| Opinión Breve
perfil de un nicaragüense notable "Roberto Lacayo Fiallos in memorian"
Ignacio
Briones Torres*
A mediados de 1955 empecé
a relacionarme con el Ingeniero Roberto Lacayo Fiallos. Me lo presentó el también
Ingeniero Luis Cardenal.
Para ese entonces, en
Managua y pienso que en toda Nicaragua, se hablaba mucho de la fatiga existente en la
sociedad nicaragüense respecto al continuismo de la familia Somoza en el poder. La firma
Lacayo Fiallos prevalecía en el mundo empresarial y don Roberto como solíamos llamarlo
era el líder de no pocos colegas suyos en ese terreno.
Si me apreciación es
correcta la década de los 50-60 fue de mucho empuje en el campo económico. El «boom»
algodonero estaba en su apogeo y uno miraba el progreso con mucha satisfacción. Sólo en
el terreno político la inconformidad tradicional contrastaba con el desarrollo. No
obstante era evidente que el país avanzaba y hasta muchos cambiaron sus actividades para
dedicarse a la siembra del que llamábamos oro blanco.
Este fue el primer tema
sobre el que conversamos con don Roberto.
Sonriente siempre,
afectuoso siempre, caballeroso siempre, desbordaba simpatía. Dicho en pocas palabras le
caía bien a toda la gente. Dios lo había dotado del virtuosismo de la franqueza y la
campechanería. Su trato era cálido y la mayoría de las veces hasta cariñoso. Tenía un
don de gentes muy especial y se abría a la amistad lo mismo con personas de su clase como
con el compatriota humilde.
Esta fue la primera imagen
que me formé de él cuando me lo presentó Cardenal, quien ya para entonces no perdía
ocasión para hablar de la necesidad de luchar para que «el estado de cosas imperante en
el país», cambiara.
Nosotros habíamos asumido
la Jefatura de la Redacción del diario FLECHA, para aquel tiempo el de mayor
circulación. Para hablar de la producción algodonera le pedí una entrevista a don
Roberto. Entonces me dijo que el gran auge algodonero sólo podía ser temporal si no se
ponía atención a la recuperación de las tierras (occidente principalmente) que
amenazaban con quedar exhaustas. Era necesario y urgente, me dijo, que se levantaran
cortinas protectoras término que francamente no le entendí muy bien pero que lo
transcribí textualmente.
Sólo unos días después
eso de las cortinas protectoras se volvió popular y no sólo eso sino que todos
(algodoneros o no) estaban de acuerdo con la observación del Ingeniero Lacayo.
En una segunda
conversación me amplió su observación:
--Todo mundo está feliz
con las ganancias que están teniendo con el algodón; pero con el tiempo todos van a
lamentar que la zona más fértil del país deje de serlo, me dijo. Y dejó de serlo
realmente. Su previsión, con los años, resultó poco menos que una profecía.
II
En el campo laboral
descollaba el Sindicato de Carpinteros, Albañiles y Similares (SCAAS) que asumo ha sido
la organización sindical más fuerte y beneficiosa para sus afiliados en aquella época y
después, hasta 1979.
El liderazgo empresarial
de don Roberto se hacía cada vez más evidente.
Y su capacidad de negociar
también. La demostró cuando se desató una huelga y muchas construcciones se pararon.
Los trabajadores
demandaban ajustes salariales y no pocos constructores se oponían. En el lado
gubernamental descollaba el dirigente Roberto González y en las filas consideradas
opositoras Domingo Vargas y Alejandro Solórzano.
Los trabajadores estaban
asesorados por el Dr. Juan Agustín González que dio la vida en defensa de la clase
laboral. Un hombre entregado por entero a los obreros. Inteligente también. Una tarde en
las oficinas del SCAAS, Juan Agustín planteó que los dirigentes obreros debían
conversar con don Roberto seguro de que se hallaría una solución al que nosotros
denominábamos conflicto obrero patronal.
Se fueron a hablar con don
Roberto y la huelga se solucionó para satisfacción de todos.
En la pared de su oficina
don Roberto tenía un cuadrito con la célebre oración de San Francisco («donde haya
odio, ponga yo Amor,...etc.) del que creo era muy devoto. Juan Agustín nos diría
después que desde el momento en que él vio esa Oración supo que con don Roberto «todo
se podía arreglar». De esta forma conjugó en su persona un liderazgo entre la patronal
conjuntamente con la laboral.
Tiempo después, los
periodistas confirmaríamos la capacidad de don Roberto cuando se tenía que ir a
negociaciones. El hombre poseía un sentido de la ecuanimidad que le daba un rasgo muy
particular con respecto a otros patronos.
Este quedó confirmado de
nuevo la noche en que en la Cámara de Comercio e Industria (entonces eran una sola) se
decidió plantear 16 ó 17 puntos a don Luis Somoza, dándole un plazo perenterio, para
que resolvieran diferentes demandas que se le hacían al gobierno.
Se dispuso enviar al
Presidente un telegrama 22. Don Roberto lo llevó al correo, (TELCOR central ahora) que
quedaba a una cuadra del edificio de la Cámara. Cuando venía de vuelta ya la GN rodeaba
el edificio. Don Roberto cruzó entre una fila de uniformados y regresó al local. Con
todo y su jovialidad imponía un respeto impresionante. Ninguno de nosotros ignoraba que
la orden presidencial era capturar a todos los participantes de la explosiva sesión. El
Teniente Nicolás Valle Salinas estaba apostado en la esquina oriental de la Cámara y
mandó a llamar a Roberto González, indicándole que todos los dirigentes obreros se
fueran del local, «pues todos los demás burgueses serían capturados». González
volvió entonces a la Cámara y llamó a don Roberto, invitándolo a que se fuera con
ellos para que evitara caer prisionero. Don Roberto agradeció el gesto; pero
enfáticamente dijo que se quedaría con todos los demás participantes en la sesión. El
no aceptaba privilegios de ninguna clase.
El cerco policial duró
toda la noche. «Yipones» de la GN se agregaron al cerco dando una y otra vez vueltas a
la manzana. Era evidente que había órdenes de capturar a cuantos estaban en el local.
Nos pidió a varios periodistas que transmitiéramos la noticia del cerco policial
telefónicamente, pero arengó a su vez al auditorio para que «nadie se fuera». Y no se
fueron. La mañana siguiente coincidió con la invasión aérea de Pedro Joaquín Chamorro
y Luis Cardenal trascendida a la historia como la Invasión de Mollejonse y Olama.
Ciertamente como se
esperaba los soldados cayeron sobre los empresarios e industriales y la mayoría, sino
todo, fueron capturados.
Hasta FLECHA don Roberto,
no se ahora si desde la cárcel o desde otro sitio, nos hizo llegar una esquela. «Si los
censuran, hagan hojas suelas» denunciando este atropello. Después hablaremos. «Digan la
verdad y sólo la verdad».
Los dirigentes obreros que
no habían sido capturados nos visitaron en el periódico. La mayoría eran somocistas;
pero respetaban y admiraban a don Roberto. En consecuencia teníamos que dejar testimonio
de que en su telegrama a Luis Somoza había expresado el sentir tanto de los empresarios
como de los trabajadores. En otras palabras le daban su pleno respaldo.
III
Pasó el Estado de
Sitio que duró de mayo a diciembre. La Invasión había fracasado por una serie de
circunstancias que luego se publicitaron ampliamente. Don Roberto anduvo entonces de
redacción en redacción instándonos a defender a los muchachos combatientes de Pedro y a
Pedro mismo. Nos decía que era un deber demandado por Nicaragua. Se volvió un activista
incansable en la defensa de los muchachos presos. Nosotros no sabíamos distinguir de
donde sacaba tanto tiempo para ir y venir constantemente de un lado a otro en la tarea que
se había impuesto, cumpliendo al mismo tiempo sus muchas obligaciones.
Una mañana, sin ocultar
su indignación, nos dijo que en el Club Terraza un grupo de viejos conservadores estaban
negociando la libertad de los presos de Mollejones y Olama con los hermanos Somoza. ¡Eso
no puede ser, decía. Estoy seguro que ni Pedro ni Luis ninguno de ellos ha sido
consultado. No lo aceptarían!. Y no hubo negociación. Pero hubo Consejo de Guerra contra
los prisioneros. Don Roberto entonces nos vinculó con todos los abogados defensores,
entre otros el Dr. Carlos Cuadra Pasos, Eduardo Conrado Vado y Enoc Aguado. Nuestras
crónicas pasaban, por nuestra soberana voluntad, primero a las manos de don Roberto y
este de acuerdo con los abogados les hacía algunas correcciones, sobre todo de orden
jurídico. E insistía: «digan la verdad, sólo la verdad». Estoy seguro que esa fue la
gran consigna de su vida y la causa fundamental de su prestigio. La herencia que jamás se
agota, no sólo para sus familiares sino para todos.
IV
El recién pasado 8 de
julio se cumplieron 25 años del fallecimiento de don Roberto. Y estas líneas sirven para
demostrar que su recuerdo permanece y que ejemplo perdura en nuestras memorias. Fue un
ciudadano ejemplar, de esos que ahora constatamos sólo nos quedan unos pocos.
* Autor: Miembro de la
Academia de Geografía e Historia de Nicaragua
|