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Ed. 173 - 26/Ene/2001

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Rubén Darío

como crítico literario

Indagaciones en torno a LOS RAROS

Alvaro Urtecho

I

RDario4.jpg (33612 bytes)Si la creación poética de Darío, el código de su verso magistral ha sido estudiado a profundidad en distintas latitudes y espacios culturales, si sus cuentos, relatos, estampas han sido y están siendo objeto de análisis y punto de partida. a la luz de los nuevos métodos estructurales de aproximación a la obra literaria, para el establecimiento de los orígenes de la llamada nueva narrativa latinoamericana, sus escritos de crítica, sus reseñas, comentarios y ensayos, en fin, su prosa reflexiva, han sido objeto de muy poca atención por parte de los estudiosos del fenómeno literario. ¿A qué se debe este descuido? ¿a qué se debe esta indiferencia frente a una ocupación esencial en la vida de un hombre dedicado por completo a la actividad intelectual? ¿Es que se considera totalmente desfasada su crítica, es que sus comentarios y reflexiones son solo divagaciones y auto-complacencias de un alma impresionista al margen de la realidad?

Mi propósito es referirme a la personalidad de nuestro gran poeta como crítico, específicamente en LOS RAROS, libro publicado en Buenos Aires en 1896. Intentar establecer la percepción que Darío tuvo, a través de sus copiosas lecturas de la literatura europea (francesa en particular) realizadas durante su provechosa estancia en Chile y Argentina, del estado intelectual, espiritual, moral y político de la época. A partir de la lectura de LOS RAROS, libro posterior a AZUL y coetáneo en su gestación a PROSAS PROFANAS, obra en la que se consolida definitivamente la revolución modernista, intentaré definir su método de comprensión (si es que tiene alguno) de la obra literaria, su personal visión de la literatura contemporánea, sus grandes obsesiones y cultos, su estilo de crítico.

LOS RAROS es una recopilación de artículos, publicados en diarios de Buenos Aires desde 1893. Artículos que habían llamado poderosamente la atención a la juventud literaria, ansiosa de novedades europeas que se contrapusieran a las viejas figuras de la anquilosada tradición hispánica que todavía dominaban el establishment cultural de la época. Edelberto Torres, en su siempre imprescindible biografía, se refiere así a la aparición de la obra:

"La misión de los raros" está cumplida al llevar al público intelectual argentino el conocimiento de los autores, excéntricos en alguna medida por la excelencia o la novedad. Los amigos le sugieren la conveniencia de reunirlos en un volumen; y a este trabajo se entregan los discípulo a más jóvenes, Carlos Alberto Becú y Angel Estrada, sacando la selva de colección de "La Nación", y pronto el volumen de LOS RAROS anda como arma de combate en las manos de unos y como blanco de censura en las de otros" (La dramática vida de Rubén Darío, p. 204).

Una colección, pues, excéntrica, de artículos (semblanzas, retratos, aguafuertes) sobre autores excéntricos, "raros". ¿Por qué "raros"? Raros porque se apartan de los moldes convencionales, tanto literaria como psicológica y moralmente.

Raros por iconoclastas, rebeldes, subversivos, vagabundos, desintegrados, inadaptados e incluso revolucionario uno de ellos como José Martí. Esta obsesión de Darío por lo "raro", obsesión que no esconde, por supuesto, la admiración y hasta el eufórico ditirambo clásico, será una de las constantes en el itinerario espiritual de Darío, incluso en la época de madurez y afirmación vital de los CANTOS DE VIDA Y ESPERANZA. Así, no nos sorprende que en un ejemplar artículo sobre el gran crítico francés Romy de gourmont (uno de los maestros reconocidos por Darío), publicado en 1903, se refiere a dicha obsesión cuando dice: "Fuera de que, como según parece, mi especialidad es la de lo raro"...

En LOS RAROS, pues, podemos observar y configurar los elementos fundamentales de la crítica literaria dariana que se verán posteriormente desarrollados y matizados en numerosos artículos, reseñas y crónicas recogidas en los volúmenes CABEZAS, OPINIONES, LETRAS, PAGINAS DE ARTE, IMPRESIONES Y SENSACIONES.

Si bien es cierto que nunca está de más buscar en la obra de un crítico influencias de otros críticos, en el caso de Darío hay que partir primero del hecho de que su critica está determinada esencialmente por la proyección de un poderoso espíritu poético. Es decir, estamos ante una crítica de poeta, una crítica apasionada de artista, por lo tanto, una crítica parcial y comprometida. Sin embargo, no se trata de una crítica impresionista y arbitraria, trashumante y gacetillera. Rubén era un lector atento no sólo a los poetas (los "raros" de su libro: Poe, Leconte, Verlaine, Villiers, Richopin, Moreas, Lautreamont, entre otros) sino de los criticos y pensadores como Gourmont, Mauclair, los Goncourt, Saint-Víctor, Guyau, Taine y Bergson, Filósofo a quien cita muy entusiastamente en otros escritos al hablar de la "energía infinita". Pero no podemos afirmar categóricamente que, en su crítica siga o apueste por un método o hermenéutica definida y explícita.

No cabe duda que Rubén estaba lejos del afán sistemático o el prurito pedadógico de clasificar y ordenar. Por eso no lo podemos ubicar dentro del psicologismo de un Guyau o del positivismo social de un Taine o del historialismo de Brunetiére y otros profesores franceses. Darío no intenta una síntesis ordenada que establezca coordenadas literarias y culturales. La suya es fundamentalmente una crítica que parte de la intuición y la sensibilidad poética, pero con un sentido orgánico de la cultura, un sentido plenamente vivo y contemporáneo de la cultura que le permite comprender los valores intrínsecos de la obra literaria y artística...Cualquiera que se asome a esas admirables páginas apretadas de Los Raros comprobará que Darío, por encima del dramatismo exaltado, propio de la herencia romántica, con que retrata a sus poetas, persigue siempre la claridad, o sea, la verdad, los signos anunciadores de la época, la contemporaneidad. Recordemos a propósito, sus versos: "Ser sincero es ser potente, de desnuda que está brilla la estrella".

La crítica de Darío es, en efecto una crítica auténtica, una crítica que junto con su extraordinaria obra poética, abre las puertas de la modernidad para los pueblos de habla hispánica. En ese sentido, su defensa de la estética simbolista y parnasiana (hizo central de Los Raros) supone una toma de partido, una defensa de la modernidad y, por lo tanto, de la libertad en nuestra lengua. Así lo dice claramente en sus semblanza del portugués Eugenio de Castro:

"Existe hoy un grupo de pensadores y de hombres de arte que en distintos climas y bajo distintos cielos van guiados por una misma estrella a la morada de su ideal: que trabajan nudos y alentados por una muda y misteriosa potente voz, en lenguas distintas, con un impulso único. ¿Simbolista? ¿Decadentes? Oh, ya ha pasado al tiempo, felizmente, de la lucha por las sutiles clasificaciones. Artistas, nada más, artistas a quienes distinguen principalmente la consagración exclusiva a su religión mental y el padecer la persecución de los domicianos del utilitarismo" (Los Raros, p.231) Más adelante afirma su profesión de fe: su testimonio de crítico indisolublemente ligado a la poesía y a la moral de poeta:

"Así como en religión solo vale la fe pura, en arte valen las opiniones de conciencia, y para tener una concienzuda opinión artística es necesario ser un artista (LOS RAROS, P.232).

Esta afirmación, que aparentemente es una declaración de flagrante elitismo aristocratizante, no debe llamarnos a engaño: es nada menos que la defensa del artista en una sociedad enajenada: ese llamado a la conciencia (a la importancia de la conciencia en la vida y obra del artista) deriva de una conciencia artesanal: la conciencia del artista que se sabe poseedor de un oficio, que defiende ese oficio irreductible frente a los embates de una sociedad fundamentalmente enemiga del arte, una sociedad que gusta reproducir objetos, máquinas y objetos en serio. Por eso Rubén se siente extrañado, se siente "raro", él, venido de un país emergente, una provincia perdida de América que apenas ha esbozado su fisonomía en los albores del capitalismo.

RubenDario2.jpg (29554 bytes)El mestizo armonioso deslumbrado por las bisuterías y los paraísos artificiales de la Civilización Industrial, se identifica con las inadaptadas criaturas terribles de Europa, y así como en Francia su amado Paul Verlaine, a quien le dedicara uno de sus más importantes poemas, recoge su serie de poétes maudits (poetas malditos), Darío reúne para el público americano esas semblanzas que son el cimiento de nuestra crítica moderna. La descripción que hace de Verlaine, por ejemplo, es poco más o menos que una proyección de su alma atormentada, poseída por la dualidad de carne y espíritu, de culpa y castigo, de ser y no ser, de catedral y ruinas pagnas; de clasicismo y modernidad, de inteligencia socrática y censualidad hiperestesíca:

"Verlaine fue un hijo desdichado de Adán, en el que la herencia paterna apareció con mayor fuerza que en los demás. De los tres enemigos, quién menos mal le hizo fue el mundo. El demonio le atacaba; se defendía de él, como podía, con el escudo de la plegaria. La carne sí, fe invencible e implacable. Raras veces ha mordido cerebro humano con más furia y penzoña la serpiente del sexo, su cuerpo era la lira del pecado. Era un eterno prisionero del deseo. Al andar hubiera podido buscarse en su huella lo hendido del pie. Se extraña uno no ver sobre su frente los dos cuernecillos, puesto que en sus ojos podían verse aun pasar las visiones de la blancas ninfas, y en sus labios, antiguos conocidos de la flauta, solía aparecer el rictuos del egipán. Como el sátiro de Hugo, hubiera dicho a la desnuda Venus, en el resplandor del monte sagrado:"¡Viena Nous en..! Y ese carnal pagano aumentaba su lujuria primitiva y natural a medida que acrecía su concepción católica de la culpa".

(Los Raros, pp.51 52)

En su semblanza de Lautreamont comprobamos una vez más su profundo nivel de captación de la poética moderna. Es Darío, como nos lo ha recordado Octavio Paz, el primero que habla entre nosotros del misterioso autor de los Cantos de Maldoror, ese manual de inmersión en lo desconocido, ese breviario de podredumbre (para usar palabras de Cioran), esa plena realización y culminación del frisson nouveau al que se refería Víctor Hugo hablando de Baudelaire. Hasta qué extremo estaba familiarizado Darío con las grandes corrientes subterráneas de la poesía europea lo demuestra la precisión conceptual y la feliz elección de las citas. Por ejemplo, cuando cita aquel famoso pasado que dice: "bello como el encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas en una mesa de operaciones". Consciente del peligro de esta poesía enorvante, Darío proviene y dice:

"No aconsejaré a la juventud que se abreve en esas negras aguas, por más que en ella se reflejo la maravilla de las constelaciones. No sería prudente a los espíritus jóvenes conversar mucho con ese hombre espectral, siquiera fuego por bizarría literaria o gusto de manjar nuevo. Hay un juicio consejo de la Kábala: "No hay que jugar al espectro porque se llega a serlo": y si existe autor peligroso a ese respecto, es el conde de Lautreamont".

(Los Raros, 174)

De esta exaltación de lo raro, de lo desconocido de lo misterioso y oculto que atestigua en Rubén la persistencia del Yo romántico, se deriva, sin embargo, pese a ello o quizá gracias a ello, un espiritualismo trascendentalista, con evidentes influencias de Emerson, Nietzsche, Bloy y su gran hermano americano José Martí. Un espiritualismo que transpira humanismo, conciencia del estado social del siglo, conciencia de la opresión y la injusticia, conciencia de que es necesario lo nuevo para superar lo viejo. Su cálido estudio sobre Ibsen, el gran dramaturgo y profeta social escandinavo, es el ejemplo más elocuente, en la crítica dariana, de las ideas antes señaladas:

"¿Cuál sería el poeta que, apoyado en el muro kantiano, ordenase con mayor soberanía el himno de la Voluntad? ¿Quién diría la voluntad del Mundo y el mundo de la Voluntad? Necesitaríase un Pitágoras moral. El noruego ha comprendido esa armonía, y sus cantos han sido seres vivos. Ha sido un intérprete de esa representación de Dios. Ha sido un incansable minador de prejuicios y ha ido a perseguir el mal en sus dos principales baluartes: la carne y el espíritu".

(Los Raros, p.207)

Darío se identifica plenamente con las posiciones críticas del escritor noruego frente al fariseísmo y las buenas conciencias establecidas. No solo se identifica: se las apropia. Y podría relacionarse su semblanza con algunos de sus textos escritos en Chile o Costa Rica, motivados por el descubrimiento del sistema capitalista e industrial en general:

"El comprendió el duro mecanismo: y el peligro de tanta rueda dentada: y el error de la dirección de la máquina: y la perfidia de los capataces y la universal degradación de la especie...Oyó la voz de los pueblos. Su espíritu salió de su restringido círculo nacional: cantó las luchas extranjeras:...sus compatriotas no lo conocieron: hubo para él, eso sí, piedras, sátira, envidia, egoísmo estupidez: su patria, como todas las patrias, fue una espesa comadre que dio de escobazos a su profeta".

Ibsen, es, para Darío, no sólo el hermano de Shakespeare, sino el héroe moral, como Emerson lo es para Martí.

Hay que destacar que dentro de esta misma visión se ubica su doliente semblanza de Martí, a quien le reconoce la supremacía moral entre toda la intelectualidad hispánica de la época, patriota inmaculado de quien creía escuchar "aquella voz suya, amable y bondadosa, adorador del ídolo luminoso y terrible de la patria"...Supremacía de los valores éticos y políticos que iban a la par de sus valores literarios, pues Darío, alma generosa y cordial, supo valorar más que nadie en su tiempo, la importancia del cubano en su calidad de primer prosista de la lengua en movimiento y búsqueda de la identidad y la esencia nacional :"aquel prosista que, siempre fiel a la Castalia clásica, se abrevó en ella todos los días, al propio tiempo que por su constante comunión con todo lo moderno y su saber universal, formaba su manera especial y peculiarísima, mezclando en su estilo a Saavedra y Fajardo con Gautier, con Goncourt o con el que gustéis, pues de todo tiene"...

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