Bolsa de Noticias

Edición del Lunes 10 de Julio de 2000-ED. N° 2424 Año XXVI

Opinión

Breve perfil de un nicaragüense notable "Roberto Lacayo Fiallos in memorian"

Ignacio Briones Torres*

A mediados de 1955 empecé a relacionarme con el Ingeniero Roberto Lacayo Fiallos. Me lo presentó el también Ingeniero Luis Cardenal.

Para ese entonces, en Managua y pienso que en toda Nicaragua, se hablaba mucho de la fatiga existente en la sociedad nicaragüense respecto al continuismo de la familia Somoza en el poder. La firma Lacayo Fiallos prevalecía en el mundo empresarial y don Roberto como solíamos llamarlo era el líder de no pocos colegas suyos en ese terreno.

Si me apreciación es correcta la década de los 50-60 fue de mucho empuje en el campo económico. El «boom» algodonero estaba en su apogeo y uno miraba el progreso con mucha satisfacción. Sólo en el terreno político la inconformidad tradicional contrastaba con el desarrollo. No obstante era evidente que el país avanzaba y hasta muchos cambiaron sus actividades para dedicarse a la siembra del que llamábamos oro blanco.

Este fue el primer tema sobre el que conversamos con don Roberto.

Sonriente siempre, afectuoso siempre, caballeroso siempre, desbordaba simpatía. Dicho en pocas palabras le caía bien a toda la gente. Dios lo había dotado del virtuosismo de la franqueza y la campechanería. Su trato era cálido y la mayoría de las veces hasta cariñoso. Tenía un don de gentes muy especial y se abría a la amistad lo mismo con personas de su clase como con el compatriota humilde.

Esta fue la primera imagen que me formé de él cuando me lo presentó Cardenal, quien ya para entonces no perdía ocasión para hablar de la necesidad de luchar para que «el estado de cosas imperante en el país», cambiara.

Nosotros habíamos asumido la Jefatura de la Redacción del diario FLECHA, para aquel tiempo el de mayor circulación. Para hablar de la producción algodonera le pedí una entrevista a don Roberto. Entonces me dijo que el gran auge algodonero sólo podía ser temporal si no se ponía atención a la recuperación de las tierras (occidente principalmente) que amenazaban con quedar exhaustas. Era necesario y urgente, me dijo, que se levantaran cortinas protectoras término que francamente no le entendí muy bien pero que lo transcribí textualmente.

Sólo unos días después eso de las cortinas protectoras se volvió popular y no sólo eso sino que todos (algodoneros o no) estaban de acuerdo con la observación del Ingeniero Lacayo.

En una segunda conversación me amplió su observación:

--Todo mundo está feliz con las ganancias que están teniendo con el algodón; pero con el tiempo todos van a lamentar que la zona más fértil del país deje de serlo, me dijo. Y dejó de serlo realmente. Su previsión, con los años, resultó poco menos que una profecía.

II

En el campo laboral descollaba el Sindicato de Carpinteros, Albañiles y Similares (SCAAS) que asumo ha sido la organización sindical más fuerte y beneficiosa para sus afiliados en aquella época y después, hasta 1979.

El liderazgo empresarial de don Roberto se hacía cada vez más evidente.

Y su capacidad de negociar también. La demostró cuando se desató una huelga y muchas construcciones se pararon.

Los trabajadores demandaban ajustes salariales y no pocos constructores se oponían. En el lado gubernamental descollaba el dirigente Roberto González y en las filas consideradas opositoras Domingo Vargas y Alejandro Solórzano.

Los trabajadores estaban asesorados por el Dr. Juan Agustín González que dio la vida en defensa de la clase laboral. Un hombre entregado por entero a los obreros. Inteligente también. Una tarde en las oficinas del SCAAS, Juan Agustín planteó que los dirigentes obreros debían conversar con don Roberto seguro de que se hallaría una solución al que nosotros denominábamos conflicto obrero patronal.

Se fueron a hablar con don Roberto y la huelga se solucionó para satisfacción de todos.

En la pared de su oficina don Roberto tenía un cuadrito con la célebre oración de San Francisco («donde haya odio, ponga yo Amor,...etc.) del que creo era muy devoto. Juan Agustín nos diría después que desde el momento en que él vio esa Oración supo que con don Roberto «todo se podía arreglar». De esta forma conjugó en su persona un liderazgo entre la patronal conjuntamente con la laboral.

Tiempo después, los periodistas confirmaríamos la capacidad de don Roberto cuando se tenía que ir a negociaciones. El hombre poseía un sentido de la ecuanimidad que le daba un rasgo muy particular con respecto a otros patronos.

Este quedó confirmado de nuevo la noche en que en la Cámara de Comercio e Industria (entonces eran una sola) se decidió plantear 16 ó 17 puntos a don Luis Somoza, dándole un plazo perenterio, para que resolvieran diferentes demandas que se le hacían al gobierno.

Se dispuso enviar al Presidente un telegrama 22. Don Roberto lo llevó al correo, (TELCOR central ahora) que quedaba a una cuadra del edificio de la Cámara. Cuando venía de vuelta ya la GN rodeaba el edificio. Don Roberto cruzó entre una fila de uniformados y regresó al local. Con todo y su jovialidad imponía un respeto impresionante. Ninguno de nosotros ignoraba que la orden presidencial era capturar a todos los participantes de la explosiva sesión. El Teniente Nicolás Valle Salinas estaba apostado en la esquina oriental de la Cámara y mandó a llamar a Roberto González, indicándole que todos los dirigentes obreros se fueran del local, «pues todos los demás burgueses serían capturados». González volvió entonces a la Cámara y llamó a don Roberto, invitándolo a que se fuera con ellos para que evitara caer prisionero. Don Roberto agradeció el gesto; pero enfáticamente dijo que se quedaría con todos los demás participantes en la sesión. El no aceptaba privilegios de ninguna clase.

El cerco policial duró toda la noche. «Yipones» de la GN se agregaron al cerco dando una y otra vez vueltas a la manzana. Era evidente que había órdenes de capturar a cuantos estaban en el local. Nos pidió a varios periodistas que transmitiéramos la noticia del cerco policial telefónicamente, pero arengó a su vez al auditorio para que «nadie se fuera». Y no se fueron. La mañana siguiente coincidió con la invasión aérea de Pedro Joaquín Chamorro y Luis Cardenal trascendida a la historia como la Invasión de Mollejonse y Olama.

Ciertamente como se esperaba los soldados cayeron sobre los empresarios e industriales y la mayoría, sino todo, fueron capturados.

Hasta FLECHA don Roberto, no se ahora si desde la cárcel o desde otro sitio, nos hizo llegar una esquela. «Si los censuran, hagan hojas suelas» denunciando este atropello. Después hablaremos. «Digan la verdad y sólo la verdad».

Los dirigentes obreros que no habían sido capturados nos visitaron en el periódico. La mayoría eran somocistas; pero respetaban y admiraban a don Roberto. En consecuencia teníamos que dejar testimonio de que en su telegrama a Luis Somoza había expresado el sentir tanto de los empresarios como de los trabajadores. En otras palabras le daban su pleno respaldo.

III

Pasó el Estado de Sitio que duró de mayo a diciembre. La Invasión había fracasado por una serie de circunstancias que luego se publicitaron ampliamente. Don Roberto anduvo entonces de redacción en redacción instándonos a defender a los muchachos combatientes de Pedro y a Pedro mismo. Nos decía que era un deber demandado por Nicaragua. Se volvió un activista incansable en la defensa de los muchachos presos. Nosotros no sabíamos distinguir de donde sacaba tanto tiempo para ir y venir constantemente de un lado a otro en la tarea que se había impuesto, cumpliendo al mismo tiempo sus muchas obligaciones.

Una mañana, sin ocultar su indignación, nos dijo que en el Club Terraza un grupo de viejos conservadores estaban negociando la libertad de los presos de Mollejones y Olama con los hermanos Somoza. ¡Eso no puede ser, decía. Estoy seguro que ni Pedro ni Luis ninguno de ellos ha sido consultado. No lo aceptarían!. Y no hubo negociación. Pero hubo Consejo de Guerra contra los prisioneros. Don Roberto entonces nos vinculó con todos los abogados defensores, entre otros el Dr. Carlos Cuadra Pasos, Eduardo Conrado Vado y Enoc Aguado. Nuestras crónicas pasaban, por nuestra soberana voluntad, primero a las manos de don Roberto y este de acuerdo con los abogados les hacía algunas correcciones, sobre todo de orden jurídico. E insistía: «digan la verdad, sólo la verdad». Estoy seguro que esa fue la gran consigna de su vida y la causa fundamental de su prestigio. La herencia que jamás se agota, no sólo para sus familiares sino para todos.

IV

El recién pasado 8 de julio se cumplieron 25 años del fallecimiento de don Roberto. Y estas líneas sirven para demostrar que su recuerdo permanece y que ejemplo perdura en nuestras memorias. Fue un ciudadano ejemplar, de esos que ahora constatamos sólo nos quedan unos pocos.

* Autor: Miembro de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua


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