A CARLOS
FLORES CUADRA, DESDE LA OTRA ACERA
Angela Saballos
Leía
recientemente un texto que en una de sus frases señalaba que uno debía vivir de la misma
forma en que quería que lo recordaran. Esto es decir que la persona debería estar
conformando con su ejemplo diario, su propio epitafio.
Escrito lo anterior, señalo que la
imagen que guardo del fallecido cronista Carlos Flores Cuadra, es la de un caballero, la
de una persona que militando políticamente en la acera frente a la mía, supo respetarme
y ganarse mi respeto, mi afecto.Lo despido desde esta acera de la vida en la cual aún
estoy.
Carlos Flores y yo nos conocimos en
los años setenta cuando él trabajaba en Novedades, el diario de gobierno durante la
dictadura somocista, y yo en La Prensa del asesinado Pedro Joaquín Chamorro. En esos
días no tuvimos mayor acercamiento. Estábamos en aceras distintas. Una anécdota de
entonces que él me contara hace unos meses, refleja los tiempos que vivíamos.
Contaba Carlos que una vez en la
redacción de Novedades estaba el grupo de reporteros.,él incluído, hablando con Somoza.
Uno de los temas que tocaron era que cuál sería la mejor forma de neutralizarme ya que
con mi posición antisomocista molestaba al regimen.
Le preguntaron a Leonardo Lacayo
Ocampo que era mi profesor en la Escuela de Periodismo. Este respondió que no me podían
comprar porque era ética e idealista y que tampoco me podían amenazar porque era mujer y
la primera periodista que trabajaba como tal en La Prensa, que me dejaran en paz. Ellos
estaban en una acera y yo en la de enfrente.
Volví a ver a Carlos Flores tras la
elección de Doña Violeta como Presidente de Nicaragua. Y fue el gran afecto que le
tenía Leonel Estrada Solórzano, mi esposo, a Carlos y a su esposa Magdalena Aguilar,el
que hizo acercarme a ellos. Leonel había estrechado lazos con los Flores durante su
exilio miamense de los ochenta. Luego veía a Carlos en la Asamblea Nacional y en esta
Bolsa de Noticias, donde nos unió la muerte de nuestro mutuo amigo, Emigdio Suárez.
Fue entonces, que pude apreciar la
calidad humana de Carlos Flores. Habíamos entrado a una época en la que ambos éramos
nicaraguenses sobre todo y a pesar de nuestras diferentes posiciones políticas. Pero ya
éramos capaces de comprender esto.
Esta capacidad de Carlos Flores es
un legado que nos deja. Poder estimar al adversario político como un ser humano con sus
propias ideas, saludarlo desde la acera de enfrente. Ahora nos toca despedirlo desde esta
acera, él muerto, nosotros vivos. Dios lo cuide, tal como siempre él se lo pedía al
final de su Pido la Palabra.
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