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Edición Miércoles 23 de Agosto de 2000-ED. N° 2,453 Año XXVI

op.jpg (8091 bytes)

libro.jpg (33929 bytes)La narrativa de Nicasio Urbina

Alvaro Urtecho

Hombre de dilatados y profundos estudios literarios y lingüísticos, erudito, experto en teoría de la creación literaria, investigador responsable de la literatura nacional y latinoamericana, tal como lo ha demostrado ampliamente en sus estudios sobre Darío, Pablo Antonio Cuadra, Carlos Martínez, Rivas, Sergio Ramírez, Ernesto Sábato o García Márquez, Nicasio Urbina, intelectual de procedencia y estirpe granadina, es también un artista de la palabra, un creador de lenguaje. Aparte de su obra de crítica propia-mente dicha, en la cual sobresale su libro sobre la estructura de la novela nicaragüense, Premio Nacional Rubén Darío en 1995 (otorgado por un jurado integrado por Guillermo Rotschuh, Guillermo Landa y el autor de este artículo), Nicasio Urbina publicó su primer libro de cuentos en 1991, en San José de Costa Rica: El libro de las palabras enajenadas, y en 1995 su poemario Sintaxis de un signo (Editorial Decenio). Toda esta actividad intelectual creadora la ha compaginado con su labor de catedrático de literatura latinoamericana en la Universidad de Tulane de Nueva Orleans y las múltiples conferencias que dicta tanto en Estados Unidos como en la América Hispánica.

Con El ojo del cielo perdido (Anamá Ediciones Centroamericanas, 1999), colección de 16 cuentos, largos y breves, tiernos y complejos, suaves e intrincados, sencillos pero agudos y penetrantes, Urbina conquista un lugar indiscutible en la narrativa nicaragüense, introduciendo elementos que ya estaban presentes en El libro de las palabras enajenadas y en Sintaxis de un signo, interesante poemario centrado en torno a la problemática del exilio interior y exterior, la angustia del hombre moderno inmerso en la urbe fragmentada y difusa, intentando descifrar una identidad perdida, una identidad cuya imagen se escurre siempre en el espejo.

Si para muchos de sus lectores, este poemario pecaba a primera vista de abstracto y especulativo, de demasiada concesión a una estrategia lúdica de la palabra, en los cuentos y relatos de El ojo del cielo perdido estas obsesiones se aclaran en el tiempo y el ritmo holgado y volandero de la escritura narrativa. Quiero decir, se esclarecen, se explayan, se exponen, se desarrollan y encarnan a través de personajes concretos y situaciones vitales específicas, resueltas en una prosa transparente que no da lugar a ningún tipo de barroquismo o de retórica neobarroca o de verbalismo delicuescente.

Blake El ojo del cielo perdido, un título que recuerda inmediatamente a Georges Bataille o a Julio Cortazar, el cronopio argentino con quien nuestro autor tiene más de una afinidad o coincidencia, nos instala, con su variedad temática y su diversidad estilística, que no debe confundirse con el tanteo del novato o el exhibicionista muestrario de técnicas, en un mundo de la intimidad instranferible que se remonta a la era perdida de la infancia, a la reflexión lenta y sosegada sobre el carácter fantástico y absurdo de la realidad vivida, a la comprobación de que la realidad es tan fantástica, misteriosa o mágica como la ficción, y al hecho de que las armas del narrador residen en la misma realidad, en la realidad cotidiana de todos los días.

El cielo perdido no está en otro mundo sino en éste, como diría Paul Eluard y sus amigos surrealistas. El cielo perdido de Nicasio no está en el más allá ni en las representaciones teológicas o religiosas. El cielo, que es la otra cara del infierno, está en la tierra, aquí, entre nosotros, en la propia experiencia, en la forma humana que no pudimos poseer, en el proyecto que nunca pudimos realizar, en la sociedad que nunca pudo ser compartida por el otro o por los otros, en el amor que nunca pudo ser, en la comunicación que devino en incomunicación, en el cielo que devino en infierno, en el triunfo que devino en fracaso, en la gloria del propio fracaso.

A través del ojo (rendija, fisura y pasillos agujero) de ese cielo perdido, Urbina recorre y ausculta los túneles de la incomunicación, el desamparo, la soledad, el tedio, la angustia y el olvido dentro de una estrategia narrativa que tiene como objetivo la búsqueda de la identidad. Identidad ontológica, psicológica y existencial, que difiere cualitativamente de la búsqueda de la identidad implícita en la narrativa nicaragüense que hasta hoy, si no estoy errado, se ha concentrado exclusivamente en la identidad social y en el imaginario colectivo. Los personajes de Urbina son y no son nicaragüenses, son y no son granadinos, el espacio en donde se desarrolla la acción es y no es Nicaragua. Las referencia de lugares y personas son ambiguas y equívocas, lo que contribuye a la atmósfera universal y cosmopolita del relato.

Este sentido dual, real e irreal del tiempo y del espacio, es nuevo en nuestra narrativa y coincide con lo que, con otro estilo y otra estrategia textual, está haciendo Edwin Yllescas con sus libros La vela de los sueños y Teoría del ángel.

En el relato "Cuervos sobre el trigal", uno de los textos más complejos de su libro, se nos presenta el drama del artista incomprendido y alienado en la sociedad moderna. A través de dos planos contrapuestos observamos por un lado la experiencia del escritor aislado y desconocido en una ciudad ignota, y por otro, la angustia de Van Gogh ante la perspectiva del pistoletazo: "No podía ser. Era quizá esto la muerte, era esta insconciencia, este estado pasivo y letárgico que parecía flotar en el tiempo, cercano y lejano de las cosas y del mundo, insensible a los estímulos, al viento, al sol que ilumina la noche, al tiempo que se aleja en una sombra oscura, y que parece regresar lleno de luz y cenizas hasta este atardecer de cantos y poemas, de colores, de suaves murmullos que acariciar, de suspiros que sueñan con la vida".

Esta intensidad lírica y ensoñadora va unida, en los relatos de El ojo.... a la descripción sobria de lugares y personajes en función del clímax y el asombro, pero también en función de las paradojas de la inteligencia y los perso-najes apócrifos como ese supuesto escritor granadino o extranjero afincado en Granada llamado Zacarías Malkiel, de inconfundible factura borgiana. Además las reflexiones sobre la omnipresencia del azar en la vida y la historia personal son de lo mejor del libro, y me refiero concretamente al relato autobiográfico titulado "La muerte y el tranvía", o la protesta irracional y desesperada bajo una dictadura tropical ("El silencio") o la intromisión de una realidad fantasmática en "El corsario" y en "Mariposas de papel". Los bordes del deseo, lo que podríamos llamar la "falta lacaniana" en "Sol de media noche": el acuerdo tácito de amarse en secreto, una pierna que se mueve rozando la entrepierna, un brazo que se apoya en el seno suave y palpitante, la presión de las caderas apoyada en su pelvis"...Los laberintos del amor y la incomunicación, la fidelidad y la infidelidad, el deseo puro y ardiendo experimentado a través de la sociedad de consumo y el fetichismo de la mercancía. Estas y otras visiones y observaciones abundan y oscilan en este libro en donde Nicasio Urbina ha demostrado ser un auténtico explorador de la naturaleza humana y sus múltiples espejos y espejismos.


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