Edición Jueves 10 de Mayo del 2001-ED. N° 2,620 Año XXVI

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Historia

Victoria’s Secret: Las Tribulaciones de una Mojigata Inglesa

Cecilia Ruiz de Ríos

Victoria.jpg (33651 bytes)Fea, hipócrita, soberbia y mojigata: la reina inglesa Victoria de Kent.

Varios alumnos míos me han estado solicitando repetidamente que escriba sobre la reina Victoria de Kent, la monarca inglesa que más tiempo estuvo sentada en un trono y que marcó toda una época en la gazmoñería, pudibundez y gran hipocresía, aunque hoy su nombre aparezca hasta en una marca de lencería...

Victoria nació un 24 de mayo de 1819, único retoño del desventurado matrimonio entre una odiosa princesa alemana y el debilucho duque de Kent, cuarto hijo del rey loco Jorge III de Inglaterra. No han faltado quienes digan que Victoria era fruto de una aventura amorosa extramarital de su madre, ya que el viejo Duque de Kent ya estaba medio vetusto cuando ella nació, y a eso atribuyen que Victoria haya suministrado el gen de la hemofilia que tanto daño causaría en varias casas reales europeas.

Huérfana de padre, Victoria era la lógica heredera al morir Jorge IV, uno de los reyes más aborrecibles de Inglaterra. Mimada y sobreprotegida, tuvo una infancia solitaria. No creció mucho, siendo una regordeta chaparrita de un metro cincuenta de estatura, y dado que no pudo estirarse de alto se contentó con crecer de ancho merced a un apetito pavorosamente pataguino. Lo curioso es que de joven, Victoria no era la gordinflona empurrada que todos imaginamos. Le encantaba bailar, reír, jugar y revolotear como un gorrioncito en primavera.

Sus primos se morían por estar con ella, pues era alegrísima y bonachona. Desde cipota sabía que era la soltera más codiciada del mundo. Inicialmente se prendó del estadista Lord Melbourne, quien además de viudo era el primer ministro. Melbourne le enseñó a dar sus primeros pasos en la política y sostenía largas conversaciones colmadas de suspiros con la gordita. Victoria además sostuvo una breve relación mojigata con su primo Alejandro, futuro zar de Rusia. Cuando el futuro Alejandro II de Rusia estuvo de visita en Inglaterra, se enamoraron violentamente pero la cosa no pasó a más porque políticamente una boda entre ellos era incompatible.

Cuando Victoria optó por casarse, lo hizo con un guapísimo pero paupérrimo príncipe alemán. La boda de la heredera con un pariente pobre que andaba con los paños menores zurcidos le supo a horchata de diablo rojo al pueblo inglés, sin sospechar que el alto Alberto de Saxe Coburgo Gotha iba a ser el perfecto poder tras el trono. Victoria como reina debió de hacer la proposición de matrimonio, y siempre mantuvo la voz de mando durante el noviazgo y buena parte del matrimonio.

Alberto una vez se quejó ante un amigo diciendo que se sentía un poco como pavo capón. La noche de bodas de Victoria y Alberto fue de sumo placer, y Victoria, contrario a su imagen posterior, fue una ardorosa consorte que disfrutó tan intensamente las mieles de la cama que acabó pariendo 9 muchachos. Cuando su galeno le recomendó que dejara de reproducirse como coneja, Victoria con un asomo de ceño fruncido le preguntó,»Cómo puede usted prohibirme que me siga divirtiendo?» En su diario, Victoria plasmaba con expresiones exaltadas cuánto placer derivaba del sexo, a tal punto que tras la muerte de la soberana su hija Beatriz quemó el diario.

Alberto llegó a ser el genuino poder tras el trono aunque Victoria, soberbia y mandona, nunca le quiso otorgar la corona matrimonial y solo ostentaba el título de príncipe consorte. Victoria era celosísima, y a Alberto a menudo le tocó bailar con la loca de los celos infundados de su mujer. Alberto y Victoria se amaron tiernamente hasta la muerte de éste, ocurrida poco después de un escándalo de faldas del primogénito, el futuro Eduardo VII. Victoria siempre culpó a su hijo por la muerte de su amado marido, y como viuda llevó luto cerrado hasta su muerte. Sin embargo, un afecto galopante por un alto hombre escocés llamado John brown pondría en jaque el buen nombre de Victoria.

Ya que Victoria nunca consideró la posibilidad de matrimoniarse de nuevo, su distracción mayor fue Brown, quien se tomaba unas libertades increíbles con ella aún en público. Bonachón y alegre, John Brown a menudo la regañaba cuando estaba deprimida, fue el primero en felicitarla cuando el ateperetado Benjamín Disraeli como primer ministro la llamó Emperatriz de la India, y solía encerrarse con ella a beber fuerte whisky casero y jugar una tanda de naipes. Los hijos de Victoria sentían celos furibundos del criado y en numerosas ocasiones le gritaron que debía despedirlo, haciendo Victoria caso omiso de tal sugerencia.

Eduardo, futuro sucesor de Victoria en el trono inglés, incluso mandó a desbaratar un pabellón de madera donde su madre y John Brown descansaban tras montar a caballo. La adoración de Victoria por John Brown desconocía el pudor y lo andaba como llavero en todas sus faenas cotidianas. Cuando Brown murió en 1883, el dolor de la reina no conoció límites. Los rumores se avivaron, afirmando que Victoria se había casado en secreto y hasta que le había dado un hijo, versiones que nunca pudieron ser confirmadas.

Durante casi 20 años John Brown había sido su yunta, y Victoria escogió hacerle una estatua con citas del gran bardo inglés Lord Tennyson. Victoria hasta había comenzado a escribir un libro sobre la vida de su criado, pero fueron tantos los gritos de su familia que tuvo que desistir del proyecto. Tras la muerte de Victoria un 22 de enero de 1901, la estatua de John Brown fue evaporada misteriosamente por la familia de la reina. La época marcada por el ascenso del trono de Victoria en 1937 hasta su muerte en 1901 se denomina como época victoriana.

La gazmoñería, prejuicios, racismo e hipocresía alcanzaron niveles inauditos mientras el imperio inglés como vampiro succionaba las riquezas de países como Kenya, la India, y buena parte de Africa. Debajo de una capa supuestamente moralista, la corrupción, perversión, trata de blancas y pobreza roían los huesos de la sociedad inglesa. Hasta se rumoró que el famoso criminal Jack el Destripador era pariente de Victoria, y que por eso nunca lo pudieron pescar.

Victoria no era mala mujer, pero estaba repleta de prejuicios y vanidades pasadas de moda. Como madre, nunca fue muy amorosa con sus cipotes, aunque sí fue generosa ama con sus caballos, perros y gatos, incluyendo una bella gata mechuda White Heather que dormía con ella. Su amor por los animales lo extendió hasta el célebre elefante Jumbo, quien durante su estadía en el zoo inglés recibía whisky y cerveza de parte de Victoria, quien lo visitaba cada vez que podía.

La imagen más conocida de Victoria es la de una vieja fea, tortugona, amargada y vestida de luto eterno, sin embargo,no estuvo al margen del sufrimiento o de la diversión. Le cayó simpatiquísima al pianista y compositor judío alemán Félix Mendelssohn cuando éste se entrevistó con ella en Londres, y a pesar de su aparente puritanismo era buena a la bebida, prefiriendo el whisky destilado en casa.

Su sentido del humor se desbordaba ante el ingenio ajeno: rió de buena gana cuando la morena reina Lilino, en una visita a Londres, le contestó a unas odiosas damas linajudas que si ella como hawaiiana llevaba sangre inglesa era porque uno de sus abuelos se había almorzado a James Cook, no porque una ancestra hubiera tenido el mal tino de acostarse con un inglés. La gula de Victoria la llevó a convertirse en una bola de sebo en su vejez, no obstante, antes de ajarse inspiró pasiones platónicas en personajes como el novelista Carlos Dickens o su propio primer ministro Benjamín Disraeli.

 

Historia: Victoria’s Secret

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