Discurso
de Luis H. Debayle
en el primer
aniversario de la muerte de Rubén Darío
Darío y Debayle (León 1907)
Por
considerarlo de especial interés, publicamos el extraordinario discurso pronunciado por
el doctor Luis H. Debayle en el primer aniversario de la muerte de Rubén Darío. Como
sabemos, el doctor Debayle, introductor de la medicina moderna a Nicaragua, era protector
e íntimo amigo de Darío, tal como lo demuestra en su mas reciente libro el conocido
investigador y escritor Jorge Eduardo Arellano.
I
UNA VEZ más, tal vez la
última estoy con vosotros formando coro en un homenaje, en una glorificación que es
tributo de alto deber. Así como el viajero del desierto, abrumado por la magnitud de la
mole, se detiene después de largo camino para contemplar en su conjunto la grandeza de la
inmensa pirámide, así nosotros, ante la gigantesca figura de nuestro genio, en el rodar
vertiginoso del tiempo, hacemos alto ahora para extasiarnos en sus contornos atrevidos, en
su silueta gloriosa, en su faz olímpica, coronada por la admiración universal, y nimbada
por el resplandor de ultratumba que lo consagra ante nuestra visita deslumbrada y
extática.
Miremos la gigantesca
figura, no sólo en el desierto; mirémosla ante la profundidad de la ola, la inmensidad
del cielo, y la eternidad del tiempo.
Señores: Permitidme que
repita mi satisfacción, que me gloríe una vez más y que me enorgullezca del augurio de
mi infancia realizado. Asistí a la aurora, a los albores prístinos del astro; me
deslumbraron los rayos gulgurantes del centil; pude contemplar la maravilla, abismo y
cumbre, sombra y luz, sangre y oro del lujuriante crepúsculo de su ocaso. Y ahora con la
tristeza, con la melancolía en el alma, unida al orgullo por lo sublime: en la serenidad
augusta del tiempo, en la oquedad eterna del misterio, como en la noche de un sol
desaparecido, contemplo las irradiaciones inextinguibles de su gloria...
Mi voz, no es voz mía, es
la voz del corazón de este pueblo; mi homenaje junta las rebeldías del cacique Nicarao
con la férrea voluntad e hidalguía castellanas y un eco hondo y lejano de la ínclita
Francia. Mi palabra tiene hoy rumores de lagos y mares y de montañas de un país bendito
por Dios y humillado por el destino; tiene de admiración, tiene de recuerdo fraterno,
tiene de amor, tiene de orgullo, tiene de dolor y tiene de esperanza [...]
Darío fue en sus
principios uno de los verbo-motores desbordantes; improvisaba admirablemente. Más tarde
se convirtió en gráfico, escribía más bien que hablaba. Su memoria, principalmente la
visual, era prodigiosa, se desdoblaba como una película sorprendente al calor de su
inspiración y su entusiasmo. Su sentido auditivo y musical era verdaderamente
exquisito...Todo ésto según las teoría de hoy. Cualesquiera que sea la hipótesis de
mañana, el hecho indiscutible es que ese órgano es un raro especímen humano.
II
En Darío, como en las mil
facetas líricas de un diamante tallado por Dios, se descomponían todos los rayos de luz,
desde el alba rosada, el fulgor rutilante del día, hasta el lánguido crepúsculo
vespertino. En el mágico cristal de su verso armonioso se concentraban todos los colores,
desde la sangre roja de los labios que es pasión, la pureza de la sangre que es fuerza,
hasta el suave azul de la esperanza y del ensueño.
Tenía la visión directa
intropectiva de la vida y una supervisión del detalle y del conjunto, del color y del
relieve, de lo próximo y de lo lejano más allá de la visión común.
Prisma maravilloso que
supo descomponer todos los haces de luz como una floración multicolor, y concentrar, a
veces un rayo ardiente y único, las vibraciones dispersas del sentimiento y del
espíritu.
Poeta de la música, del
ritmo y de la armonía de la idea, es indiscutiblemente el más musical de cuantos han
escrito en castellano y quizás en idioma alguno.
El portentoso diapasón de
su sensibilidad artística resonó con todas las armonías de la naturaleza, con todos los
quejidos de los seres interiores y con todos los dolores de las almas: del alma inmortal
de los hombres, del alma pura de las bestias y del alma bella de las cosas.
Cantó con la naturalidad
con que el ave vuela sin medir ni contar los golpes de sus alas.
Cantó como el jilguero,
como canta el zenzontle americano: cantó no para ser oído, sino para darle salida al
torrente de armonía que llevaba en sí en "el momento preciso de su necesaria
intervención el porvenir del pensamiento español en América."Cantó para
desempeñar" el papel que el supremo Destino le designara en la grande obra del
renacimiento del arte."[...]
III
El alma de Darío tenía
la omnisciencia de su maravillosa virtuosidad: múltiple, poliforme, panida. Contra la
parcialidad de lo mediocre tenía la multiplicidad, la universidad del genio, como Hugo,
Verhaeren, Maeterlinck. Las contradicciones aparentes de su psicología son la
consagración de la unidad misma, unidad grande, absoluta, inconmensurable, en donde queda
el observador abismado ante la extraordinaria variedad de tendencias, de orientaciones, de
poder, de vuelo, de reposo, de pasión, bañado todo con el mágico reflejo de lo bello y
cantado con la sinceridad de un gran creyente: alas, céfiros, perfumes, cisnes, pasión,
melancolía, música, deliquio, éxtasis, armonía suprema...
Su psicología es
compleja, múltiple; su sentir hondo y universal. Tiene supervisión. Su ser es
teogónico. Penetra en todos los misterios de vida, en el palpitar de los corazones, en el
alma universal:
Y siento como un eco del
corazón del mundo/ que penetra y conmueve mi propio corazón.
Panida ambicioso del gran
todo, deseador nostálgico, ansioso e insaciable de belleza, la busca en el boscaje, en la
planta, en la flor temprana, en la hoja mustia, en la ninfa, en la nereida en el lago, en
la nube, en la crisálida, y en la dorada mariposa; la busca no sólo en el presente, la
atrae del pasado y la arranca al porvenir; la busca en la mitología pagana como en el
misticismo y en la fe cristiana.
Deshoja las margaritas del
amor, como busca las pomas del pecado con la misma mano de David que hace vibrar
maravillosamente el arpa del Señor.
Si bien purificado en la
fuente de Castalia y saturado de la esencia de Francia, tenía no obstante, sangre,
músculo, nervio autóctono; abierto al arte como al sol nuestra primavera tropical, su
alma era transparente como nuestros lagos, su espíritu profundo como nuestro océanos y
su boca profética, con la bíblica voz de nuestros volcanes:
"Momotombo sagrado,
Momotombo tremendo,/tu poeta ha escuchado dentro de tí el estruendo/de una trompetería
para un juicio final." [Chocano]
Aristocrático cantor del
siglo XVIII, del suave y cadencioso minué; rítmico compaseador de la graciosa
seguidilla; fervoroso acongojado que llama al Cristo para que derrame su luz sobre las
fieras.
Arrepentido en "La
Cartuja", poema que marca la postrer etapa de su ascetismo evocándonos la Vita Nuova
del Dante; ambiguo con Verlaine, fuerte con Hugo, tiene en sus venas ora fuego de pasión,
ora nostalgia de melancolía, o paz y resignación a lo fatal.
Trovador de endechas
dulces, albo cisne que expira con su canto; atormentado, amargo, que bebe el ajenjo de la
vida para dejarnos la miel de su melodía; que apura en el cáliz de su pena junto con el
vino rojo que embriaga, la lágrimas amarga del desengaño.
Para los que no encuentran
en su poesía ternuras familiares, habría que recordarles las vicisitudes de su infancia
huérfana y de su vida sin hogar;
- Y supe de dolor desde mi infancia.
- Mi juventud ¿fue juventud la mía?
- Sus rosas aún me dejan su
fragancia,
- Una fragancia de melancolía.
Amó con intenso amor
filial a su tierra natal, que es Nicaragua; amó con gratitud profunda a su patria de
adopción, la fecunda y maravillosa Argentina; supo siempre venerar a la heroica madre
patria que es España; y admiró con amor a la gran patria universal, su patria
espiritual, que fue la Francia.
Darío, señores, fue
patriota en el verdadero sentido de la palabra. Patriota no es el que instiga, no es el
que agita, no es el que odia, no es el que mata. Patriota es el que honra, es el que
eleva, es el que crea, es el que ama.
Y si el excelso poeta no
ciñó su cimera con colores de divisas que dividen, llevó siempre cruzada sobre el pecho
la cinta blanco-azul, de albura de cisne y azul de cielo, insignia sagrada de
esta tierra y símbolo de su arte.
Y no es posible olvidar
cuántas veces en horas tristes pudo quitar de las sienes de la Patria la punzante corona
de dolores, para ceñirla con la diadema de sus triunfos!
IV
Ha
pasado el tiempo en que la crítica nuestra, demasiado imitadora de Saturno, osó hincar
el diente; ha pasado el tiempo de las timideces en los aplausos y en nuestros entusiasmos.
Está consagrado.
Incubado al calor de Hugo
con alas americanas, la alondra de luz se lanzó al azul, desafiando la tempestad del
pasado y las flechas malignas e ignaras.
Está consagrado. Ha
infundido nuevo aliento, médula y flexibilidad al idioma. Más grande y trascendental que
Garcilaso, que hizo casi hablar al italiano en español, llevó el riego fecundante de las
literaturas francesas y extranjeras a la encina secular hispana.
Está consagrado.
No abrió las ventanas,
como dijo Rachilde de la reforma de Verlaine en la literatura francesa: abrió las
puertas. Hizo más: llevó el sol de la belleza y de la libertad al alcázar antes
hermético del arte.
Está consagrado.
Maestro le proclaman, con
los americanos, Menéndez Pelayo, Valera, la Pardo Bazán, Benavente, Villaespesa, los
Machado, Pérez de Ayala, Antonio de Zayas, Juan Ramón Jiménez, González Blanco y toda
la brillante pléyade joven de España.
Y en los que como en
Marquina, Unamuno, en Meza, no incluyó con influjo directo, recibieron también la lumbre
refleja de su innovación.
Y es por su nombre, según
Enrique díez-Canedo, que empezará la historia el capítulo de la poesía del presente
siglo.
V
No tuvo aquí verdaderos
precursores dignos ese hombre. Con filólogos como Cuervo, Baralt, Bello, con poetas como
Bello, Caro, Gutiérrez Nájera, Casal, Silva, Olegario Andrade, Díaz Mirón, con
pensadores y prosadores como Montalvo y Rodó, se encendieron las antorchas, brillaron en
el cielo del arte americano las estrellas. ¡Con Darío despuntó la aurora!
El poeta tiene que ser el
reflejo de la época en que vive. Los poetas antiguos pueden ser y son singulares. El
poeta moderno tiene que ser universalmente complejo, porque compleja es la existencia de
nuestros tiempos.
El mérito no está en la
cantidad sino en la calidad; un grano de oro vale mucho más que muchos de cobre; diminuta
es la chispa eléctrica de la nube y sin embargo basta para iluminar todos los ámbitos;
una es la Minerva Artística y ella sola hubiese eternizado a Fidias.
"Un poco de ritmo y
rima" han bastado a Darío para su reforma trascendental. Y así muchas de sus obras
como la Sonatina, Los Motivos del Lobo. Era un aire Suave, El Coloquio de los Centauros,
Canción de Otoño en Primavera, y la Marcha Triunfal, no han sido escritas para un año,
para un siglo, para una época: son para todos los tiempos...
El Canto a la Argentina,
de cuya espontánea producción fui testigo, cuyos mil versos leímos juntos en París, en
noche inolvidable hasta el clarear del alba, es como un resumen de su vigorosa y
exuberante fantasía lírica, de su maravilloso dominio del ritmo y del verso con los
cuales parece formar castillos encantados, florestas rumorosas y lejanía de mar y cielo.
Ese canto, "Creación
de torres marmórcas y campanas de plata sobre la pampa de oro", es como una
concentración pictórica de Historia que tiene de catedral bizantina, de caos épico, de
miraje: es una verdadera odisea cinematográfica de odiseas.
VI
Unificó el sentir y el
pensar castellanos.
Ha sido el nexo ideal y
propicio de veinte naciones; el lazo de unión de millones de hombres que hablan la misma
lengua, sienten con la misma alma, palpitan con el mismo corazón y se inspiran en los
mismos ideales de arte, de patria, de raza y de justicia, "que aún rezan a
Jesucristo y aún hablan en español".
Rubén Darío, el de las
timideces sociales y audacias de predestinado, revolucionario triunfante de la gaya
ciencia, empuñando el cetro de la poesía castellana ha reconquistado a España y
reproducido en el siglo XX, en la región del espíritu, el grandioso imperio de Carlos V,
eternamente iluminado por un sol sin poniente. Sólo que esta vez el emperador es de
almas; es un americano, un indo-hispano que tiene rebeldías autóctonas y cosmpolitismos
ideales, que tuvo por cuna la humilde Nicaragua y cuya tumba gloriosa no está en el
Escorial de España sino en la Catedral de León...
¡Qué ha muerto? ¿Que ha
enmudecido para siempre? No.
Así como en las
profundidades del misterio resplandecen los rayos de su gloria, así lo ecos de su lira
rota vibran aún en nuestros corazones, puros, tiernos, como una vaga melodía que
desciende de la región ignota a donde el genio ha ido para coronarse de nuevos laureles.
Las armonías divinas
perduran a través del espacio y del tiempo; son la prolongación no interrumplida del
cantor; provocan engendran nuevos ritmos, se encarnan en una época y en una raza y
constituyen así la maravilla de la eternidad del arte.
Oíd sus acordes; escuchad
en todas partes las rapsodias de ese nuevo Homero, en cuyas gargantas vibra el coro de
inimitables trinos.
Y a Darío podría
aplicársele con justicia el mito de Orfeo, cuya cabeza arrancada del tronco cantando aún
arrastrada por las ondas tumultuosas del Estrimón.
Señores: en la Grecia
antigua, al salir de las representaciones de las obras de Esquio, los hombres golpeaban
sobre los escudos suspendidos en las puertas de los templos exclamando:"Patria",
"patria". Nosotros, en la evocación fúnebre de esta noche palpitante de dolor
y encendidos de entusiasmo, podemos repetir: ¡Patria! ¡Gloria! ¡Gloria!
Y así lo onda invasora
llegase por desgracia algún día a borrar a Nicaragua de la carta de los pueblos libres,
no la podrá jamás borrar del perdurable mapa de las naciones gloriosas.
En la incierta penumbra
del futuro, la tumba de Rubén Darío nos salvará para siempre del olvido. Y León será
entonces La Meca como fue "su Atenas y su Jerusalem!"
[Tomado de
Centro-América, Guatemala, vol.IX.No.2, abril, mayo y junio de 1917, pp291-297]. |