, la abuela de mi esposo, doña Antonina, una joven octogenaria que era, de todos los miembros de su familia, mi personaje favorito. Por la noche nos acomodamos en los pasillos, sobre colchones. Mi suegra disponiéndolo todo como mariscal de campo y nosotros —sobrevivientes del cataclismo— acatando las órdenes, azorados, atolondrados, preguntándonos qué vida sería ahora nuestra vida.

Sólo los niños gozaban del campamento improvisado. Maryam con su muñeca enorme, feliz de que el terremoto no hubiese destruido el taller de juguetes de Santa Claus.

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