Rubén
Darío
como crítico
literario
Indagaciones en torno a LOS RAROS |
Alvaro Urtecho
I
Si la creación
poética de Darío, el código de su verso magistral ha sido estudiado a profundidad en
distintas latitudes y espacios culturales, si sus cuentos, relatos, estampas han sido y
están siendo objeto de análisis y punto de partida. a la luz de los nuevos métodos
estructurales de aproximación a la obra literaria, para el establecimiento de los
orígenes de la llamada nueva narrativa latinoamericana, sus escritos de crítica, sus
reseñas, comentarios y ensayos, en fin, su prosa reflexiva, han sido objeto de muy poca
atención por parte de los estudiosos del fenómeno literario. ¿A qué se debe este
descuido? ¿a qué se debe esta indiferencia frente a una ocupación esencial en la vida
de un hombre dedicado por completo a la actividad intelectual? ¿Es que se considera
totalmente desfasada su crítica, es que sus comentarios y reflexiones son solo
divagaciones y auto-complacencias de un alma impresionista al margen de la realidad?
Mi propósito es referirme
a la personalidad de nuestro gran poeta como crítico, específicamente en LOS RAROS,
libro publicado en Buenos Aires en 1896. Intentar establecer la percepción que Darío
tuvo, a través de sus copiosas lecturas de la literatura europea (francesa en particular)
realizadas durante su provechosa estancia en Chile y Argentina, del estado intelectual,
espiritual, moral y político de la época. A partir de la lectura de LOS RAROS, libro
posterior a AZUL y coetáneo en su gestación a PROSAS PROFANAS, obra en la que se
consolida definitivamente la revolución modernista, intentaré definir su método de
comprensión (si es que tiene alguno) de la obra literaria, su personal visión de la
literatura contemporánea, sus grandes obsesiones y cultos, su estilo de crítico.
LOS RAROS es una
recopilación de artículos, publicados en diarios de Buenos Aires desde 1893. Artículos
que habían llamado poderosamente la atención a la juventud literaria, ansiosa de
novedades europeas que se contrapusieran a las viejas figuras de la anquilosada tradición
hispánica que todavía dominaban el establishment cultural de la época. Edelberto
Torres, en su siempre imprescindible biografía, se refiere así a la aparición de la
obra:
"La misión de los
raros" está cumplida al llevar al público intelectual argentino el conocimiento de
los autores, excéntricos en alguna medida por la excelencia o la novedad. Los amigos le
sugieren la conveniencia de reunirlos en un volumen; y a este trabajo se entregan los
discípulo a más jóvenes, Carlos Alberto Becú y Angel Estrada, sacando la selva de
colección de "La Nación", y pronto el volumen de LOS RAROS anda como arma de
combate en las manos de unos y como blanco de censura en las de otros" (La dramática
vida de Rubén Darío, p. 204).
Una colección, pues,
excéntrica, de artículos (semblanzas, retratos, aguafuertes) sobre autores excéntricos,
"raros". ¿Por qué "raros"? Raros porque se apartan de los moldes
convencionales, tanto literaria como psicológica y moralmente.
Raros por iconoclastas,
rebeldes, subversivos, vagabundos, desintegrados, inadaptados e incluso revolucionario uno
de ellos como José Martí. Esta obsesión de Darío por lo "raro", obsesión
que no esconde, por supuesto, la admiración y hasta el eufórico ditirambo clásico,
será una de las constantes en el itinerario espiritual de Darío, incluso en la época de
madurez y afirmación vital de los CANTOS DE VIDA Y ESPERANZA. Así, no nos sorprende que
en un ejemplar artículo sobre el gran crítico francés Romy de gourmont (uno de los
maestros reconocidos por Darío), publicado en 1903, se refiere a dicha obsesión cuando
dice: "Fuera de que, como según parece, mi especialidad es la de lo raro"...
En LOS RAROS, pues,
podemos observar y configurar los elementos fundamentales de la crítica literaria dariana
que se verán posteriormente desarrollados y matizados en numerosos artículos, reseñas y
crónicas recogidas en los volúmenes CABEZAS, OPINIONES, LETRAS, PAGINAS DE ARTE,
IMPRESIONES Y SENSACIONES.
Si bien es cierto que
nunca está de más buscar en la obra de un crítico influencias de otros críticos, en el
caso de Darío hay que partir primero del hecho de que su critica está determinada
esencialmente por la proyección de un poderoso espíritu poético. Es decir, estamos ante
una crítica de poeta, una crítica apasionada de artista, por lo tanto, una crítica
parcial y comprometida. Sin embargo, no se trata de una crítica impresionista y
arbitraria, trashumante y gacetillera. Rubén era un lector atento no sólo a los poetas
(los "raros" de su libro: Poe, Leconte, Verlaine, Villiers, Richopin, Moreas,
Lautreamont, entre otros) sino de los criticos y pensadores como Gourmont, Mauclair, los
Goncourt, Saint-Víctor, Guyau, Taine y Bergson, Filósofo a quien cita muy
entusiastamente en otros escritos al hablar de la "energía infinita". Pero no
podemos afirmar categóricamente que, en su crítica siga o apueste por un método o
hermenéutica definida y explícita.
No cabe duda que Rubén
estaba lejos del afán sistemático o el prurito pedadógico de clasificar y ordenar. Por
eso no lo podemos ubicar dentro del psicologismo de un Guyau o del positivismo social de
un Taine o del historialismo de Brunetiére y otros profesores franceses. Darío no
intenta una síntesis ordenada que establezca coordenadas literarias y culturales. La suya
es fundamentalmente una crítica que parte de la intuición y la sensibilidad poética,
pero con un sentido orgánico de la cultura, un sentido plenamente vivo y contemporáneo
de la cultura que le permite comprender los valores intrínsecos de la obra literaria y
artística...Cualquiera que se asome a esas admirables páginas apretadas de Los Raros
comprobará que Darío, por encima del dramatismo exaltado, propio de la herencia
romántica, con que retrata a sus poetas, persigue siempre la claridad, o sea, la verdad,
los signos anunciadores de la época, la contemporaneidad. Recordemos a propósito, sus
versos: "Ser sincero es ser potente, de desnuda que está brilla la estrella".
La crítica de Darío es,
en efecto una crítica auténtica, una crítica que junto con su extraordinaria obra
poética, abre las puertas de la modernidad para los pueblos de habla hispánica. En ese
sentido, su defensa de la estética simbolista y parnasiana (hizo central de Los Raros)
supone una toma de partido, una defensa de la modernidad y, por lo tanto, de la libertad
en nuestra lengua. Así lo dice claramente en sus semblanza del portugués Eugenio de
Castro:
"Existe hoy un grupo
de pensadores y de hombres de arte que en distintos climas y bajo distintos cielos van
guiados por una misma estrella a la morada de su ideal: que trabajan nudos y alentados por
una muda y misteriosa potente voz, en lenguas distintas, con un impulso único.
¿Simbolista? ¿Decadentes? Oh, ya ha pasado al tiempo, felizmente, de la lucha por las
sutiles clasificaciones. Artistas, nada más, artistas a quienes distinguen principalmente
la consagración exclusiva a su religión mental y el padecer la persecución de los
domicianos del utilitarismo" (Los Raros, p.231) Más adelante afirma su profesión de
fe: su testimonio de crítico indisolublemente ligado a la poesía y a la moral de poeta:
"Así como en
religión solo vale la fe pura, en arte valen las opiniones de conciencia, y para tener
una concienzuda opinión artística es necesario ser un artista (LOS RAROS, P.232).
Esta afirmación, que
aparentemente es una declaración de flagrante elitismo aristocratizante, no debe
llamarnos a engaño: es nada menos que la defensa del artista en una sociedad enajenada:
ese llamado a la conciencia (a la importancia de la conciencia en la vida y obra del
artista) deriva de una conciencia artesanal: la conciencia del artista que se sabe
poseedor de un oficio, que defiende ese oficio irreductible frente a los embates de una
sociedad fundamentalmente enemiga del arte, una sociedad que gusta reproducir objetos,
máquinas y objetos en serio. Por eso Rubén se siente extrañado, se siente
"raro", él, venido de un país emergente, una provincia perdida de América que
apenas ha esbozado su fisonomía en los albores del capitalismo.
El
mestizo armonioso deslumbrado por las bisuterías y los paraísos artificiales de la
Civilización Industrial, se identifica con las inadaptadas criaturas terribles de Europa,
y así como en Francia su amado Paul Verlaine, a quien le dedicara uno de sus más
importantes poemas, recoge su serie de poétes maudits (poetas malditos), Darío reúne
para el público americano esas semblanzas que son el cimiento de nuestra crítica
moderna. La descripción que hace de Verlaine, por ejemplo, es poco más o menos que una
proyección de su alma atormentada, poseída por la dualidad de carne y espíritu, de
culpa y castigo, de ser y no ser, de catedral y ruinas pagnas; de clasicismo y modernidad,
de inteligencia socrática y censualidad hiperestesíca:
"Verlaine fue un hijo
desdichado de Adán, en el que la herencia paterna apareció con mayor fuerza que en los
demás. De los tres enemigos, quién menos mal le hizo fue el mundo. El demonio le
atacaba; se defendía de él, como podía, con el escudo de la plegaria. La carne sí, fe
invencible e implacable. Raras veces ha mordido cerebro humano con más furia y penzoña
la serpiente del sexo, su cuerpo era la lira del pecado. Era un eterno prisionero del
deseo. Al andar hubiera podido buscarse en su huella lo hendido del pie. Se extraña uno
no ver sobre su frente los dos cuernecillos, puesto que en sus ojos podían verse aun
pasar las visiones de la blancas ninfas, y en sus labios, antiguos conocidos de la flauta,
solía aparecer el rictuos del egipán. Como el sátiro de Hugo, hubiera dicho a la
desnuda Venus, en el resplandor del monte sagrado:"¡Viena Nous en..! Y ese carnal
pagano aumentaba su lujuria primitiva y natural a medida que acrecía su concepción
católica de la culpa".
(Los Raros,
pp.51 52)
En su semblanza de
Lautreamont comprobamos una vez más su profundo nivel de captación de la poética
moderna. Es Darío, como nos lo ha recordado Octavio Paz, el primero que habla entre
nosotros del misterioso autor de los Cantos de Maldoror, ese manual de inmersión en lo
desconocido, ese breviario de podredumbre (para usar palabras de Cioran), esa plena
realización y culminación del frisson nouveau al que se refería Víctor Hugo hablando
de Baudelaire. Hasta qué extremo estaba familiarizado Darío con las grandes corrientes
subterráneas de la poesía europea lo demuestra la precisión conceptual y la feliz
elección de las citas. Por ejemplo, cuando cita aquel famoso pasado que dice: "bello
como el encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas en una mesa de
operaciones". Consciente del peligro de esta poesía enorvante, Darío proviene y
dice:
"No aconsejaré a la
juventud que se abreve en esas negras aguas, por más que en ella se reflejo la maravilla
de las constelaciones. No sería prudente a los espíritus jóvenes conversar mucho con
ese hombre espectral, siquiera fuego por bizarría literaria o gusto de manjar nuevo. Hay
un juicio consejo de la Kábala: "No hay que jugar al espectro porque se llega a
serlo": y si existe autor peligroso a ese respecto, es el conde de Lautreamont".
(Los Raros, 174)
De esta exaltación de lo
raro, de lo desconocido de lo misterioso y oculto que atestigua en Rubén la persistencia
del Yo romántico, se deriva, sin embargo, pese a ello o quizá gracias a ello, un
espiritualismo trascendentalista, con evidentes influencias de Emerson, Nietzsche, Bloy y
su gran hermano americano José Martí. Un espiritualismo que transpira humanismo,
conciencia del estado social del siglo, conciencia de la opresión y la injusticia,
conciencia de que es necesario lo nuevo para superar lo viejo. Su cálido estudio sobre
Ibsen, el gran dramaturgo y profeta social escandinavo, es el ejemplo más elocuente, en
la crítica dariana, de las ideas antes señaladas:
"¿Cuál sería el
poeta que, apoyado en el muro kantiano, ordenase con mayor soberanía el himno de la
Voluntad? ¿Quién diría la voluntad del Mundo y el mundo de la Voluntad? Necesitaríase
un Pitágoras moral. El noruego ha comprendido esa armonía, y sus cantos han sido seres
vivos. Ha sido un intérprete de esa representación de Dios. Ha sido un incansable
minador de prejuicios y ha ido a perseguir el mal en sus dos principales baluartes: la
carne y el espíritu".
(Los Raros, p.207)
Darío se identifica
plenamente con las posiciones críticas del escritor noruego frente al fariseísmo y las
buenas conciencias establecidas. No solo se identifica: se las apropia. Y podría
relacionarse su semblanza con algunos de sus textos escritos en Chile o Costa Rica,
motivados por el descubrimiento del sistema capitalista e industrial en general:
"El comprendió el
duro mecanismo: y el peligro de tanta rueda dentada: y el error de la dirección de la
máquina: y la perfidia de los capataces y la universal degradación de la especie...Oyó
la voz de los pueblos. Su espíritu salió de su restringido círculo nacional: cantó las
luchas extranjeras:...sus compatriotas no lo conocieron: hubo para él, eso sí, piedras,
sátira, envidia, egoísmo estupidez: su patria, como todas las patrias, fue una espesa
comadre que dio de escobazos a su profeta".
Ibsen, es, para Darío, no
sólo el hermano de Shakespeare, sino el héroe moral, como Emerson lo es para Martí.
Hay que destacar que
dentro de esta misma visión se ubica su doliente semblanza de Martí, a quien le reconoce
la supremacía moral entre toda la intelectualidad hispánica de la época, patriota
inmaculado de quien creía escuchar "aquella voz suya, amable y bondadosa, adorador
del ídolo luminoso y terrible de la patria"...Supremacía de los valores éticos y
políticos que iban a la par de sus valores literarios, pues Darío, alma generosa y
cordial, supo valorar más que nadie en su tiempo, la importancia del cubano en su calidad
de primer prosista de la lengua en movimiento y búsqueda de la identidad y la esencia
nacional :"aquel prosista que, siempre fiel a la Castalia clásica, se abrevó en
ella todos los días, al propio tiempo que por su constante comunión con todo lo moderno
y su saber universal, formaba su manera especial y peculiarísima, mezclando en su estilo
a Saavedra y Fajardo con Gautier, con Goncourt o con el que gustéis, pues de todo
tiene"... |