Edición Jueves 21 de Diciembre del 2000-ED. N° 2,536 Año XXVI

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Aquel diciembre del setenta y dos

Joaquín Absalón Pastora

El terremoto de diciembre de 1972, engendró a una nueva Managua, si se quiere con formación discolocada y anárquica. A estas alturas algún vidente con proyección de largo metraje, podría divisar las luces del Pénjamo Resistenta a dársenos por entero.

Los fulminantes temblores ocurrieron hace unos veintinueve años y todavía no sentimos a la ciudad vinculada y humana con definición propia y sentido de lo realmente urbano. Lo que vemos son satélites dispersos que impiden "el golpe del calcetín" con la frecuencia señalada por la necesidad y ello porque no hay aceras ni calles, y eso porque evidentemente funciona la pista o la carretera donde el flujo vehícular se alza con intrepidez inaudita. Cómo volver a darle a la silla sus cualidades de mueble exterior, hacia afuera, en el sosiego de la acera, albergando la tertulia familiar. No existe el centro de convergencia donde todo el mundo se dice adiós o simplemente esgrime el saludo gestual. No hay la pausa que permita caminar a pie. El derecho peatonal medra en la nulidad.

Managua está siendo asaltada por la velocidad. Arquitectónicamente se está pareciendo a Miami. Los nicaragüenses regresan con la cultura "miamiense" en el equipaje, en el "modo de ser".

Los nuevos "centros de compras" metidos en la barriga de la gestación ofrecen las líneas de la capital indudable del exilio o el refugio. "Pizza Hut". "Subway", "McDonalds" incubándose gasolineras ampulosas agregando servicios a los rutinarios de darle energía al motor vociferante que arranca raudo y puede actualizar hasta en las lagunas. Y la ciudad? El diseño planificado de la ciudad?

Cuando el centro hacía veces de hojarasca invité a un periodista panameño o recorrerla del Aeropuerto a Xiloá. Después de realizada semejante travesía, el colega pregunto. Y la ciudad donde está? La respuesta fue inmediata; ya la recorrimos. La conclusión no pudo ser otra: Managua no existe.

Debo referirme a los "primeros pasos" dados para "darle forma" a la reactivación de nuestra sísmica capital. Pocos días después del terremoto el formidable optimismo de algún managua hiperactivo puso un rótulo que decía "estamos operando". Apareció en el centro del drama. Al verse el rostro incrustado en la pared con la más apetecible serenidad, innumerables "terremoteados" imitaron la idea y pronto las casas daban la sensación de rescate de la normalidad.

Pero cómo es posible operar entre esencias de escombros y negación de manos activas, cuando apenas se iniciaba el penoso proceso de sacar cadáveres, y todavía estaba fresco el grito aterrorizado, cuando nadie se atrevía a usar las calles destrozadas, excepción hecha de ladrones audaces? Sin embargo, el autor de la venerable muletilla no estaba solo en la chispa de su idea. En cada esquina partida había un "estamos operando".

Creo en el acierto del "letrero". Resultó inspirador y paradojalmente epidémico, pues transmitió el mágico afán de revivir.

Una vez lleno de curiosidad por el término, apuré tragos con uno de los operantes. "Ese rótulo, le dije, es una mentira. Aquí no tenés nada que ofrecer. La tienda se acabó". Y el aludido contestó: Sabés, por qué puse "estamos operando?". Para que se acuerden de mí y quienes me deben sepan que existo", y muestra la cartera de cobro, insinuando la posibilidad heroica de recuperarla en momentos oprimidos por la crisis, aunque sea en abonos de a chelín: aquel nato comerciante, trabajador empedernido, tenía la esperanza de recibir los beneficios de su cartera. Argüía: "Si somos honrados, nos levantamos".

Hermoso el mensaje. Un abrazo mutuo brotó de la deducción. Y parece mentira, "el estamos operando" invitó a las mujeres a tejer, a los restauranteros a quitarle el polvo al menú. Poco a poco en algunos casos con lance de tortuga obligada se abrieron las puertas, se llenaron los vacíos de pulperías, farmacias, tiendas, gasolineras, etc.

El primer vaso público de cerveza post-terremoto me lo tomé en El Trébol, Carretera Norte. Largas filas para gozar una fría de sifón. El Trebol, y no es un comercial, "estaba operando".

Sugería también la posibilidad de un sitio donde se estaba operando (por la vía de la intervención quirúrgica) a los heridos en el terremoto.

La frase "estamos operando" refleja el temple trabajador del nicaragüense y es factor en el engranaje de la nueva Managua. Aquello era micro-biológico, pero en el colmo del entusiasmo; la prisa de volver a la normalidad, era macrocósmica. A veces calza la hipérbole sobre todo cuando es impulsada por las euforias del corazón.

La Cámara de Comercio de Managua puso su rótulo. Me consta, estuve como periodista en algunas de las reuniones, entre el humo y el café. Era de mi incumbencia como director de un medio de comunicación aún ahogado por el silencio.

Los despiertos "se pusieron las pilas" imponiendo sus sistema de goteo perseverante, capaz de formir piedras ocultas.

Cuando las hojas escritas sobre la nueva Managua - insinuándose - dejen de sufrir la distancia de la dispersión y sean sumadas en el libro monolítico, aun no escrito, serán honrados los frutos de la frase.

"Al término de la distancia", era otra notable y continua de la época, lo obligaba a uno a ponerse rápidamente los zapatos y tomar el camino.

Sólo una realidad futura no figuraba en el presupuesto del optimismo: La insurrección, el sismo político. Pasó Atila de nuevo y nada flageló el proceso, aún contadas y sufridas "las vacas flacas".

No duermen por lo tanto las nacientes luces de la nueva Managua. Sigue vigente la clave: "Seguimos operando".

Aquel diciembre del setenta y dos

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