FUJIMORI
CONTRA LA HISTORIA
Denis García Salinas
Alberto
Fujimori perdió la perspectiva histórica y cayó bajo la tentación del poder absoluto,
de la dictadura. Igual que todo hombre oscuro que cuando llega a la presidencial ya no
quiere desocupar la silla. En casi todos los seres humanos pervive ese virus maldito del
tirano. De la criatura posesiva hasta la obsesión. Muchos que no llegan a la dimensión
de dictador, cuando saborean el poder quieren volver al gobierno, inventando miles de
excusa, blandiendo la bandera de la democracia, forjando las más extrañas alianzas y
masticando plegarias y salmos de la revolución de la honradez y otra serie de disparates
que los electores siempre creen ciegamente.
Hace días volví a escuchar de un
médico político que decía que él se iba a sacrificar con postularse a la candidatura
presidencial. Igualmente esas mismas frases las pronunciaron la mayoría de funcionarios
del Gobierno de doña Violeta Barrios de Chamorro. Algunos de ellos decían que habían
dejado altos cargos en universidades, bancos y organismos internacionales en Estados
Unidos para "sacrificarse" por Nicaragua. Desde cuando el poder es un
martirilogio.
Eso mismo ocurrió con Alberto
Fujimori, el "chinito", que salió de la oscuridad de una universidad de Lima
para postularse como candidato por Cambio 90. Al igual que los políticos criollos y los
empresarios de la época de Chamorro, Fujimori siempre ha dicho que él está dispuesto a
seguir sacrificando dizque por bien del pueblo. En 1990 ganó las elecciones al soberbio
escritor Mario Vargas Llosas. Este no soportó la humillación y abandonó, como mal
perdedor, el Perú y cruzó el Atlántico. Quería olvidar su vergonzosa derrota ante un
advenedizo y descolorido amarillo Fujimori.
No le bastó huir a España, sino
que consiguió la ciudadanía española. Mientras, el desconocido "chinito" se
acomodaba en el poder en ese Perú profundo. Nada más llegar a la presidencia, Fujimori
desató la más encarnizada lucha contra la organización guerrillera más poderosa de
América Latina: Sendero Luminoso. En poco tiempo, el ejército desbarató y desarticuló
a ese grupo armado. Los actos terroristas cesaron en El Perú. El principal jefe
guerrillero Abimael Guzmán cayó en poder de las autoridades y encerrado en una cárcel
de máxima seguridad.
Cuando fue presentado ante los
periodistas apareció como un animal: en una jaula metálica. La lucha contra Sendero
Luminoso fue una de sus principales cartas de presentación. Fujimori atacó a otro
monstruo que consume la vida de los peruanos: la inflación. Su política neoliberal
causó el aplauso de Estados Unidos y el "chinito" restableció sus relaciones
con los organismos financieros, luego que Allan García, huído en Santa Fé de Bogotá,
se negara a pagar la deuda externa. Todo iba bien para Fujimori cuando asombró al mundo:
disolvió el Congreso y junto con el ejército dio un autogolpe.
Domesticó seguidamente a muchos
medios de comunicación y, en particular, la televisión, ese poderoso medio que en
América Latina es fácil de manipular a su antojo. La prensa escrita se convirtió en la
oposición. Posteriormente, Fujimori ganó las elecciones al ex secretario general de la
ONU, Javier Pérez de Cuellar. La presencia del cholo Toledo fue prácticamente apagada.
Fujimori había ganado su reelección. El tiempo y los desmanes cometidos por el
"chinito" comenzaron a minar su antigua popularidad.
Hasta Estados Unidos estaba ya
cansado de ese engendro. Atrás había quedado aquel asalto espectacular a la residencia
del embajador de Japón, donde tropas de asaltos, rescataron en medio de bombas y disparos
a los rehenes que mantenían un grupo de guerrilleros. Aún recuerdo las tapas de las
revistas extranjeras con un Fujimori con su chaleco antibala y blandiendo una arma,
sonriendo a los periodistas tras el golpe al grupo armado. Hoy, Fujimori es una triste
figura. Remendó la Constitución y se postuló por un nuevo periodo. Esta vez, sin
embargo, la figura diminuta en términos de popularidad del cholo Toledo se había crecido
inusitadamente.
Fujimori, como todo aprendiz de
dictador, ya no escuchó las prédicas del pueblo, que decía basta. El
"chinito", sin embargo, no le importó las enseñanzas de la Historia y desafió
el veredicto del pueblo. Fujimori sólo escucha las palabras almibaradas de sus allegados
y "consejeros". Cree estar en lo correcto cuando en verdad su tiempo ya ha
terminado. Tendió nuevamente su cerco para ganar unas íngrimas elecciones en Perú.
Toledo abandonó la carrera electoral, y Washington mostró su enojo con Fujimori. Este ya
no es fiable para los planes de Estados Unidos en la región.
Perú se convierte en una bomba de
tiempo con su reelección. El capital se ha puesto nervioso y desde Washington alguien ha
rumorado de una intervención para desalojar a Fujimori. El chinito dictador perdió la
oportunidad de entrar en la Historia de ese país como el hombre que enderezó una nación
postrada por la ruina económica, el narcotráfico y el terrorismo. El debió de haber
desistido de su segunda reelección y esperar un mejor tiempo para volver. Sin embargo, la
codicia y la ambición del poder dictatorial pudieron más que aquel sueño democrático
que dicen luchar los hombres "sacrificados". Fujimori, más envejecido, quiso
navegar contra la Historia.
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