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Edición del Lunes 7 de Agosto de 2000-ED. N° 2,442 Año XXVI

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Pensando en Nicaragua

Ignacio Briones Torres

Emigdio.jpg (31150 bytes)Emigdio Siempre

Como lo hemos venido haciendo en estos últimos años, desde que a Emigdio se le ocurrió no seguir redactando ni editando la BOLSA, seguramente porque sabía que la dejaba en las buenas manos de Elsa y sus hijos, el recién pasado tres de este agosto, día que hubiera cumplido 63 años, fuimos a cantarle Las Mañanitas hasta el Cementerio Oriental donde vive ahora y después nos trasladamos a la casa de Ernesto Aburto y su Auxiliadora a comernos los platos que le eran preferidos y que llegaba a consumir bien seguro que Ernesto y Auxilio son dos anfitriones como pocos en Managua.

Hasta el día del viaje de Emigdio yo conocí sus sueños nocturnos y sus deseos diurnos. Los primeros porque me los contaba las mañanas que nos juntábamos y los segundos porque solíamos discutirlos en los «rondines» que preparaba en busca de donde ir a desayunar, varias veces a la acogedora casa de Ernesto.

Emigdio, en lo fundamental de su personalidad fue, en igual dimensión, un buen amigo y un buen periodista. Estoy seguro que no ha nacido ni nacerá quien pueda refutarme esta afirmación. No una sino varias veces le palpé su concepto de la amistad. Se daba entero tanto en demostrar su afecto como en vaciar los bolsillos para atender el ruego de alguien que le solicitara auxilio económico. Lo vi muchas veces disculpar ofensas y otras tantas actuar con largueza.

Y era también un ser humano valiente, sincero consigo mismo y con los demás. No intentaba quedar bien con nadie; pero se hacía querer y respetar con su proverbial franqueza.

Sus interlocutores podían estar seguros de la honestidad conque exponía sus puntos de vista y, por lo general, terminaban dándole la razón aunque hubiera usado palabras fuertes. Y profesionalmente defendía e imponía su independencia por encima de todo. Y era también un perfeccionista del oficio. Pienso que en este tiempo él sería el mejor crítico de lo que se está haciendo mal, en nuestros periódicos.

En varias ocasiones discutimos sobre las cualidades que distinguen al buen periodista de los otros.

--Fijáte bien que los que más se creen son los que menos valen, me dijo en esa ocasión. Yo le pedí que me ampliara ese concepto.

--Muchos de nosotros, dijo, somos incapaces de admitir que no todas las cosas son lo que parecen. Nos metemos o nos meten un estereotipo en la cabeza y allí lo dejamos alojado sin intentar verificar de donde ni por qué surgió... Y otra cosa, del periodista se apodera el mal de creer que rectificar un error es admitir que no somos responsables. Desconocemos el valor y la necesidad de la autocrítica... Sólo cuando aprendamos a criticarnos como criticamos a los demás es que se empieza a ser buen periodista, pues hasta entonces se nos cae la telaraña de la infabilidad.

Con estos conceptos le propuse que hiciéramos un esbozo del buen periodista. Me los amplió después por escrito y yo le agregué algunos. Pasados varios meses me dijo que era mejor intentar hacer el esbozo del «buen ciudadano» y del «buen nicaragüense», tema que desarrolló en varias ediciones de la BOLSA... Pero no concretamos la primera idea y cuando nos autocriticamos de no hacer lo que decíamos, citó una frase que, según me dijo, se la había oído a don Salvador Cardenal:

--Lo mejor mata lo bueno.

II.- Por bastante tiempo yo me consideré el amigo más cercano de Emigdio. Pero después que se fue me doy cuenta que somos muchos los que podemos atribuirnos esa condición. Y entre esos muchos me doy cuenta también que la condición humana de Emigdio era mucho más superior de lo que yo había valorado. No de otra manera se explica el multitudinario sentimiento de solidaridad expresado cuando se le ocurrió irse. Si recordamos el atestamiento de periodistas que se tomó la sede del Grupo ESE es la mayor que yo he visto desde que ando en estas cosas. Y lo confirmo cada tres de agosto cuando le vamos a cantar Las Mañanitas a la orilla del sitio en donde está y luego nos reunimos en esa especie de sede familiar de la gastronómica criolla que es la casa de los Aburto.

Varios amigos y amigas, colegas unos y unas, así como otras personas que se desempeñan en diferentes profesiones y oficios a quienes no solemos ver en los días corrientes, los encontramos en torno a Emigdio. Nadie lo olvida y cada uno, por lo que nos cuentan, lo tienen presente, siempre.

Este encuentro en torno a Emigdio tiene una simbología que no quiero dejar en el aire: su recuerdo y el cariño no disminuyen, más bien nos hace olvidar diferencias y hasta posiciones encontradas que se pueden tener entre sí. Lo palpé una vez más este agosto tres, en la primera serenata de este siglo que le |llevamos a Emigdio. Vi reconciliarse a varios y varias amigas que con anterioridad me habían dicho estar disgustados o disgustadas entre sí.

A varias y varios los vi abrazarse como si no hubieran existido diferencias mutuas. El sol de Emigdio ilumina también reconciliaciones por lo visto. O sea que sigue siendo factor de amistad.

III.- Esta constatación me lleva a recordar una de las tantas anécdotas de Emigdio en el terreno de la amistad. Allá por 1959 Laszló Pataky me había distanciado de otro ciudadano, árabe, de mucho valor intelectual. Se llamaba don Constantino Wagui y si no me confundo era representante del gobierno del presidente egipcio Nasser. Don Constantino fundó el Instituto Hispano Arabe de Nicaragua y conjuntamente con Emigdio planificaron la dotación de bibliotecas a las ciudades que no la tenía.

En los primeros meses de ese año Emigdio escribía una columna en mi periódico IMPACTO. Y había convencido a don Constantino para que dotara de una biblioteca a su Boaco natal. Don Constantino acogió con el entusiasmo que le era característico la idea... y la biblioteca se fundó aquel mismo año.

Emigdio escribió la crónica de la fundación, con una precisión del hecho y su trascendencia cultural. Bajo el título de «Valioso Donativo», me trajo la columna y me dijo que don Constantino me enviaba saludes lamentando que yo hubiera atendido la sugerencia de Pataky para no asistir al acto.

--Le prometí que IMPACTO publicaría la crónica, me dijo, y estoy seguro que no te vas a oponer en primer lugar porque es mi personal testimonio.

Lógicamente se publicó la crónica tal como Emigdio la escribió. Pero por su advertencia la leí con mayor atención que el resto de material de ese día. Era una crónica que en cualquier redacción podría ser calificada de excelente. No perdió ningún detalle y valoraba la trascendencia del hecho, su significado que es lo más importante en toda crónica. Y a la precisión le agregaba su capacidad de síntesis que posteriormente lo llevó a fundar la BOLSA.

Me encontré esa crónica reproducida posteriormente en la revista «Raza y Espíritu», órgano del Instituto que don Constantino dirigía. Y la guardé hasta el día de hoy interesado como estoy en recopilar la obra de Emigdio para publicarla en cuanto se presente la ocasión.

El Patrón era un extraordinario cronista. Un periodista que muy bien puede ser calificado como el mejor de su tiempo. Esta crónica a la que me refiero es una cátedra de buen periodismo. Reflejo de la excelencia con que Emigdio practicó la profesión. Pienso que por esto también es que no se olvidará nunca.


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