DE
DIABLOS Y EXORCISMOS
Manuel Eugarrios
Que en cada Diócesis de Nicaragua
debería haber un exorcista porque ahora el diablo está en este país más suelto que
nunca, afirma con plena convicción profesional el Padre Santiago de Anitua López, con
quien alguna vez hace muchos años tuvimos un gratificante intercambio epistolar.
Este sacerdote bilbaíno de 71
años, confiesa que se ha dedicado aquí a exorcizar a personas que sufrían el ataque del
cachudo, más por circunstancias y hasta por nombramiento oficial de la Iglesia que por
vocación, en una estupenda entrevista que concedió a Fabián Medina de LP el pasado fin
de semana.
Y no es para menos que dedicarse a
esos menesteres de espantar a lucifer del cuerpo y del alma de los humanos no sea tan
vocacional que digamos, pues no es nada fácil ni tolerable eso de que el poseso te llene
de vómitos, escupitajos y otras agresiones, mientras para variar te mienta la madre.
De Anitua López no es, por cierto,
un curita de esos que languidecen en el bochorno tropical dejando que las cosas pasen,
sino que es realmente --al menos eso pienso hoy-- un sacerdote especial que con hondura de
amor y sentimiento ha sabido preocuparse por las vainas que ocurren en el otro mundo, pero
también, y más si cabe, por las cosas que pasan en este atribulado, injusto y patético
mundo de una Nicaragua que es como su propia Patria.
Desde mi antiguo agnosticismo y
siendo apenas siete años menor que él, saludo con admiración y cariño a este
distinguido hombre de la Iglesia, que a fuerza de honestidad declara públicamente que
antes de meterse a ese incandescente oficio de exorcista, era él un cura bastante
escéptico de todas esas cosas raras, santerías y demás.
Nos hermana también su paladina
confesión de que no cree ni ha creído mucho en los famosos sicólogos de tres por
cuatro, que --digo yo-- con una pedantería insoportable creen tener la llave de la piedra
filosofal para arreglar mentes perdidas y razones extraviadas, cuando en la mayoría de
los casos ni siquiera son capaces de gobernar su propio barco. Caso aparte, desde luego,
son los siquiatras, a quienes valoramos y respetamos desde su auténtica función
científica.
Nuestro sacerdote revela para el
consumo popular aspectos muy interesantes sobre los cuatro estados de anormalidad mental y
espiritual que puede sufrir una persona de las que solo una es la que requiere de la
curación del exorcismo: la posesión diabólica, es decir aquel estado en que el demonio
se mete y se apodera del alma, de la mente, de la voluntad y del cuerpo de las gentes.
Nos dice también que no es
cualquier sacerdote el que posee la facultad para realizar el exorcismo: tiene que ser un
hombre sabio en su ciencia teológica y recto y honesto en su conducta, y no uno de esos
que relumbran por su ignorancia ni mucho menos de aquellos que les gusta holgarse de todas
formas, o sea de esos de vida alegre, como señala nuestro sacerdote, que imitan a
Guillermo de Aquitania.
Algo que nos parece sumamente
importante y que nuestros lectores deben tomar especialmente muy en cuenta, es que según
de Anitua el diablo como el SIDA solo entra (en la persona) si hay puerta de entrada, es
decir cuando la curiosidad de los humanos abre esa puerta falsa practicando los juegos de
la "guija", los trucos de la hechicería y de los lapiceros.
Confesamos que en esta última parte
nuestro querido sacerdote nos deja en el limbo, pues si conocemos aunque sea
superficialmente el juego de la "guija" y los artilujios y engaños de la
hechicería, jamás habíamos sabido nada de ese juego de los lapiceros...?
De todas formas, yo continuo siendo
escéptico y sigo creyendo que eso que se "conoce" como diablo no es más que la
dosis del mal que todos llevamos dentro por naturaleza, y que a veces se manifiesta con
una magnitud y con una proyección y fuerza fuera de lo normal.
A lo mejor, así como pasó con el
asunto del cielo, el Papa actual todavía tenga tiempo para aclarar este binomio del
diablo y el mal, o quizás le corresponda a su sucesor.
De Anitua apunta al final de su
entrevista que en Nicaragua "se ha perdido un poco (yo diría que muchísimo) la
noción del pecado y de la peligrosidad del pecado", pero aún más estremecedor y
corajudo resulta su señalamiento de que "la fe está perdiéndose, incluso entre los
curas", que más bien se dejan llevar por el bienestar material --de ellos y de la
comunidad-- sin que les importa si el dispensario está lleno pero la Iglesia vacía...
En fin, las manifestaciones del mal
--o del diablo si usted quiere-- las encontramos materializadas a diario en esta
desventurada sociedad nuestra, donde hace ya mucho rato se perdieron las virtudes morales
y éticas y los que prevalecen son la deshonestidad y los antivalores que en gran parte se
concretan en asaltos, crímenes y asesinatos atroces, donde al parecer la vida no vale
nada.
Estemos atentos, pues, y quienes
todavía creemos y practicamos las viejas enseñanzas de la moral y la pureza personal,
cuidemos de no abrir ni en nuestra casa ni en nuestra persona esa puerta de entrada,
aunque aparentemente nos parezca que se trata de un inofensivo y sarnoso diablo cojuelo.
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