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Llegó el espíritu navideño Silvio Mora
La verdad es que nuestra Navidad no podrá ser nunca una Navidad Alegre mientras no haya pan en la mesa de cada familia. Mientras no haya tortilla en los comales o ya ni siquiera se encienda el fogón. Al acercarse la noche del Niño todos hablamos de paz. Hablamos los periodistas, curas, empresarios, políticos, comerciantes, maestros. Más ese «claro sol que enfoca el villancico no alumbra a todos»... Hay que tener corazón para luchar contra el hambre y la desnudez de tanta gente. Al acercarse el nacimiento de Cristo -para los creyentes- es motivo para tener, por lo menos, compasión de esas mayorías que no tienen esperanzas. Esos que no tienen trabajo, que son atacados por la desnutrición, el cólera y la amargura. Sin embargo, muchos usurpan el grado de cristianos, no siendo más que piadosos falsos y egoístas, incapaces de defenderlos en las alzas en la comida, la luz, agua, transporte... pero los niños, dueños impenitentes de la ilusión, esperan que el Niño Dios les traiga lo mejor. Nuestra evocación a los niños enfermos de la sala general de los hospitales, quienes no podrán poner su amor a algún juguete barato. Nuestra evocación a los viejecitos de caras apacibles que esperan la llegada del Mesías para aliviar sus penas. Nuestra evocación a las desheredadas que en sus ollas de barro no tienen frijoles ni arroz para sus hijos. Nuestra evocación a los miles de desempleados que «muerden el leño»... ojalá que el Niño Jesús el 24 de diciembre -y todos los días- se siente con ellos a comer algún mendrugo. |
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