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Ed. 170 - 05/Ene/2001

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Mejoremos nuestro idioma

"¿El azúcar blanca"?

Róger Matus Lazo

En nuestro idioma, pertenecen al género masculino los nombres que designen personas del sexo masculino: el centinela, el padre, el líder, el guardaespaldas; y al género femenino los nombres de persona del sexo femenino: la madre, la sirvienta, la nodriza, la actriz.

Cuando el género designa determinados animales, la regla anterior es válida solamente para ciertas especies: zorro-zorra, gamo-gama, pájaro-pájara, lagarto-lagarta, ratón-ratona, tigre-tigra o tigresa. (Tigresa, en sentido figurado y familiar significa "mujer atractiva, provocadora y activa en la conquista amorosa".)

En muchos otros casos, el animal recibe siempre un mismo nombre (masculino o femenino) que es independiente de su sexo masculino o femenino: el ruiseñor (macho o hembra), el tucán (macho o hembra), el zompopo (macho o hembra), la hormiga (macho o hembra), la culebra (macho o hembra), la ballena (macho o hembra). Y en cuanto a los seres humanos, ocurre un poco similar: persona (siempre femenino) designa tanto a un hombre como a una mujer; criatura (también femenino) se refiere indistintamente a un niño y a una niña, y lo mismo podemos decir de víctima, o del masculino personaje. Son los nombres epicenos, de los que hemos hablado en otra ocasión, que designan indistintamente a individuos de uno u otro sexo.

Casi todos los nombres apelativos de cosa en -o son masculinos. En unos pocos casos se ha conservado en español el género femenino originario, como el caso de la mano (del lat. manus) y la nao (del cat. nau, nave). Pero la terminación -o ha impuesto el masculino en muchos casos, incluso procedentes de un fondo de origen latino; así, nombres de árboles de género femenino en latín han pasado al español como masculino: el cedro, el madroño, el ciprés, el pino, el guayacán; igualmente, voces cultas en -ago, procedentes de femeninos latinos: el lumbago (dolor reumático en la parte central de la espalda), el fárrago (conjunto de cosas desordenadas o inconexas), el vértigo (sensación semejante al mareo), el cartílago (tejido conjuntivo como el que forma la laringe).

El femenino de origen latino se ha conservado en la vorágine, la imagen y otros. Pero los sustantivos terminados en -én, provenientes del latín o de otras lenguas, son en su mayoría masculinos: el almacén (del ar. al-majzan, depósito); el andén (del lat. indago, cerco); el edén (del hebr. éden, huerto delicioso); el jején (voz haitiana, insecto). Llantén (del lat. plantago), era femenino en su lengua de origen y pasó al español con el género masculino: el llantén. Pero en el caso de vaivén, se trata de un sustantivo compuesto de ir y venir: el vaivén. El sustantivo sartén (del lat. sartago) ha conservado su género femenino: la sartén. Por eso se dice en lenguaje figurado: "Tener uno la sartén por el mango", que significa "ser dueño de la situación, poder decidir o mandar". Don Manuel Alvar, en su Diccionario VOX, afirma que es incorrecto el empleo de sartén en masculino; sin embargo, el Diccionario académico explica que es masculino en muchos lugares de España y América. En Nicaragua las cocineras y amas de casa dicen el sartén.

La libido, término definido por el Diccionario VOX como el deseo sexual considerado como impulso y raíz de varias manifestaciones psíquicas, tiene sufijo latino y es creación freudiana. La Academia explica que por ser un cultismo muy reciente (de la misma etimología de la libídine), conserva el mismo género gramatical en español.

Dinamo o dínamo es un femenino griego (dynamis, fuerza) que pasó al español con el mismo género gramatical, y aunque en Nicaragua y otros países latinoamericanos se emplea como masculino, don Manuel Alvar en el Diccionario VOX señala que es incorrecto usar el dinamo o el dínamo, por la dinamo o la dínamo, que son las formas correctas.

Dice la Academia en su Esbozo de una nueva gramática de la lengua española que "muchos neutros griegos en -ma han pasado al español en diferentes épocas, directamente o a través del latín, especialmente como tecnicismos o para componer tecnicismos". Así, algunos terminados en -a como la lágrima, la calma, la chusma, la estratagema adoptaron en general como en latín el género femenino. Pero la tendencia culta, considerando quizá más próximo al neutro griego, impuso el género masculino a muchos sustantivos de esta índole: el enigma (hecho o dicho difícil de entender), el drama (pieza teatral o suceso de la vida real), el anatema (excomunión o maldición), el dilema (disyuntiva o situación ambigua), el estigma (marca, huella o afrenta) y otros.

Con frecuencia encontramos en nuestro idioma nombres apelativos de cosa, uno femenino en -a y otro masculino con -o, que tienen una misma raíz o una misma base de derivación. Veamos algunos casos con sus diferencias semánticas: manzano y manzana, naranjo y naranja, guayabo y guayaba, ciruelo y ciruela, aceituno y aceituna (el árbol y su fruto); leño (madera o trozo de árbol cortado) y leña (colectivo de leño); huerto y huerta (terreno de mayor extensión que el huerto); río y ría (parte del río próxima a su entrada en el mar hasta donde llegan las mareas y se mezcla el agua dulce con la salada).

Dice el académico Manuel Seco en su Gramática esencial del español que "si es poco segura para determinar el género de un nombre la terminación en -o o en -a, menos lo son otras terminaciones"; y menciona ejemplos como en -e: el diente, el monte, el cisne, el dique, el coche, el norte, etc., frente a la nave, la salve, la noche, la leche, la parte, la muerte, la nube; en -u: el espíritu, frente a la tribu; en consonante: el solaz, el trasluz, frente a la paz, la luz; el corazón, el montón, frente a la razón, la porción; el dolor, frente a la flor; el análisis, frente a la síntesis.

A veces, el empleo del plural impone un determinado género con o sin diferencias de significación; así, dote y arte sólo admiten el género femenino: las dotes, las artes, y mar y azúcar, sólo masculino: los mares, los azúcares. Pero en singular es ambiguo, como el sustantivo azúcar, puede ser masculino o femenino: azúcar rosado, azúcar blanca. Algunos gramáticos aconsejan usarlo como masculino cuando lo acompaña el artículo o un demostrativo (el azúcar, un azúcar, este azúcar), y como femenino cuando le sigue un adjetivo (azúcar blanca, azúcar refinada). Sin embargo, el empleo del masculino con el artículo (el) y del femenino con el adjetivo pospuesto (blanca) ha dado lugar a frecuentes discordancias del tipo el azúcar blanca. Para evitar esto, es recomendable hacer corresponder el artículo y el adjetivo con el género del sustantivo: el azúcar blanco, la azúcar blanca.

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