Opinion de hombres
La prolongación de la
juventud
«Ay que la juventud
es rosa que se muere»
LA MADUREZ PLENA DE LA MUJER
El esquema de las edades afecta más profundamente
a las mujeres. Desde el punto de vista biológico se admite que la
mujer es más precoz que el hombre y que su envejecimiento es más
rápido aunque así sea efectivamente, parece problemático
que se trate de un ritmo solo biológico; más bien parece
que se trate de una estructura vital trazada por una situación social
concreta, sin duda fundada en las condiciones biológicas. De hecho,
la niñez se ha prolongado: las muchachas de catorce años,
que en otros tiempos estaban con mucha frecuencia casadas, nos parecen
hoy, salvo excepciones, niñas.
La juventud en cambio, que terminaba poco después
de esa edad hace un siglo, dura increíblemente más -aunque
la expresión disuena por insólita, se oye ahora decir con
perfecta naturalidad «una muchacha de cuarenta años»,
mientras que el oído no protesta pero la intuición sí,
cuando se habla de «anciano de sesenta años». La mujer
ha adquirido hoy también lo que rara vez ha tenido: una madurez
duradera, análoga a la del varón, en la cual se instala y
que tiene una significación de plenitud no de inminente decadencia.
Finalmente, la mujer vive más que el hombre, por término
medio tres o cuatro años más.
Es decir, con todo ello ha cambiado profundamente
el «argumento» de la vida femenina, necesario para sostener
la nueva trayectoria. En muchas sociedades la mujer ha vivido en absoluta
subordinación y dependencia hasta un momento en que ha empezado
a funcionar como mujer; el período de vigencia como tal era en esas
situaciones muy corto, en teoría acaso ocho o diez años,
de hecho mucho menos: el matrimonio temprano .casi siempre con hombres
de mucha edad-, la maternidad inmediata, repetida en intervalos muy próximos,
todo ello imponía una «jubilación» social muy
rápida, acompañada en la mayoría de los casos por
un abandono de la pretensión específicamente femenina y por
la decadencia física. A menudo la mujer quedaba reducida a una fulguración
de tres o cuatro años., desde su aparición en la sociedad
hasta unos meses después del matrimonio. Hay que agregar que durante
largas épocas, sobre todo en algunas sociedad, la maternidad ha
diezmado a las mujeres, por lo menos las ha expuesto a enfermedades y achaques
en edad que hoy consideramos juvenil.
Todo esto afecta a todos los engranajes de la
convivencia. Solo la prolongación de la juventud y la madurez plena
de la mujer puede dar la base real suficiente para el funcionamiento normal
del matrimonio monógamo entre personas de edad próxima, es
decir, en pie de igualdad de nivel. En las sociedades en que la mujer se
agosta pronto, la solución más frecuente es una gran diferencia
de edad entre marido o mujer; pero esto tiene las siguientes consecuencias:
imposibilidad del matrimonio temprano en el varón y, por tanto,
existencia de un largo tiempo de «vida soltero», fuerte subordinación
de la mujer a un marido mucho más viejo y experimentado; falta de
comunidad de «nivel histórico», por pertenecer a diferentes
generaciones; menos probabilidad de la «amistad» inherente
al matrimonio, no sólo por diferencia de edad, sino, sobre todo,
por la falta de maduración independiente de la mujer, cuando pasa
de la infancia al matrimonio sin apenas transición.
Nuestra época está en un extremo
de «duración» de la mujer y de «paralelismo de
edad» entre los sexos; pero sería un error creer que todas
las sociedad anteriores se han ajustado al mismo esquema: las diferencias
son muy importantes, solo una fina mensuración de cada una de las
edades y su articulación entre sí pueden permitir reconstruir
la figura efectiva de laa trayectoria vital. Y es que, como dijo el poeta:
«La hora de la verdad./como no es una hora fija/a veces puede volverse/la
hora de la mentira».
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