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Mirador Semanal Mario Fulvio: ¡La Managua Inolvidable! Manuel Eugarrios
Con ese título que enuncia la emoción y las saudades del ayer en contraste con la aridez actual en la historia de una ciudad, la edición del libro de Mario fue patrocinada por la Universidad Politécnica de Nicaragua (UPOLI), confirmando así el noble afán que la anima para el fomento y el desarrollo de nuestra cultura. Al contenido en sí de la obra, con el que estoy más que seguro habrán de deleitarse los managuas autóctonos y los que por cariño hicieron suya a la vieja capital, debe sumarse la belleza de ilustraciones del consagrado pintor nicaragüense Salvador Castillo, que en el libro aparecen con un delicado color sepia. Seguidamente reproducimos fragmentos de la Presentación de tan valiosa obra, que Mario tuvo el fraternal gesto de pedirme, con lo cual me privilegia. Con pena consignamos, empero, que esa mi presentación de cinco páginas ya impresa salió con 21 errores diversos: "Se trata, en suma, de retratar la Managua recoleta de los años veinte hasta décadas recientes, a través de personajes concretos que a su vez reflejan con absoluta precisión la idiosincracia, las tradiciones, las costumbres, los sentires y los pensares de una capital que ya no retornará jamás pero que vivirá para siempre en los vuelos de nuestra nostalgia. De aquella Managua pre-terremoto que vive y vibra en los corazones de sus legítimos hijos. Y eso es lo que hace Mario Fulvio: contar la historia de la vieja ciudad con amor, como lo hizo en la década del cincuenta, Gratus Halftermeyer, que hasta hoy sigue siendo el historiador por antonomasia de esa Managua del ayer... Más que una presentación de esta inestimable obra que a decir verdad para nada la requiere, con el privilegio de ser miembro fundador de La Peña del Viejo Solitario, me siento con el derecho (que además el autor tuvo la bondad de concederme) de reafirmar o ampliar algunos de sus recuerdos, y de pergeñar ciertas reflexiones. Rememorar, por ejemplo, que con las "pichelitos" que menciona, durante varios años y en plena adolescencia y primera juventud, íbamos a danzar a los bailongos de los Balkanes y Miranda, donde se pagaba un chelín mucho por pieza. En la mayoría de las veces y por la velocidad de las acciones, el tal cobrador le exigía a uno la moneda en medio baile, lo que a muchos llenaba de fastidio sobre todo cuando solo tenía billetes de a peso y luego el vivián cobrador se hacía el loco con el vuelto. Por relacionarse directamente con el gremio, conocí a don Concepción Palacios, que además tenía su negocio casi frente a mi casa en Santo Domingo Director de El Nacional, donde efectivamente se publicaba una sección llamada K.P.A.T. en la que con ácidos corrosivos y mortales se destrozaba la producción de Poetastros y poetisas. Confirmo lo que con cierta duda aduce Mario Fulvio respecto a los autores: en los últimos años antes del terremoto del 72 el que escribía esa sección con nitroglicerina era mi entrañable amigo Emilio Quintana, que publicó "Bananos" obra que aún se estudia en secundaria y varios libros de poemas, casi todos de denuncia social, aunque tuvo cantos de gran factura poética como "Luna Proletaria" y Un Soneto a Cervantes. Otros autores de esa vitriólica Sección fueron entre poetas y periodistas, Guillermo Castellón, Manolo Cuadra, Ariel Luna, Pablito Moncada y brevemente hasta el que estas líneas escribe... Entre los personajes entrañables de la naciente Managua el que más me subyuga es Don Enrique Gothel, que en este libro se describe, porque esta ciudad le fue doblemente tributaria: por ser uno de sus forjadores y por ser pionero de su periodismo impreso. No dudamos que, como nos promete y "amenaza" el autor, del vertedero de La Peña del Viejo Solitario, donde las saudades andan a flor de piel y flotan en el ambiente, surgirá otro libro de Mario Fulvio con nuevos recuerdos y personajes...Traer a la memoria actual, por ejemplo, la época en que por el dulce encanto de los nepentes y como dignos discípulos de Dionisios, comimos sin saberlo deliciosas costillitas de perro... No podemos permitir, Mario, bajo ningún precio, que en las lejanías de lo pasado queden esfumadas las ilusiones y los hechos de nuestras truncada ciudad. Por lo pronto, creemos que tanto los managuas de los treinta, como los del cincuenta, como los anteriores a la siniestra medianoche del 22 de Diciembre de 1972, como los que sobrevivimos a la hecatombe del sismo y que todavía respiramos, gozaremos fervientemente con los relatos de Mario Fulvio no sólo porque de alguna manera fuimos protagonistas, sino porque sus breves historias resumen las aristas entrañables de lo perdido, de lo que nunca volverá salvo en nuestras mentes y en nuestras almas. Y es, sin duda, una tarea que resulta amena y pródiga, porque el autor usa un lenguaje corto y sencillo como corresponde a un maestro del periodismo. Los profesores de siempre dirían que este tipo de relato es ligero como una libélula, o como canta Neruda, claro como una lámpara, o simple como un anillo. Lo más posible es que este libro no lo lean los magnates, y ni falta que hace, pues no fue escrito para ellos. Lo leerán sí, lo leeremos, quienes al amparo de la Biblia y a la hora de la verdad y de las cuentas, podremos pasar por el ojo de una aguja. Verdaderamente son historias nutridas por la gente del pueblo, o sea historias profundamente humanas que perfilan el alma y el corazón de las ciudades. Esto no quiere decir, por supuesto, que los ricos no son humanos pero según la santa palabra, lo son menos. Mario, ciertamente, recrea con la historia y con su imaginación los personajes y los sucesos que aparecen en esta su obra, en cuyo sustrato bulle el humor como quien dice sobre los lomos de la historia. Por los auténticos managuas debe ser, entonces, especialmente leído y gozado. En ese sentido, a quién por Dios, que haya nacido en Managua y que tenga el corazón bien puesto, no le conmueve hasta las lágrimas la vida simple y la muerte más simplificada aún de Juliana la Trabajadora, personaje de los años veinte? O cómo no dejar que se nos llene el pecho de optimismo con la historia de los Gardelitos...? Se asegura en los diccionarios que historia es escribir sobre personajes o hechos de interés o trascendencia; y que el historiador es el que sistematiza e interpreta el pasado en un encuadramiento general de los hechos. Y Mario ha hecho más que eso, puesto que ha escrito sus relatos sobre Managua y sus gentes con nostalgia pura, es decir con la tinta inextinguible del amor, cumpliendo lo que proclamaba Tagore en el sentido de que todas las historias nacionales, no son más que capítulos de la historia del ser humano. Yéndonos ya hacia la puerta de salida pero sin capear el bulto ¡vive Dios!, hablemos finalmente aunque sea de manera rasante, del eje de dos puntas en que se sustentan y orean las historias de Mario: los diálogos sabios entre un Don Quijote innominado (que es el mismo Mario) y su inseparable Sancho, escudero, secretario, confidente y amigo... Tomemos de la mano a Sancho, pues, y con él visitemos alborozados los lugares, las antiguas referencias y las gentes de esa Managua inolvidable.
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