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Mirador Semanal En otro aniversario de Alfonso Cortés Manuel Eugarrios
Para algunos amigos, Alfonso es el segundo o tercer poeta nicaragüense más grandes después de Don Rubén Darío, aunque otros lo consideran igual a Darío o mejor que el hijo de Metapa que sí ya nos parece una exageración. En esto de si un poeta es mejor que otro, como se sabe, entran en juego varios elementos, entre los que podrían juzgarse básico dos: el gusto literario es decir lo que llega y toca el sentimiento de cada quien, el lector corriente con capacidad; y la crítica literaria del erudito, del experto, o del que obtiene su sabiduría en alguna Academia. Aún así, siempre son enojosas o al menos irritantes las comparaciones y calificaciones entre dos o más creadores de belleza literaria, pero no hay duda de que una fórmula quizás adecuada es detectar lo que resulta nada difícil el ingrediente de genialidad que sustenta a cualquiera de los creadores que son objeto de comparación. En este caso no cabe la menor duda de que Darío fue un genio, y que además logró su pleno desarrollo, aunque podía dar más antes de su temprana muerte. En lo particular pensamos que Alfonso Cortés también lo fue, solo que su llama de genialidad fue abruptamente interrumpida por la demencia. Correspondería preguntarse hasta qué alturas poéticas hubiera ascendido Alfonso, y qué renovaciones quizás habría logrado si la enfermedad no lo hubiese invadido tan joven. "Un detalle" (y no "Ventana" como atrevidamente lo cambiaron Coronel Urtecho y Cardenal), por ejemplo, no ha sido superado junto con casi todos sus poemas místicos en la lengua castellana a pesar de que han transcurrido varios lustros y décadas después de su muerte. Decimos abuso, por dos razones: porque Alfonso no les dio autorización ("cuyo cambio de título se debió entre nosotros a sugerencia de José Coronel Urtecho", afirma Cardenal en un artículo) para inventar otro nombre a ese grandioso poema; y porque su contenido y su acento profundamente enigmático (siento bullir locos pretextos, que estando aquí, ¡de allá me llaman!), calza mucho mejor con el título que le dio el poeta al escribirlo: Un detalle, detalle en que su anhelo vive en un trozo de azul, y ese terrible desasosiego de saber que estaba aquí, pero que lo llamaban de un mundo alucinado, enajenado, cuyas voces se perdían en el espacio y en el tiempo que lo obsedía. Revisando viejos recortes de periódicos, a propósito, encontré un artículo que publiqué el 8 de Diciembre de 1963 en "Novedades" en ocasión del aniversario luctuoso del poeta Cortés, el cual ahora reproduzgo aquí en la Bolsa a una distancia de treinta y siete años: El Prometeo Nicaragüense Como el personaje mitológico, uno de los más altos poetas de Nicaragua y de extraordinaria significación en Centroamérica, dilata su existencia encadenado a las playas sin ruidos del misterio. Para mientras le llega la hora de ir a acompañar a sus hermanos desaparecidos, que como él fueron en vida locos sublimes, discurre como en un sueño su vida atormentada, en el Asilo de Alienados de esta ciudad. ALFONSO CORTES se llama, y es, junto con Azarías H. Pallais y Salomón de la Selva, legítimo precursor de la nueva poesía nicaragüense. Cortés, no vive en este mundo. Desde que la enfermedad lo señalara, emergió a un universo caótico, de fulgurantes alucinaciones, en el cual se divierte poniendo orden y concierto según lo dicta su desviado cerebro, a través de rudos versos, inverosímiles imágenes y de extraños e insondables pensamientos. El caso de Alfonso es único en América, al menos no sabemos de otro igual, y quizás uno de los pocos que pudieron haber existido en el mundo. Todos los escritores que tuvieron la desgracia de perder el uso de la razón, salieron de esta vida atravesando los umbrales del suicidio, o se perdieron en angustiosos hospitales, cerrando para siempre la ventana de su inspiración. No así, el poeta de "Las Siete Antorchas del Sol". Todavía hoy, después de tantos años de aislarse en la Soledad, su potente mentalidad continúa acariciando la lira con notas ásperas y fuertes. Los poemas de su producción alucinada, son como golpes que se confunden en el vacío, enardecidos de no dar en el blanco. Pero no, y aquí está la obra grandiosa de este maravilloso artista, sus golpes algunas veces, felizmente, dan en el objetivo. Y entonces surgen y se integran al Arte Poético Nacional versos de filigrana y de belleza que confirman su elevada calidad artística. Titánico esfuerzo debe ser el de Alfonso. En medio de su mente extraviada, de multitud de conceptos que le acosan, de visiones que le enferman y hacen gemir su pobre corazón, las alas de su inspiración de altísimo poeta, se salvan de la hoguera neurótica, y la chispa sagrada y genial se transforma en un bello soneto o en una delicada e imaginaria dedicatoria. En su encierro mental y físico, Alfonso sólo tiene una amiga: su guitarra. A la que arranca, cuando el ancestro indiano le bulle en los sentidos, notas de tristeza y de íntimo dolor, que resuenan temblorosas en el ámbito de su alma genial. En fin, el gran poeta no lleva, pudiéramos decir, la vida normal del demente, que entretiene su triste destino cometiendo cosas fuera del juicio y la razón. El se eleva a regiones infinitas, donde lo trascendente, lo cósmico y lo místico reinan, en eterno diálogo con las estrellas. Allí, en la majestuosa libertad de los astros, abre las ventana de su espíritu y recorre triunfal las regiones del inmenso azul. Un día, en la fecha en que su alma entre definitivamente al misterio, las campanas de la gratitud y de la admiración, tendrán que repicar dolorosamente en el corazón de sus compatriotas. No hemos querido referirnos a la obra que rindiera, antes de que el destino lo lanzara a los campos de Montiel de su Poesía. Esa, todos la conocemos. Tan sólo ha sido nuestro deseo, recordar al Alfonso de hoy. |
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