EDWIN:
LIBROS PERDIDOS Y MEMORIAS ENCONTRADAS
Manuel Eugarrios
Inmediatamente después de dejar mi
escaño de la Asamblea Nacional en abril de 1990, pasé a ocupar de nuevo el cargo de Jefe
de Información de El Nuevo Diario, y entre los redactores de reciente data encontramos a
un reportero bastante joven, con cara de niño tímido y una mirada franca.
Se trataba de Edwin Sánchez
Delgado, y en la historia de La Prensa-END era uno más de los redactores procedentes de
la legendaria Carazo, que ha sido cantera de notables periodistas, entre ellos
entrañables amigos como Trinidad Vásquez y Agustín Fuentes, Alejandro Cordonero,
Vladimir López, para solo mencionar unos pocos.
Edwin tenía, sin embargo, algo que
a mi gusto y parecer lo destacaba de los demás redactores: una pasional afición por la
literatura --siempre andaba un libro entremanos-- y una irrevocable vocación de escritor
que se le dibujaba en la frente y se le traslucía en sus reportajes.
Pienso que cuando arribó a END,
Edwin ya había leído algo o estaba en proceso de devorar a autores de la talla de
Proust, Joyce, Thomas Mann o Malcolm Lowry, por ejemplo, o Flaubert, o los rusos.
Con el caso de Edwin se me vino a la
memoria nítidamente la opinión que Alejo Campentier tenía acerca del periodismo
literario, conscientemente basado o no en las formidables muestras que sobre ese género
dejó Don Rubén Darío. Yo creo que Edwin ya sabía o al menos visualizaba muy
concretamente lo que Alejo Carpentier decía en el sentido de que el periodismo es una
magnífica escuela de vida, una manera de estar en contacto con el suceso diario, con lo
que ocurre, con la historia contemporánea, pues "sin esos contactos no creo que
pueda haber en este siglo novela válida ni duradera".
El deslumbrante escritor cubano
decía más sobre el asunto periodismo-literatura y sostenía: "Hacer periodismo --yo
lo he hecho durante muchos años-- significa para el novelista, establecer un contacto
directo con el mundo. No creo que el periodismo lastre las posibilidades imaginativas del
narrador; por el contrario, el periodismo puede significar el acercamiento y conocimiento
de ambientes que pueden ser utilizados en la narrativa. Pero el aspecto peligroso del
periodismo está en que puede acostumbrarse a una facilidad, a una aproximación a las
cosas por la línea de menor resistencia. Y esto puede ser fatal para un escritor...
La técnica periodística responde a
imperativos específicos. Por ello, debemos evitar la confusión de los géneros. Del
artículo que considera ágilmente un problema al ensayo que lo estudia en profundidad,
hay un largo trecho. El periodismo, ciertamente, puede contribuir a "soltar la
pluma" del escritor...La expresión que a menudo nos asombra por su aparente
espontaneidad (estilo directo, rápido, percutiente), es por lo general la que más
trabajo ha costado a su autor".
Sabiendo o intuyendo que este joven
caraceño contaba con la fibra y la materia prima para realizar ese tipo de periodismo, me
empeciné en encargarle casi exclusivamente la cobertura de actividades culturales,
entrevistas a escritores, artistas, pintores, etc.
Como muchos años atrás, aún en
esa época los temas culturales eran tabú en los medios de comunicación, (los editores o
jefes de redacción tenían la convicción de que los poetas y artistas eran unos solemnes
vagos, buenos para nada), y en la prensa escrita no se les cubría o se publicaban en
cualquier rincón interior si acaso alguien llevaba por casualidad una nota alusiva.
Ello me obligaba entonces como Jefe
de Información de END a un doble reto cotidiano en el caso de Edwin: por un lado a
gestionar e insistir ante los editores la inclusión de sus reportajes culturales; y por
el otro a lidiar con la inconformidad de los otros redactores a quienes --con una lógica
ambiental-- justamente no les parecía que sólo lo mantuviera en la esfera cultural.
Precisamente por eso fue que de vez
en cuando, y a veces más seguido cuando no habían temas culturales o no nos daba el
tiempo para idearlos, mandábamos a Sánchez a cubrir cualquier punto de la agenda diaria,
aunque fuera una entrevista con una matarife o la cobertura de un choque común.
Con eso salía del clavo, pero
además sentía una íntima satisfacción personal y profesional, sabiendo que por primera
vez un periódico local salía con exclusividad a cubrir o buscar las actividades
culturales como noticias cotidianas. Sobre el particular, recuerdo una crítica
constructiva que una vez sostuvimos en el Ministerio de Cultura con Merceditas Gordillo y
otras compañeras a mediados (o principios...?) de los años ochenta, cuando esa falla era
notoria tanto en los periódicos de la revolución como en las demás publicaciones de los
organismos de masas.
En ese orden, habían temas que ni
siquiera por un desliz mental se me hubiera ocurrido enviar a otro que no fuera Edwin. Por
ejemplo, entrevistar a Carlos Martínez Rivas o cubrir sus cátedras magistrales en la
Biblioteca de la UNAN-Managua, o sus recitales. Luego de cubrirle uno, Sánchez me
obsequió un cassette no muy bien grabado, pero que contenía los últimos poemas del gran
solitario, uno de los cuales me dedicaba exaltando --de puro cariño-- mi calidad de
periodista. Desgraciadamente entre ese revoltijo de cassettes de padres e hijos, de borrar
unos para meterles nuevas grabaciones, ese cassette se me perdió para siempre.
No sé si hubo correspondencia, pero
yo sí llegué a estimar de veras a Edwin como periodista de muchos quilates y como
escritor en desarrollo.
Ahora, ocho años después, Edwin no
sólo ya es escritor sino que acaba de ganar muy merecidamente el Premio Nacional Rubén
Darío en Periodismo por sus magníficos reportajes sobre la indudable influencia que
Darío ejerció en el excepcional novelista Gabriel García Márquez, desde aquella frase
inicial y mágica en que alguien lo llevó a conocer el hielo.
Una anécdota final, que seguramente
arrancará una leve sonrisa en la cara de niño de Edwin Sánchez:
Recién editado su libro, tuvo la
gentileza de enviármelo --supongo con alguna dedicatoria-- con una periodista amiga que
no cumplió el encargo, pues a su vez ella se lo dió a otra amiga que así se lo pidió
argumentándole que ella me vería más pronto.
Todo resultó, empero, puro cuento.
El libro nunca llegó a mis manos a pesar de diversas gestiones, y como de arrecho no lo
he comprado, no lo he leído.
De Ripley, verdad...?
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