Edición Miércoles 01 de Noviembre del 2000-ED. N° 2,501 Año XXVI

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Mirador Semanal

¿Régimen parlamentario o mezcla de sistemas?

Manuel Eugarrios

II parte y final

El citado autor francés André Hauriou afirma en su mencionada obra, que el modelo del sistema parlamentario de gobierno ha fracasado en numerosos países (principalmente en Asia y Africa), por motivos diversos pero muy concretos.

Entre otros, él cita una motivación verdaderamente fundamental como es que la formación de la Nación o identidad nacional en el Tercer Mundo no ha precedido a la instauración del Estado como sucedió en Europa y en todo Occidente.

Tal falla esencial se ha debido a varias causas como obstáculos geográficos, ausencia de parentesco étnico o lingüistico, y el carácter arcaico de la sociedad.

Consecuentemente, el carácter inacabado de la identidad nacional o formación de la Nación, justificada el rechazo en el Tercer Mundo de las instituciones políticas de tipo Occidental, y por ende no puede darse lo que se conoce como la "nacionalización del poder" por la élite gubernamental emergente, que se realiza gracias a la generalización de los derechos políticos y de las libertades públicas que a su vez supone:

a) Que el pueblo adquiera conciencia de ser el propietario original del poder, desee controlar a los gobernantes y tenga los medios para ello.

b) Que los gobernantes acepten esta nacionalización y control de su autoridad.

Sin embargo, como la historia lo atestigua, ése no ha sido el caso en la mayor parte de los países subdesarrollados, que para su organización política copiaron al calco ordenamientos constitucionales (de EE.UU. en el caso de Latinoamérica) que les quedaron demasiado anchos.

Existen además, según el precitado tratadista, otras razones más específicas como las siguientes:

** En el mundo subdesarrollado, el pueblo no posee ni puede adquirir rápidamente la conciencia de ser el propietario original del poder; no tiene el deseo ni los medios para controlar a los gobernantes.

** Los gobernantes no desean someterse a la autoridad de la Nación y están controlados por ella.

** La resistencia de las élites políticas a un control ejercido directamente o indirectamente por el pueblo.

** La dificultad de instaurar de manera eficaz un diálogo entre gobernantes y gobernados.

** El carácter a menudo embrionario del sentido del estado.

** El papel desempeñado por la religión.

A todo ello habría que agregar como resultado directo de esos obstáculos, el estancamiento en el subdesarrollo de estos países y las dificultades que representa para el funcionamiento cabal de la democracia, por cuanto:

1) "La obsesión por el hambre que hay que aplacar es, evidentemente, incompatible con el desarrollo de un mínimo sentido cívico. ¿Cómo interesante por los asuntos del Estado o incluso concebirlos, cuando el problema esencial cotidiano es la misma supervivencia física?

2) La concentración del poder económico-social en manos de una clase minoritaria; las aristocracias terratenientes o ligadas a un capitalismo extranjero en América Latina; el papel político del petróleo en el Oriente Medio..."

Todas esas razones han provocado en el Tercer Mundo el rápido fracaso de los modelos políticos prestados a las antiguas metrópolis.

En efecto, en estos países subdesarrollados en vez de lograr la estilización de la vida política y por tanto estabilidad, lejos del bipartidismo y más aún del pluralismo partidario, lo que se ha conseguido es la creación del "partido dominante, que ocupa la mayor parte del tablero político", como el que imperó hasta hace poco en México.

En suma, apunta Hauriou, "en numerosos países, el fracaso de las instituciones parlamentarias se traduce en dictaduras..." porque el Parlamento es sumiso al Jefe del Estado y las libertades están reducidas...Preceptor de la Nación, inspirador del Partido y tutor de la Asamblea, la amplitud de la autoridad del Presidente hace pensar en el árbol tropical cuya sombra impide la vida a su alrededor".

En pocas palabras, la adopción de determinado sistema político depende de las peculiaridades y características históricas de cada país. No puede ninguna Nación, en efecto, calzarse el traje del régimen político de otros países sin tomar en cuenta sus propias realidades sociológicas y sobre todo sus propias tradiciones en el ámbito público.

Tal cosa sucedería si se decidiera adoptar aquí en términos absolutos el sistema parlamentario al estilo inglés, cuando con esa Nación nos separan abismales diferencias culturas, étnicas y políticas.

Es cierto que tampoco se podría seguir manteniendo en el tiempo de manera indefinida el régimen presidencialista clásico, que según lo evidencia nuestra propia historia ha sido promotor y semillero de caudillos providenciales que degeneraron en la tiranía y la dictadura desde los Chamorro hasta los Somoza, o dado lugar a experiencias de inmadurez y verticalismo.

No puede desconocerse, sin embargo, que las reformas constitucionales de 1995 redujeron en forma sustantiva los exagerados poderes que la Constitución de 1987 concedía al Poder Ejecutivo y se los trasladaron al Parlamento, en tanto las reformas de Enero del 2,000 incrementaron las facultades de la Asamblea Nacional para la elección de connotados funcionarios públicos.

Creemos, entonces, que lo que nos podría convenir a los nicaragüenses es un sistema de gobierno que combine lo mejor de ambos modelos (presidencialismo y parlamentarismo) con la indispensable condición de conservar en su esencia la idiosincracia, las tradiciones y las peculiaridades históricas de nuestro país, y a la vez acceder a la modernidad democrática.

Por supuesto que para ello sería necesario que juristas nacionales emprendieran los estudios del caso, en lo que se refiere al derecho comparado y la experiencia de los dos sistemas políticos a nivel mundial.

No dudamos que esta combinación de los dos sistemas significaría en la práctica contar con un balance del poder político, de frenos y contrapesos para su cabal ejercicio, teniendo en el papel protagónico al Poder Ejecutivo y al Parlamento, y como indispensables complementos de ese poder global a la Corte Suprema de Justicia y al Poder Electoral, la primera para lograr por fin una sana, imparcial y eficiente administración de la justicia y el segundo para garantizar la pureza de la alternabilidad en el poder estatal.

Sin embargo, todo ello implicaría una campaña previa para que la sociedad nicaragüense, principalmente los votantes, pueda acceder y hacer propia una sólida cultura política que una vez resuelto el problema del hambre y la miseria, le permita no sólo elegir acertadamente a sus mandatarios sino entender a conciencia el sistema de gobierno que rige en el país.

Lo que no podríamos permitir jamás —al menos los periodistas— son las exageraciones del Parlamentarismo, como la que figura entre los derechos y privilegios de la Cámara de los Comunes de Gran Bretaña, que consiste en el derecho de hacer comparecer y amonestar a los periodistas por supuestas faltas de respeto a la Cámara, como ocurrió una vez con un redactor del Sunday Express, "culpable" de haber acusado a los diputados de recibir una asignación exagerada de gasolina, según relata Hauriou.

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