JOSE
ORTEGA CHAMORRO |
(Primera entrega) |
| POR: JOAQUIN ABSALON PASTORA |
José Ortega Chamorro recibe un
reconocimiento de parte de Manuel Arana Valle
Estamos de duelo, llevados por la
ansiedad inaudita de hacer revisión del tiempo. No es posible lograrlo. Es antojo
fallido. Quimera. Obsesión otoñal. Vamos sobre la pista sin la opción de retroceder ni
con el uso de los ojos porque la espalda no los tiene.
Pero uno puede ver con ilusión
figurativa, con el rodaje de la imaginación bullendo en el universo de la memoria.
Estamos de duelo por la muerte de
José Ortega Chamorro. Leyendo el Matinal de veinte años de edad "El Nuevo
Diario" me encontré con la nota fúnebre llena de la existencia de la época narrada
por Rodolfo Tapia Molina testimonio viviente laureado por la decanatura del Periodismo
Radial Nicaragüense. La noticia quebrantó la tertulia mojada de mis sábados y quise
asistir al sepelio pero fue muy rápido el natural proceso de hospedarle para siempre en
la tierra.
Y nos sentimos en el misterio de la
muerte en un conglomerado casi glacial donde los amigos no nos encontramos a menudo ni
sabemos si existen porque nuestra Managua en desarrollo anárquico contrae desafectos con
el humanismo de la comunicación. Entonces quedaba solo deplorar la velocidad con que
ocurrió la despedida sin ver su rostro de muerto para ubicarnos en el ayer consumado
sólo revivido por la reminiscencia.
José Ortega Chamorro retirado
"sin pena ni gloria" de las cumbres y de las miserias de este mundo como
Francisco Rodríguez Tellez (el chato), atrapado por el bullicio de la calle, era tenor,
barítono o bajo? No: era un excelente locutor, de esos no encontrados en "la vuelta
de la esquina", con voz apropiada para el micrófono: lineal, elegante.
No eran abundantes los matices en la
guzla matutina en una estación cuya audiencia -sin mayor discusión- llamaba la atención
de Nicaragua con el equipaje sumado de sus repetidoras instaladas en sus lugares mas
estratégicos para tener cobertura nacional.
Era Radio Mundial, el medio con el
que amanecía y anochecía el proyecto de República. La voz de José Ortega Chamorro no
admitía alteraciones en su reposo tonal, era el clarín moderado de la aurora, era lo
primero que conocía la curiosidad del nicaragüense partiendo del matiz vistoso de la
música folclórica, pasando por los clásicos, arribando después -siete y treinta de la
mañana- a los vaivenes de la noticia en el "Reportero Mantinal".
En honor a la verdad no había tal
reportero. Los reporteros eran "Novedades" y "La Prensa", los dos
periódicos opuestos. Pero Ortega equilibraba las acciones y daba las contradicciones sin
sensacionalismo alguno y con la moderación que siempre lo acompañó hasta el final de
sus días. No podía gritar. Imposible. Y si quería hacerlo le salía un falsete. No era
pues hombre de énfasis y así lo fue tanto en el estilo oral como en el estilo de su
vida.
Realizada la obra microfónica de la
mañana se tiraba a la calle a vender anuncios. Fue el mejor vendedor de anuncios de Radio
Mundial. A punta de comisiones sumadas del veinte por ciento tenía los mejores ingresos
acaso empatados con los de un diputado de la época. Una vez nos dijo cuando le
descubrimos sus entradas en la sala de contabilidad de Radio Mundial que sólo en
comisiones sin incluir el modesto salario de siete córdobas por hora de locución, ganaba
más que un diputado. Y cuando efectivamente lo fue por conservadores de Agüero, sostuvo:
económicamente me va mal en la política, cuando me dedicaba a las ventas en Radio
Mundial ganaba más que ahora.
Lamentaba haberse desvinculado de
comercio, del ejercicio productivo de la calle por meterse a la política. Esa
declaración amistosa de Ortega Chamorro debía inspirarme años después. En una Asamblea
del Partido Liberal Independiente se me propuso como candidato a diputado propietario por
Managua. No quise la candidatura como propietario y sugerí quedar como suplente. Los
correligionarios sintieron rara la posición. Luego argumenté a los amigos que
económicamente no me convenía ser diputado propietario, convenía políticamente pero no
profesionalmente porque la calle me daba más que el escaño. Quedé como diputado
suplente del Doctor Macario Estrada en las elecciones del ochenta y cuatro y luego seguí
como suplente de Jaime Bonilla en las elecciones del noventa. El muerto a quien también
se le conocía como "Sor Chepita" inspiró esa apatía.
Continúa...
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