Rubén
Darío en Harvard:
Libros
y Manuscritos de la Biblioteca del Poeta
David
R. Whitesell (Hougton Library, Harvard University). Traducción por Rivas Services, Inc.
(Ernesto Rivas), Miami
A la edad de 14 años,
Rubén Darío compuso un largo y ambicioso poema titulado "El Libro".
Permítanme citar una de sus estrofas:
- Yo al libro siempre
he de amar;
- Siempre su voz he de
oír,
- Pues me ha enseñado
a sentir
- Y me ha inducido a
cantar.
Si los libros fueron la
musa de Darío, ¿qué es lo que sabemos nosotros de sus libros? Se ha escrito mucho sobre
los libros que Darío leyó, pero su poesía y su prosa están llenas de referencias a los
miles de volúmenes devorados por este omnívoro lector. Pero no se ha escrito,
prácticamente, nada sobre los libros que eran propiedad de Darío. La razón es bien
clara: a diferencia de la mayor parte de su correspondencia, la biblioteca de Darío se
dispersó; jamás se hizo una lista de su contenido; y nadie ha intentado compilar
información sobre los pocos volúmenes que se sabe han sobrevivido en bibliotecas
públicas y privadas alrededor del mundo.
En diciembre de 1997, fue
un golpe de buena suerte el descubrir accidentalmente, en las anaqueles de la Biblioteca
Widener de la Universidad Harvard, un libro de la biblioteca de Rubén Darío. Y no fue
simplemente cualquier libro, sino uno conteniendo dos poemas hasta entonces desconocidos!
Parecía evidente que otros libros propiedad de Darío, quizás con más versos
desconocidos, podrían estar escondidos en otro lugar de la Biblioteca Widener.
Efectivamente, tras varios meses de trabajo detectivesco, logré encontrar 39 volúmenes
de la biblioteca de Darío. Y aquí están: 40 libros, que hoy ocupan un sólo estante
dentro de la Biblioteca Houghton, donde se guardan los manuscritos y libros raros de
Harvard. Su modesta, casi desgarbada apariencia contradice su considerable importancia,
porque quizás ninguna porción mayor o más significativa de la biblioteca de Darío
pueda encontrarse en ninguna otra parte.
Mi descubrimiento no ha
pasado inadvertido; y es un gran honor para mí el haber sido invitado a presentarme ante
esta audiencia. Esta noche quiero compartir con ustedes la historia de cómo estos 40
libros llegaron a Harvard hace ya muchos años y como fueron recientemente re-descubiertos
dentro de la Biblioteca Widener. Pero más importante, aún, quisiera mostrarles muchos de
los volúmenesasí como los recién descubiertos poemas y explicar cómo ellos
amplían nuestros conocimientos acerca de la biblioteca de Darío, la relación del poeta
con los libros, y su mundo literario.
Rubén Darío nunca
visitó Cambridge, Massachusetts. Sin embargo Darío siempre se ha proyectado en la vida
intelectual de la Universidad Harvard, donde ha habido una orgullosa tradición de
estudios darianos. Durante los años 30, el Consejo sobre Estudios Hispanoamericanos de
Harvardpredecesor del actual Centro David Rockefeller de Estudios
Latinoamericanospatrocinó dos libros que abrieron nuevas rutas.
El primero fue Rubén
Darío: casticismo y americanismo, una biografía y estudio crítico por Arturo
Torres-Rioseco publicado en 1931. Cuatro años más tarde, la Imprenta de la Universidad
Harvard publicó la primera bibliografía general de obras y escritos por estudiosos de
Darío, compilados por el ex-alumno de Harvard Henry Grattan Doyle. Después de la Segunda
Guerra Mundial, el distinguido erudito argentino Raimundo Lida aceptó una cátedra en
Harvard. Rubén Darío: modernismo es apenas uno de los varios trabajos que sobre Darío
escribiera o editara el profesor Lida. En 1967, Enrique Anderson Imbert publicó su
importante estudio La originalidad de Rubén Darío.
El mismo año fue nombrado
Profesor de Lenguas Romances en Harvard, y su discurso inaugural se tituló, "Los
cuentos fantásticos de Rubén Darío". Sin embargo, nunca sabremos por qué,
mientras estos eruditos y sus estudiantes escarban las riquezas de la Biblioteca Widener,
nunca descubrieron, ni se dieron cuenta, de los 40 volúmenes de la biblioteca de Darío
que estuvieron reposando ahí todo ese tiempo.
La Universidad de Harvard
posee la más grande biblioteca académica del mundo, con más de 14 millones de
volúmenes divididos entre casi 100 bibliotecas fíliales. La principal es la Biblioteca
Widener situada en el centro de Harvard Yard. Construida con fondos donados por la madre
de Harry Elkins Widener, el joven graduado de Harvard que pereció en el hundimiento del
Titanic, la Biblioteca Widener abrió sus puertas en 1915, el año en que se tomó esta
fotografía. En ese entonces contenía 650,000 volúmenes. Ahora esta Biblioteca Widener
contiene cinco millones de ejemplares.
Mi trabajo es catalogar libros raros para la
Biblioteca Houghton que es la principal biblioteca de libros raros de la Universidad de
Harvard. La Biblioteca Houghton, que se inauguró en 1942, está situada junto a la
Biblioteca Widener y contiene 600,000 libros y varios millones de manuscritos, la mayoría
en montones guardados en subterráneos no visibles en esta fotografía. La Biblioteca
Houghton posee obras maestras de la literatura española y portuguesa, incluyendo una de
las colecciones más extraordinarias del mundo de Cervantes, y tesoros individuales tales
como el manuscrito de la novela de Benito Pérez Galdós, Fortunata y Jacinta. Los
archivos de Houghton de literatura latinoamericana son menos ricos, pero se está
coleccionando activamente en esta área. Por ejemplo, ya somos dueños de primeras
ediciones de casi todos los libros de Rubén Darío, y en el año pasado adquirimos cuatro
cartas manuscritas de Darío dirigidas al poeta colombiano Eduardo Talero.
Efectivamente, fue
mientras catalogaba una adquisición de literatura latinoamericana, que consideré
necesario, en diciembre de 1977, visitar los anaqueles de la Biblioteca Widener para
resolver un problema de catalogación. Me dirigí a la sección de América del Sur,
localicé el libro que buscaba, y rápidamente encontré la repuesta a mi pregunta. Luego
comencé a curiosear en la sección de literatura argentina, donde mis ojos se vieron
atraídos a un estante: Entre los varios libros estaba uno de poemas titulado Eglantinas,
escrito por un poeta menor llamado Pedro J. Naón y publicado en Buenos Aires en 1901. El
libro me llamó la atención por su empaste inusualmente atractivo. Nótese los agregados
a pluma alrededor del nombre de Naón en la parte superior derecha y se hará evidente en
un momento, quién fue el dibujante!
Me picó la curiosidad, y
procedí a abrir el libro. En la hoja de la cubierta del frente vi una dedicatoria de
Naón, y al leerla me faltó la respiración: "Al mágico artífice Rubén Darío.
Homenaje, de quien le debe las más finas y profundas sensaciones de arte". Estaba
aquí un libro de la biblioteca de Rubén Darío, uno de los más grandes poetas que haya
escrito jamás en la lengua española! ¿Cómo, me preguntaba, vino a parar aquí?
Abriendo el libro, encontré que los poemas de Naón estaban impresos en el frente de cada
página, dejando el reverso en blanco. Examinando el libro más detenidamente, al
voltearlo, encontré escrito, a la inversa en la cubierta posterior el nombre de Darío,
el título "El Caracol", la fecha "1901", y el dibujo de un caracol
ingeniosamente enmarcado por el colofón de la editorial, impreso en negro. Entonces abrí
el libro por la parte posterior y encontré, para mi asombro, que las primeras nueve
páginas en blanco estaban llenas con versos manuscritos, algunas con mano cuidadosa, el
resto en lo que parecía un manuscrito al vuelo de la pluma.
¿Quién, me pregunté,
pudo haber escrito estos versos? Porque inicialmente parecían ser el trabajo de
diferentes personas, dudaba que Darío pudiera ser una de ellas y que, por el contrario,
dos propietarios posteriores habían utilizado las páginas en blanco para copiar algunos
poemas, presumiblemente poemas de Darío. Con cierta renuencia, devolví el libro al
estante y me retiré.
Todos hemos hecho alguna
vez cosas que luego lamentamos, pero a veces tenemos la oportunidad de corregir nuestros
errores. Esa noche, comencé a pensar de nuevo sobre este libro; a medida que lo hacía,
más me convencía de haber cometido un error colosal. Ciertamente valía la pena tomarse
el tiempo para verificar si el manuscrito pudiera ser de Darío, y eso es lo que resolví
hacer a primera hora de la mañana siguiente. Tras la proverbial noche de insomnio,
comencé a trabajar; regresé corriendo a la Biblioteca Widener y, para mi tranquilidad,
encontré rápidamente el libro exactamente donde lo había dejado. En pocos minutos, pude
comparar el verso manuscrito en el libro con facsímiles de la escritura de Darío. ¡Eran
iguales!
Tras un poco de
investigación adicional, ya sabía exactamente lo que había encontrado: Pedro Naón
había enviado esta copia desde Buenos Aires a París, donde DArío estaba viviendo en
1901. Lo que Darío pensó de la poesía de Naón no se sabe, pero sí apreció el regalo:
volteando el libro y abriéndolo desde el dorso, Darío tenía de pronto, un libro con
cien páginas en blanco para anotaciones poéticas. Entonces comenzó a llenarlas, pero
sólo por poco tiempo. Copiados nítidamente en las primeras tres páginas estaban los
primeros borradores conocidos de dos poemas"Caracol" y
"Marina" publicados más tarde en Cantos de vida y esperanza. En las
siguientes seis páginas estaban los primeros borradores de dos poemas completamente
desconocidos e inéditos!
Permítanme ahora
enseñarles los poemas manuscritos. Primero es el ensayo de una página de
"Caracol". Claramente, Darío estaba copiando nítidamente de su borrador
inicial, que ya no sobrevive. Luego sigue el borrador de dos páginas de
"Marina". Los eruditos datan estos poemas a 1903, pero este manuscrito demuestra
que Darío los compuso dos años antes, en el verano de 1901, como pareja. Efectivamente,
el título manuscrito de Darío en la cubierta sugiere que tenía proyectado escribir una
colección de poemas encabezados por "Caracol". Este proyecto nunca lo terminó.
En cambio, en la primera de 1903 envió los dos poemas a la revista argentina "Caras
y caretas", donde aparecieron en su edición del 18 de abril de 1903, en orden
inverso, siendo "Marina" la primera parte, y "Caracol" la segunda. Los
recién descubiertos borradores muestran que Darío revisó cuidadosamente los dos poemas
antes de publicarlos.
Pero
Darío aún no había terminado. Casi dos años más tarde revisó los poemas nuevamente y
los envió, con muchos otros, a su joven discípulo Juan Ramón Jiménez, el poeta
español y futuro laureado con el premio Nobel. Jiménez los editó para publicarse en la
obra maestra de Darío, la colección de versos de 1905 Cantos de vida y esperanza, cuya
impresión supervisó Jiménez en nombre de Darío. Pero Jiménez separó los poemas de
manera que "Caracol" se convirtió en el poema 29 de la sección "Otros
poemas" y "Marina" en el poema20. Darío no hizo más cambio a ninguno de
los dos poemas, y hoy en día se imprimen en esta secuencia. Sin embargo, los eruditos han
pasado por alto un punto importante que los recién descubiertos borradores señalan: No
solo fue la intención original de Darío, sino también su intención final, que
"Caracol" y "Marina" estuvieran siempre apareados en ese orden.
Sabemos esto porque poco antes de su muerte, Darío publicó una selección de sus poemas
bajo el título Muy siglo dieciocho. Como vemos en el índice de ese libro, Darío reunió
estos poemas y les dio el privilegio del primer lugar, al frente.
Las restantes seis
páginas manuscritas son los borradores originales de dos poemas de Darío, hasta ahora
desconocidos, ambos probablemente compuestos en París en el otoño de 1901. A diferencia
de las hojas nítidas, estos borradores garabateados son testigos vivos de los métodos de
escribir de Darío: característicamente escribió y revisó rápidamente, en una
explosión fugaz de intensidad creativa, tras esbozar mentalmente su poema. El primer
poema es sólo un fragmento de seis líneas.
El segundo poema es uno
sustancial de más de 50 líneas, titulado "Epístolas". Inmediatamente bajo el
título, Darío agregó un "1", como si tuviese la intención de componer este
poema en varias secciones. Si así fue, sólo la primera se completó. Luego viene la
dedicatoria, "A. Nervo", es decir, al poeta-diplomático mexicano Amado Nervo,
un amigo íntimo con quien Darío compartió un piso en París de 1900 a 1901. Como
verán, la escritura de Darío a menudo se vuelve casi ilegible, y pude transcribir
solamente el 90% del texto. Por lo tanto estoy profundamente agradecido al distinguido
poeta nicaragüense Julio Valle-Castillo, quien examinó el manuscrito y me completó la
transcripción.
Darío fue un descuidado
custodio de su propia poesía, porque guardó muy pocos manuscritos o impresos de los
poemas que publicó en muchos periódicos, publicaciones, y libros diferentes. En sus
últimos años, Darío rebuscó entre sus papeles en busca de poemas que pudiera vender
para aliviar sus dificultades financieras. Sin embargo, a pesar de estar en sus anaqueles
durante 15 años, los dos poemas de este libro fueron, o pasados por alto, o no publicados
deliberadamente. Su descubrimiento es, con todo, importante. La edición centenaria de las
Poesías completas de Darío, publicada en 1968, incluye aproximadamente 800 poemas. Unos
92 poemas adicionales descubiertos desde entonces están incluidos en el más reciente
suplemento, publicado en 1994. Los dos poemas que acabo de leer, son los más recientes,
pero probablemente no los últimos agregados al corpus de Darío.
Una vez que encontré este
libro, me enfrenté a dos preguntas urgentes: ¿dónde lo habría adquirido la Biblioteca
de Harvard College? y ¿habría otros volúmenes de la biblioteca de Daríoquizás
conteniendo también versos inéditosadquiridos con éste? Regresé a la Biblioteca
Widener donde, tras varias horas de curiosear la sección de literatura latinoamericana,
descubrí seis libros más. Claramente había encontrado la punta del "iceberg",
pero, ¿cuán grande era éste? No era humanamente posible el examinar cada uno de los
cinco millones de libros de la Biblioteca Widener, de modo que había que buscar una
manera más fácil para localizar los restantes volúmenes que una vez fueron de Darío,
sin saber cuántos.
La llave era la fecha de
adquisición estampada en cada uno de los libros: 11 de septiembre de 1916. Fuí a los
Archivos de la Universidad de Harvard, donde se guardan los registros de la Biblioteca de
la Universidad, sólo para desanimarme al descubrir que todas las facturas después de
1915 habían sido destruidas! De manera que, frustrado, decidí buscar en todo el
Departamento de Ordenes de Biblioteca correspondencia del año 1916, esperando encontrar
una pista. Tras varias horas de búsqueda, encontré una carpeta gorda conteniendo
correspondencia entre Harvard y la Librería Joaquín Medinilla, un librero de Madrid
quien en ese tiempo era uno de los principales proveedores de libros españoles y
latinoamericanos. Estaban ahí 200 páginas escritas con listas de varios millares de
libros ofrecidos por Medinilla a Harvard en 1916. Nada parecía lo que buscaba hasta que
llegué a esta página de una lista fechada 30 de abril de 1916. Allí estaba el libro que
había encontrado, Eglantinas de Pedro Naón! Medinilla le había puesto el precio de 15
pesetaso aproximadamente US$50 de hoyy lo describía en detalle:"Dedicado
a Rubén Darío. En la cubierta y en el reverso de las páginas en blanco hay el comienzo
de un libro autógrafo de Darío titulado "El Caracol". Muy curioso".
Eventualmente encontré
que habían cuatro listas de ofertas de Medinilla fechadas el 30 de abril y el 1, 4
y 23 de mayo de 1916que contenían libros de la biblioteca de Darío. He aquí otro
ejemplo, de la lista del 4 de mayo. Nótese que dos de los libros se describen como
"Dedicado a Rubén Darío", es decir, están dedicados por sus autores. Pero
¿fueron sólo los libros así marcados los de propiedad de Darío, o también algunos de
los otros? Y ya que estas son listas de libros ofrecidos a Harvard, ¿cuáles de los 180
volúmenes descritos en estas cuatro listas, compró efectivamente Harvard?
A fin de responder a estas
preguntas, registré cada uno de los 180 títulos en el catálogo de la Biblioteca de
Harvard. Luego examiné cuidadosamente cada ejemplar de estos libros que estbaan aora en
la Biblioteca: si fueron comprados a Medinilla en 1916, y si lo fueron, ¿había alguna
evidencia de que pertenecieron alguna vez a Darío? Tras varios meses de trabajo, al fin
tuve la respuesta. Muchos de los libros evidentemente no habían pertenecido a Darío,
pero al menos 45 definitivamente sí, y otros 21 casi ciertamente, habían sido suyos.
Y de estos 66 volúmenes,
Harvard compró 43. Pude localizar 40 de los 43 en los anaqueles de la Biblioteca Widener
y los traje a la Biblioteca Houghton para salvaguardarlos; uno de los libros fue
descartado en 1976 y sustituido con una fotocopia porque estaba demasiado frágil para
utilizarse, y dos libros hacen falta en la actualidad.
De los libros mostrados en la página aquí
expuesta me encontré con que Darío había sido el dueño de aquellos por Argüello,
Gamboa, Ghiraldo, Goulart de Andrade, y Valencia y que Harvard los compró todos excepto
el de Gamboa. Tres de los cinco volúmenes están dedicados a Darío, pero los de
Argüello y Ghiraldo no lo están. ¿Cómo sé, entonces, que una vez descansaron en los
estantes de Darío? En algunos casos se usa evidencia documental, es decir, si hay alguna
mención, en la correspondencia existente de Darío de haber sido el dueño de un libro
específico.
Por ejemplo, este libro,
Sonetos sinfónicos, una colección de poemas del distinguido poeta portorriqueño Luis
Lloréns Torres, aparece en una de las cuatro listas de Medinilla y fue comprado por
Harvard, pero no tienen ninguna dedicatoria. Sin embargo, en el Seminario-Archivo Rubén
Darío en Madrid-el principal depositario de la correspondencia de Daríohay una
carta de 1914 de Lloréns Torres diciendo que ha enviado una copia de su libro a Darío.
Esto no prueba sin duda alguna que esta copia fuera de Darío, pero las probabilidades de
que lo fuera son muchas. En algunos casos, los libros sin otras marcas de propiedad se
considera que fueron de Darío, porque tienen anotaciones con su letra. Más tarde les
mostraré dos de tales libros.
En varios casos
adicionales, pude probar la posesión de Darío debido al empastado. Miremos otra vez los
40 libros encontrados en la Biblioteca Widener. Si examinamos con cuidado que 14
volúmenes están empastados uniformemente en cuero rojo en un estilo que los españoles
llaman "a la holandesa". He aquí una foto más de cerca del empastado en Alma
gaucha de Alberto Ghiraldo, uno de los libros en la oferta de Medinilla mostrada
anteriormente en diapositiva. El libro está empastado la mitad en cuero de cabritilla
teñido en bermellón; la pastas están forradas en papel decorado con un diseño jaspeado
distintivo en magenta, amarillo y azúl verdoso; el lomo tiene nervios ceñidos y entre
ellos, el nombre del autor y el título estampado en oro; y una cinta de seda tricolor
como marcador está adherida dentro.
Las contratapas tienen
guardas marmoleadas en un distintivo diseño "jaspe español" en rosado intenso
con venas verde-azul oscuro. Los empastes son tan uniformes que podrían haber sido hechos
por el mismo encuadernador al mismo tiempo y en el mismo lugar. La mayoría de los libros
están dedicados a Darío, y varias evidencias demuestran que los empastados fueron
encargados por él a principios de 1912 mientras estaba en París. Por lo tanto, cualquier
libro empastado de esta manera aunque sin dedicatoriatal como Alma gaucha de
Ghiraldotiene que haber pertenecido a Darío.
Las listas de ofertas de
Medinilla en los archivos de Harvard son una importante nueva fuente para los estudiosos
de Darío. No sólo identifican los volúmenes de la biblioteca de Darío que están ahora
en Harvard, sino también al menos 23 libros más, no comprados por Harvard, que fueron
propiedad de Darío. Sin embargo, estas listas suscitan tantas preguntas como respuestas:
Por ejemplo, algunos de los otros libros comprados por Harvard y que permanecen en la
Biblioteca Widener pueden haber sido posiblemente de Darío, pero hasta ahora no hay
suficiente evidencia para llamarlos suyos. Más inquietante es el problema develado por
este libro, Ocho cartas halladas, por el poeta ecuatoriano Eudófilo Alvarez. Como muchos
otros comprados a Medinilla, está dedicado a Darío, empastado en su distintiva cubierta
de cuero de cabritilla rojo, e impresa con la fecha de adquisición, 11 de septiembre de
1916. Sin embargo, no aparece por ninguna parte en las listas de Medinilla! Descubrí este
libro por pura casualidad mientras registraba los estantes de Widener. Pudiese ser que no
todas las listas de Medinilla fueron guardadas por Harvard y que otros libros propiedad de
Darío aún permanecen sin descubrir en la Biblioteca Widener. Puedo garantizarles que
todavía estoy buscando.
Rubén Darío murió en
Nicaragua el 6 de febrero de 1916. Menos de tres meses más tarde, la Librería Joaquín
Medinilla en Madrid comenzó a ofrecerle a Harvard al menos 66 volúmenes de la biblioteca
de Darío. ¿Dónde obtuvo Medinilla los libros? No podían todos venir de Francisca
Sánchez, la compañera de Darío y la madre de su hijo y heredero, Rubén Darío
Sánchez. Al morir Darío, la mayoría de sus pertenencias estaban en el apartamento de
Sánchez, a unos pasos de la Puerta del Sol en el centro de Madrid. La situación
financiera de Sánchez, como fue revelado en sus cartas de la época, era desesperada, y
pronto se reubicó cerca de ahí a un piso menos caro que se alquilaba por sólo 80
pesetas al mes.
Los amigos de Darío de
Madrid le ofrecieron ayuda, sugiriéndole entre otras cosas, que vendiera sus papeles.
Esto no quiso hacerlo; en cambio, guardó amorosamente varios millares de cartas y
documentos en su poder por otros 40 años antes de obsequiárselos al Estado español. En
una carta fechada 9 de mayo de 1916diez días después de que Medinilla comenzase a
ofrecer los libros de Darío a HarvardSánchez le escribió a una amiga diciéndole
que aún no había recibido pago de "el librero". Aunque no se menciona el
nombre de Medinilla, lo probable es que se refería a él. Medinilla ofreció los 66
volúmenes a Harvard por un total de 290 pesetas. La parte que le correspondía a Sánchez
era presumiblemente no más de la mitad, o 145 pesetas apenas suficiente para casi
dos meses de alquiler.
La nieta de Francisca
Sánchez ha contradicho públicamente mi historia, diciendo que su abuela nunca hubiese
vendido ningún libro o manuscrito de Darío. La evidencia, sin embargo, indica lo
contrario. Para evitar malos entendidos, quiero hacer hincapié en que de ninguna manera
intento sugerir que Francisca Sánchez actuó indebidamente al vender los libros de
Darío. Dudo mucho que supiera que uno de los libros contenía poemas inéditos; si lo
hubiese sabido, sin duda se habría quedado con él. En cuanto a los otros libros, la
mayoría fueron obsequios dedicados a Darío por sus autores.
Si Sánchez no los
apreciaba, fue solamente porque nadie en esa época les diera valor alguno. El librero
Medinilla, por jemplo, valoró los libros a un precio muy bajo, sin sobre precio alguno
por haber pertenecido a Darío. Aún Eglantinas de Pedro Naón, del que Medinilla conocía
que tenía versos manuscritos de Darío, fue valorado modestamente. Asimismo, Harvard no
compró los volúmenes por el mero hecho de haber pertenecido a Darío; por el contrario,
compramos sólo ejemplares que no estaban aún en los anaqueles de la Biblioteca Widener.
Hoy por supuesto, tenemos una apreciación mayor del valor de tales libros, tanto en
términos monetarios como en su valor intrínseco. Harvard compró 43 libros muy valiosos,
pero, ¡ah! ¡Cómo habría yo querido que comprasen los restantes 23! |