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¿Somos Torpes Genéticos o por Aprendizaje? Manuel Eugarrios En los últimos tiempos se ha dicho sin ninguna demostración científica que los nicaragüenses nos hemos vuelto dundos, babosos, o al menos torpes. Tal cosa se ha comentado en los círculos sociales y aún en ciertos medios de comunicación que se las dan de serios, así al bolsazo, sin ofrecer las razones, motivos o causas que han provocado un retroceso colectivo tan severo que casi nos ubica entre los retardados mentales, que en buen romance es lo que vienen a significar esos adjetivos de torpes, babosos y dundos. Cada vez que oigo hablar a estos profetas de la involución nacional, me llevo inmediatamente la mano a la cartera (imaginariamente pues no la uso desde hace décadas) para ratificar si soy yo, y si todavía a la altura de mi adultez mayor conservo el poco intelecto que la madre naturaleza tuvo a bien concederme. Y, además, trato de concentrarme lo más que puedo, intentando recordar en qué fecha fue que algún compatriota desalmado, imitando la actitud del fascista universal, decretó la muerte de la inteligencia en Nicaragua. Pero la memoria acude en nuestro auxilio y nos sopla que en efecto, no ha habido nadie que declarara o nos impusiera por ley o decreto el raquitismo mental, a no ser aquellos niños que padeciendo un alto grado de desnutrición crecen con severas lesiones orgánicas y cerebrales, cosa que en todo caso no sería particular de nuestro país, sino que se produce en todas aquellas Naciones azotadas por el hambre y la pobreza extrema. Un poco perplejos, pues, no nos entra eso de que los nicas nos hayamos convertido en dundos, torpes y cuasimongólicos, por arte de birlibirloque, a pesar de contar en el curriculum nacional con inteligencias tan inmensas como Nicarao, Rubén Darío, Sandino, Salomón de la Selva, Alfonso Cortés y Carlos Martínez Rivas, por ejemplo. Si por un instante aceptáramos, por otro lado, que esa desgracia fuera verdad, no se necesitaría de mucho esfuerzo neuronal para darnos cuenta de que la culpa la tienen quienes desde la conquista y la colonización españolas nos construyeron y nos han dirigido y conformado como sociedad. Porque sabido es desde los tiempos remotos, que los que mandan a la tribu tanto enseñan a ser inteligentes como a ser brutos, dependiendo de sus propias luces y de sus intereses de clase. Fácilmente se desprendería, entonces, que los grandes y principalísimos culpables de nuestra torpeza y dundera serían los hijos de la aristocracia criolla, que ayer mandaron y "educaron" a los mozos de sus haciendas y hoy a los obreros de sus fábricas. Y si así hubiera sido la historia, qué haríamos entonces con los derivados de esa aristocracia local como Don Frutos Chamorro, Don Emiliano y el mismísimo Anastasio Somoza García, que hasta se dio el lujo superior en eso a la clase dominante de instaurar en estas tierras silvestres el brillo opaco de una dinastía? Sin más apelaciones que las que nos otorga la historia, es cierto que se nos puede acusar de torpes y de tontos por haber estado sometidos políticamente casi medio siglo, pero el mismo mundo fue testigo que con valentía, con arrojo sin par y precisamente con inteligencia, supimos como pueblo combatir y derrotar espectacularmente a la tiranía más sangrienta y antigua de América Latina. Ya sabemos que en materia social no existen verdades absolutas. Sin embargo, una verdad aproximada, señores profetas, es que los nicaragüenses actuales somos obra de nosotros mismos. Ha sido nuestra propia sociedad la que nos ha parido, no otra. Muy lejos de los atributos que nos vio Pablo Antonio Cuadra, el nica de hoy se ha metido hasta el cuello en el oportunismo, el servilismo, la corrupción, el yoquepierdismo, la simulación, y la doble moral. Con tan bellas prendas el idealismo se ha ido al carajo, y la honestidad (y el heroísmo por supuesto) de los que murieron luchando contra la dictadura de 1950 a 1979, son ahora meras referencias históricas. Decían Don Miguel de Unamuno que en su tiempo a los españoles no les gustaba mandar, sino ocupar el puesto de mando y vivir de él; a los nicas de estos tiempos, en cambio, les gusta el puesto también para vivir de él, naturalmente, pero sobre todo para ejercer la delicia de mandar así sea en el servicio público como en el sector privado. Además de amadores de la fama, que es un apetito nuevo que se nos ha despertado, parece ser que la insociabilidad es uno de nuestros rasgos más característicos: la unidad no se da ni en los partidos, ni en las religiones, ni en los sindicatos, y ni siquiera en los propios hogares. Cada quien se cree el más guapo, el dueño de la verdad, el líder indiscutible. En vez de usar la tolerancia, la sensatez y la ponderación, nos hemos convertido en un pueblo lleno de malicia, inclinado a la sospecha y propenso a la burla al semejante. Y encima de todo eso, nos dominó en las últimas dos décadas un espíritu dual y profundamente polarizante. Y de todo eso, amigos profetas, somos culpables todos, sin excepción. Lo que se impone, pues, es cobrar conciencia de los vicios que padecemos, afanarnos por redimirnos y salvar de nuestros pecados a la futuras generaciones. |
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