WINSTON
MIRANDA... Y LA MIRADA DEL NIÑO
Alvaro Urtecho
Entre los novísimos valores de la plástica
contemporánea en Nicaragua destaca Winston Miranda, integrante del movimiento de jóvenes
pintores FORMARTE, Miranda que realizó su primera exposición individual en 1997, en la
Galería Códice, junto con Javier Valle Pérez, ha llamado poderosamente la atención con
sus composiciones de técnica mixta a base de metal repujado, pegaplast sobre tela,
acuarela sobre papel, o crayón con acuarela. Composiciones muy bien equilibradas y de
sobrio cromatismo armónico que conforman una atmósfera infantil, onírica e incluso
lúdica con elementos simplificados.
No por casualidad Miranda ha sido profesor de
dibujo infantil: le interesa fundamentalmente la mentalidad prelógica, el universo
infantil en donde las coordenadas surrealistas se dan de manera natural, sin ser
mediatizadas por una conciencia intelectualista. El universo del niño es el universo del
juego, el juego que ve más allá de la lógica de los adultos. No digo con esto que el
joven Miranda sea un surrealista puro como Miró, Masson o Ernst.
No: trabaja a un nivel estilístico más modesto,
más atento a la figuración popular y primitiva. No podríamos decir que sea algo así
como un buceador del inconsciente o del imaginario reprimido con su consiguiente carga
revolucionaria o subversiva. Este joven artista que ha pintado también, y con buen pulso,
la flora y el paisaje regionalista, no pretende explorar mundos ignotos ni misterios o
enigmas trascendentales.
Su visión, su ímpetu artístico juvenil se
dirigen fundamentalmente a expresar la alegría experimentada por el niño al descubrir la
naturaleza: los peces, las tortugas, los escorpiones, los toros, los cangrejos, los
camarones, animales y animalitos dispuestos generalmente en primer plano. Seres de macizo
volumen acorazados por el metal utilizado por el artista. Mundo zoomorfo expresado a
través de una textura fuerte y vigorosa, como para dar idea de lo táctil, de lo que se
puede palpar por ser vida.
Esta visión primitiva, que a veces tiende a la
abstracción geométrica, recuerda evidentemente a la pintura rupestre de los tiempos
aurorales de la historia no sólo por la figuras elementales (que aquí están reducidas a
un mundo lacustre o marino), sino por la disposición abigarrada de incisiones y trazos
aproximados al estilo de los petroglifos precolombinos. Los fondos ocres, rosadosos,
rojizos están llenos de arabescos, formaciones circulares, surcos geológicos, trazos
larvados, en fin, configuraciones de dibujos infantiles que alegran la vista, constituyen
un reservorio de imágenes festivos para mantener en un primer plano la alegría de vivir.
Arte popular impulsado por el numen infantil en
donde el sol, la luna y las estrellas deambulan en diversas franjas, en los diversos
espacios y volúmenes que el artista dispone para establecer los cimientos de una gran
fiesta colectiva.
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