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Manuel Eugarrios Bush o Gore: ¡La misma cosa!
Para nosotros da lo mismo Gore que Bush, quien finalmente y luego de más de un mes de forcejeos legales fue favorecido por la Corte Suprema de Justicia, aunque no lo fue por el voto popular que prefirió al demócrata. En efecto, es ya muy sabido y comprobado que la política exterior de Norteamerica no sufre ningún cambio significativo cuando el ejercicio del poder público pasa de un partido a otro, porque sus intereses estratégicos en el mundo están por encima de los símbolos partidarios. Y aún en la cuestión doméstica las diferencias entre un gobierno demócrata y un republicano, son de matices tanto en lo económico como en lo social y aún político. Lo que los distingue, a lo sumo, es el estilo o el sello personal de cada Presidente, su mayor o menos educación formal, la experiencia política y administrativa, sus pasatiempos. En lo que atañe especialmente a Nicaragua, parece que nos ha ido mejor con los republicanos (si así puede decirse, eufemismos aparte), pues según leí hace rato en algún libro sería en los del legendario Gregorio Selser? la gran mayoría de las intervenciones militares gringas que hemos padecido provinieron de gobiernos demócratas. Tal aserto podría llevar a la ilusión de que los gobiernos republicanos de los Estados Unidos son más tolerantes y respetuosos, pero eso es aparente, ya que ambos partidos han sido y son exactamente iguales en la defensa de los intereses hegemónicos de su Nación. Antes se decía que eran sus intereses imperialistas, al igual que muchas décadas atrás lo fueron Inglaterra, Francia y Alemania, lo cual pareció debilitarse cuando similar factura se descubrió en la misma URSS con la estafa del régimen estalinista, y cuando ya no hay nadie con quién comparar habiendo quedado EE.UU. como única y todopoderosa potencia mundial. Debe recordarse, a propósito, que viejamente y desde el lado de la izquierda se ha sostenido que quienes realmente gobiernan en los EE.UU. son los grandes consorcios transnacionales, independientemente de que estén en el poder demócratas o republicanos, a cuyos presidentes les han dictado órdenes y mandatos inapelables. Se ha escrito, incluso por autores norteamericanos, que detrás de la enorme conspiración que culminó con el brutal magnicidio del presidente Kennedy, estuvieron los industriales del acero coludidos con personajes oficiales de alto y medio nivel. A este respecto, para el contraste resulta oportuno recordar lo que en un sentido absolutamente contrario, afirma el prestigioso politólogo estadounidense Leslie Lipson en su obra "Los Grandes problemas de la política". Aunque no desconoce lo que grandes pensadores han aseverado sobre la concentración del poder en pocas manos (el gobierno de la oligarquía o la ley de hierro de la clase dominante), aparte de otros argumentos, Lipson señala que "en última instancia, si el Estado es lo que son sus funciones, un Gobierno se convierte en lo que sus funcionarios hacen. Es el administrador el que lleva a cabo o echa a perder la política. El poder encuéntrase en las manos de los que ejecutan y hacen cumplir...
Apunta que en tal sentido, el Presidente norteamericano al asumir plenamente las funciones de su cargo deja de ser, en cualquier sentido estrecho o restricto, un jefe ejecutivo. Se convierte, además de ésto, en líder del partido, legislador principal y movilizador general de la opinión pública. "Además del deber histórico de encabezar la rama ejecutiva, el Presidente, por las razones que ya hemos explicado, se ha convertido en Jefe del Partido y en principal legislador. A estos puesto deben añadirse los requisitos ceremoniales y diplomáticas que corresponden al Jefe del Estado, papel que en los Estados Unidos se puede fundir o se funde con el de Jefe de Gobierno. Finalmente, es a la vez el Comandante en Jefe de todas las Fuerzas Armadas y también el órgano principal para llevar a cabo los asuntos exteriores de la Nación." Así, pues, "Jefe del Ejecutivo, legislador principal, líder del partido, cabeza del Estado, Comandante en Jefe y cabeza de las relaciones exteriores, el cargo de Presidente ha recorrido un grandísimo camino, en verdad, desde las simplicidades de la doctrina del siglo XVIII acerca de la separación de poderes..." Desde esa perspectiva, sinceramente no creemos que el sistema político de los EE.UU. haya sufrido cambios tan dramáticos en las pocas décadas (1970-2000) que median entre la obra de Lipson y la actualidad, como para que el Presidente sea un monigote del capitalismo transnacional, a pesar de los espectaculares poderes que desde su cargo ejerce. Ello no significa, por supuesto, que en determinados y específicos casos las transnacionales no ejerzan con éxito una influencia cerca del Presidente que a veces puede ser decisiva, precisamente a través de su partido y de otros grupos de la llamada sociedad civil y, fundamentalmente, con presiones y fuertes cabildeos en el seno del Congreso. Pero de eso, a que el primer magistrado norteamericano sea permanentemente un títere de las super empresas de su capitalismo, parece una acusación política desmedida. |
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