Mejoremos
nuestro idioma :
Machismo y
lenguaje
Roger Matus
El diccionario y
la actitud machista de los hablantes frente a la lengua
Un diccionario es un
catálogo, un libro en el que se recogen y explican de forma ordenada voces empleadas por
los hablantes de una lengua determinada. A la Academia no le queda otro recurso que
incorporar en el Catálogo Oficial lo que está en uso. Por eso, en declaraciones al
diario "Ya" de Madrid del 9 de agosto de l981, el secretario de la Real Academia
Española, don Alfonso Zamora Vicente, afirma:
La Academia no dice las
cosas que tengan que ser así, no manda. Lo que hace es recoger los usos. Y solamente
recoge los usos cuando están realmente arraigados, cuando tienen una valía en la lengua.
El DRAE registra zorra con
la acepción, en sentido figurado, de "prostituta". ¿Por qué? Porque
seguramente los hablantes han llamado así, entre otras denominaciones, a la "mujer
que mantiene relaciones sexuales con hombres, a cambio de dinero". ¿Por qué no
llamar zorro, entonces, al "hombre que comercia con su cuerpo a cambio de
dinero"? Porque, salvo algún "zorro" escondido en su propio piñal, no hay
hombres que se dedican a este "oficio". El DRAE registra también sátiro que en
sentido figurado significa "hombre lascivo", es decir, "propenso a los
deleites carnales".
Sin embargo, no incluye el
término sátira con esa acepción, pese a que hay también mujeres lascivas. De todas
maneras, lo anterior no es más que un reflejo de la actitud machista frente al idioma que
vale la pena erradicar. Compárese, por ejemplo, la diferencia entre "hombre honrado
u honesto" (hombre correcto en los negocios) y "mujer honrada u honesta"
(mujer recatada, de honor intachable). Un hombre de mundo es el que "trata con toda
clase de gentes y tiene gran experiencia y práctica de negocios"; en cambio, una
mujer mundana es una "ramera". Por último, piénsese en la diferencia entre
"puta" y "puto". (Digámosle "puto" al oído a un hombre ,
aunque no lo sea, y veremos cómo sentirá mucho gozo en su interior y hasta sonreirá
discretamente en señal de asentimiento o simplemente para hacernos creer que es cierto).
Lo anterior constituye una
muestra de los duales aparentes que, como afirma Alvaro García Meseguer en su obra
pionera en el tema ¿Es sexista la lengua española?, son "expresivos de los valores
sociales" que las sociedades de hábitos patriarcales revisan a la luz de una nueva
concepción de las relaciones entre hombres y mujeres. Son formas de conducta
rémoras- que entorpecen nuestro rumbo como seres en desarrollo y que no desaparecen de la
noche a la mañana, pero que significan para las sociedades modernas un reto, un desafío
insoslayable que se deben enfrentar con inteligencia y decisión.
El autor citado nos
recuerda que un cortesano era un hombre de la corte, mientras que una cortesana era una
prostituta de elevado rango social; el favorito era el político preferido del rey, pero
la favorita era la amante preferida del rey. En la última edición del DRAE ya no figura
la acepción específica para cortesana o favorita. Sin embargo, como una reminiscencia de
aquella lejana época, se oye en nuestro medio el término "preferida", para
aludir a la mujer de preferencia entre otras que un hombre se ufana en poseer
sentimentalmente.
Nuestro idioma no es
machista, sino la actitud que asumimos los hablantes frente a la lengua. Como muestra,
baste el caso de los nombres de los títulos, cargos u oficios correspondientes a mujeres.
Dice la Real Academia Española:
Se recomienda que dentro
de lo socialmente posible se favorezca el uso de formas femeninas para los nombres de
profesión o actividades ejercidas por mujeres, sobre todo cuando responde a la oposición
morfológica o/a, y con más cautela cuando el término no marcado termine en e o en
consonante.
Sin embargo, las mismas
mujeres prefieren el nombre del título o del cargo en masculino, aunque el femenino sea
perfectamente legítimo como el de médica, arquitecta y cirujana, para señalar tres
ejemplos. Podría pensarse en la valoración social que hemos visto, pero ya es historia
antigua. Además, ¿por qué debe tener más prestigio un hombre que una mujer con una
profesión determinada o en un cargo público? Si una mujer reúne las cualidades para
ostentar un título o ejercer un cargo, prestigiará su profesión o funcionará
eficientemente, como lo puede hacer un hombre con iguales merecimientos. Pero parece que
los estereotipos "son de carácter inmutable".
A veces, las cosas llegan
al extremo como cuando una mujer le dice a otra: "¡No, hombre!". O cuando un
hombre le dice a otro: "¡Es tronco de hombre esa mujer!".
Nuestra herencia
de carácter patriarcal
La historia de la sociedad
humana es la historia de las desigualdades en las relaciones entre hombres y mujeres. De
niño, crecemos y nos desarrollamos en un entorno en el que, consciente o
inconscientemente, asimilamos de nuestros padres y mayores sus valores. Muchos estudios
reafirman el hecho de que los niños desde la edad de tres o cuatro años aprehenden las
diferencias sociales y a los siete u ocho años los incorporan como formas de conducta y
juicios de valor. A los nueve o diez años, los niños tienen ya una idea estereotipada
del varón y de la mujer, que no cambia tan fácilmente.
Pues bien. A lo largo de
siglos hemos heredado, sin haberlo superado en mucho, un sistema de valores en el que se
evidencia un pretendido dominio del varón y un papel social de la mujer por una parte
reducido sobre todo, a su condición de madre, esposa y ama de casa y, por otra parte, a
un objeto de consumo sexual. En las sociedades modernas, desarrolladas y progresistas, la
mujer ha logrado importantes escalones de emancipación; sin embargo, a la par de ser una
profesional, sigue asumiendo casi siempre sin la participación del esposo, la
responsabilidad del cuido de los niños y en general los quehaceres domésticos.
¿Cómo refleja el ser
humano esta cosmovisión, es decir, esta manera de interpretar la realidad? Por medio del
lenguaje. Por ejemplo, la historia nos ha demostrado que el empleo de títulos, cargos y
tratamientos ha estado condicionado por la valoración social. Por eso antiguamente se
decía la mi señor, la infante, etc., porque la mujer había estado relegada desde
épocas lejanas. Una mujer no podía desempeñar el cargo de presidente de la república,
ni siquiera tenía la opción de hacer zapatos, y se conformaba con ser
"presidenta", es decir esposa del presidente, o "zapatera", esposa de
quien sí podía hacer zapatos. La protagonista de una obra de Federico García Lorca es
la mujer de un zapatero, por eso el gran dramaturgo la tituló La zapatera prodigiosa
Afirma Alvaro García
Meseguer que "la lengua es un reflejo de las ideas, usos y costumbres de generaciones
anteriores". A través de la lengua, muchas veces podemos enterarnos cómo piensa y
siente el individuo y el grupo social al cual pertenece. Grandes lingüistas y pensadores
en general convienen en que nuestros conceptos, nuestras creencias, nuestra conducta,
nuestra manera de aprehender la realidad están determinados de alguna manera por el
lenguaje. Heidegger decía que "no somos nosotros quienes hablamos a través del
lenguaje sino que es el lenguaje el que habla a través de nosotros". Ludmila
Damjanowa en su interesante obra Particularidades del lenguaje femenino y masculino en
español (1993), afirma de manera explícita:
Las actitudes
lingüísticas no son innatas, sino un resultado de la socialización, o sea, el proceso
por medio del cual las personas internalizan juicios, valores, actitudes y espectativas en
una cultura específica. |