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Una misión noble de Miguel Aragón López Cecilia Ruiz de Ríos
Sin embargo, pocos hemos tomado tiempo y energía para plasmar ese caleidoscopio de memorias en un relato o un testimonio. Uno de los participantes en este gigantesco esfuerzo por democratizar el pan de la enseñanza básica fue Miguel Aragón González, quien ahora habita fuera del país aunque sentimentalmente sigue siendo tan poblador de este país como si nunca se hubiera ido. Una Misión Noble es un testimonio que cayó en mis manos casi por accidente, y al comenzarlo debo confesar que no lo hice con todo el entusiasmo del mundo dado que, a como solía decir Renato Descartes, "los testimonios suelen parecer mellizos anodinos, uno del otro y del siguiente." Con la primera página del texto me di con la piedra en los dientes. No era uno del montón, y el texto de don Miguel era un sabroso menjunje de lenguaje sencillo y ameno con una extraña erudición natural, como cuando menciona a íconos infantiles tan amados como el Rey León y la leyenda norteamericana de Pocahontas. Don Miguel no trata de recitarle la Margarita al propio Darío. No está tratando de deslumbrarnos, sin embargo logra irnos fascinando poco a poco, introduciéndonos por los vericuetos de su relato, que es una experiencia única pero a la vez compartida por miles de nicaragüenses. Nos habla en lenguaje sencillo, pero no por eso menos colorido, sobre experiencias que forman parte del bagaje histórico y cultural, por no decir afectivo, de cualquier nicaragüense que vivió en este país durante los 5 meses de acelerada gestación educacional que fue la Cruzada. Cero palabras rebuscadas, ni términos ambiguos. Sal a la sal, pan al pan y vino al vino. la sinceridad y la autenticidad de los sentimientos palpita en cada palabra que vamos leyendo, con sus anécdotas a veces cómicas otras veces casi inverosímiles, los detalles de las vicisitudes que los brigadistas pasaban en los más recónditos sitios del país, el deseo de participar con curiosidad en las labores agrícolas que para los muchachos de las ciudades consistían en algo fascinante y jamás rutinario. Don Miguel no fabrica tapujos para plasmar los detalles más impactantes en su relato, como cuando al inicio del libro habla de un muerto engavetado y describe las heridas del finado. Al contrario de muchos autores quienes al momento de escribir sus testimonios o novelas se divorcian del lenguaje coloquial con el cual han hablado toda su vida, don Miguel conserva el sabor rico de nuestra lengua nica sin adulterarla, conservando el vos, el ideay y los modismos que nos hace tan únicos a la hora de interpretar el idioma que nos colonizó el habla pero no nuestra idiosincracia. A pesar de evocar una serie de vivencias propias, don Miguel no cae en la trampa sigilosa del sentimentalismo barato o la nostalgia de caramelo gringo. Es una rememoración sincera, genuina pero conmovedora sin proponérselo. Quizás el único "pero" del libro, si es que hemos de buscarle el pelo a este riquísimo potaje testimonial, sea su brevedad. Estamos conscientes que todas las vivencias de la Cruzada darían suficiente material como para doblar el número de páginas de un libro como La Guerra y la Paz de Tolstoi o las Mil y Una Noches en su manuscrito. Pero en el caso de una narrativa tan amena, don Miguel nos deja como un poco sedientos de consumir más testimonios, de evocar tantos sitios recónditos de nuestra geografía que a pesar de encantadores no figuran más que en el mapa de los recuerdos de los que los vieron. Hoy en día, cuando algunos sectores educativos han comenzado a hacer un pavoroso marketing del pan de la enseñanza cual mercenarios del alfabeto y el conocimiento, cuando la escuela se cierra para miles de humildes porque no pueden pagar una matrícula dolarizada, cuando el sueño de la democratización de la enseñanza se aleja más de nuestro triste despertar cotidiano, es refrescante encontrarse un testimonio de lo que fue no un tiempo de rosas-porque espinas las hubo también durante la Cruzada- sino la sencilla cronología viviente de alguien que plasma la experiencia de miles de nicas que alfabetizamos sin esperar paga, de centenares de jóvenes de entonces que nos atrevimos a soñar y realizar el sueño en algo concreto a lo inmediato, y la carrera más sublime que se pudo hacer contra el reloj para lograr que miles por primera vez pudieran escribir sus propios nombres. |
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