KIM II ZUNG
Joquín Absalon Pastora
Conocí
personalmente a Kim II Zung. Lo saludé como invitado especial de la Academia de Ciencias
de la República Popular Democrática de Corea, en el Palacio de Mármol de la Opera, la
noche del 15 de abril 1985 en ocasión de la celebración del setenta y cinco aniversario
de su vida.
Viajamos por tercera vez al lejano
oriente. Nuestros pasos antipodales se han detenido en China y el Japón.
Llegamos a Corea Con los ojos
desmesuradamente abiertos para palpar el reverdecimiento de la naturaleza en primavera. El
florecimiento de las azaleas y de los galantos. El gozo de los colores, el
languidecimiento de la incómoda glacialidad.
El gigantesco palacio abrazado por
la larga faja de agua del río Dedong, capacitado para alojar a seis mil personas, estaba
antiborrado de gente. El saludo fue efímero. Sólo preguntó por la revolución.
Resultaba impresionante, un hecho
inolvidable, la vivacidad homogénea de la concurrencia, la cual como si fuese ensayada
con disciplina previa, cantaba y gritaba "larga vida, larga vida al gran
líder". Aquello parecía un ateneo múltiple, júbilo con alientos de exaltación
diseñado para glorificar a quien siempre se tuvo como "El Dios viviente".
Quién iba a sospechar que la
alegría de aquella noche, entre tambores, y voces de soprano y tenores, se iba a evaporar
siete años después. 1987 fue el primer año celebrado sin presencia por las calles de
Pyongyang. Las fiestas cumpleañeras de Kim II Zung eran tan copiosas que llegaban a durar
un mes saturado de insaciable fosforescencia. Mes de luces, de "raíces de la
vida", de madera pulida, de sensacional cita con la cadencia.
Fuimos testigos estupefactos de la
efemérides.
Nos parecía que era la república
personificada la dueña absoluta del cumpleaños.
Suponíamos: Si así están tan
alegres con motivo del natalicio, cómo será cuando se muera este hombre. Sólo cabía
calcular "La otra cara de la moneda". La alegría padeciendo transformación. La
mueca de jolgorio, radicalmente convertida en la mueca del dolor.
Los extremos están concebidos así:
Luego de saludarle, un funcionario de la Academia de Ciencias, profesor de historia, nos
dijo con toda la seriedad del caso y no sufriendo ultraje el signo erudito de su frente:
"usted es un privilegiado. Yo como coreano nunca he podido darle la mano al gran
líder. Usted como extranjero lo logró.
Deme usted la mano para que me
transmita la sabiduría que usted consiguió". Lo complacimos. Lo saludamos con los
dedos untados de la hipotética magia.
Confesando mis creencias liberales
escribí un libro de 197 páginas, impreso en los talleres gráficos de la Editorial Ital
del Perú.
En la página 147 declaro mi
admiración por la libertad y mi inclusión dentro del Partido Liberal Independiente; lo
dije en el monte Miojiang en la cascada Riong-Yon con altura de ochenta y ocho metros
entre perlas dispersas y nubes de agua, cascadas adecuadas para las hadas.
Hice todo lo posible por no incurrir
en el servilismo y tratar en el breve período de un mes la realidad coreana no vista en
el espejo de líder sino en la deducción personal auténtica. "Sin tapujos".
Difícil de conseguirlo en lapso tan
escuálido. Ahí está reflejada la sensación de un viajero que bebió aguas
incorruptibles de Miojiang.
Si Adán hubiese apelado al exilio,
se hubiera refugiado en esas celebridades donde caen gotas de las cascadas como ríos con
pulmón de bronce, estrépito que calla cualquier otro rumor del bosque en el monumento a
la idea zuche, en el palacio subterráneo, en el paralelo 38, en la mesa de negociaciones
de Pannunjon. Fuimos testigos de la tragedia de la piel impactada por tatuaje.
Adonde íbamos siempre se nos decía
que toda esa obra creada se debía única y exclusivamente al "Gran Líder".
Para dicha o para infortunio de los
coreanos del norte, su líder no sufrió la pena de los dioses proclamada por Rubén.
Murió!
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