LA
ESCULTURA DE OSCAR ENRIQUE CASO
Alvaro Urtecho
Se ha dicho repetidamente que la
escultura es un género marginal o poco visible en el contexto de las artes plásticas
nicaragüenses. Algo así como una ocupación accidental o milagrosa en el diario bregar
de nuestros artistas. Sin embargo, y pese a que como género no tiene el mismo desarrollo
orgánico ni las realizaciones concretas ni la proyección internacional que tiene la
pintura, no cabe duda que tras el truncado magisterio del maestro Genaro Amador Lira y su
breve período como director de la Escuela Nacional de Bellas Artes, hay una considerable
producción escultórica.
Hay, comenzando por el mismo Amador
Lira que, según la sapiente doctora Dolores Torres "hubiera sido el fundador de la
escultura moderna en Nicaragua como Peñalba lo fue de la pintura", escultores en el
país, verdaderos escultores como Edith Gron (1919-1991), Fernando Saravia (1922), Ernesto
Cardenal (1925), Noel Flores (1940), Leoncio Saénz (1935) Miguel Angel Abarca (1944),
Orlando Sobalvarro (1943) y Aparicio Arthola.
Sin embargo, no podemos hablar de
una escuela o movimiento escultórico moderno propiamente dicho, pues lo que se ha
considerado tradicionalmente escultura (estatuas ecuestres, retóricos monumentos
conmemorativos de héroes o efemérides, simplificaciones narrativas patrioteras o
hinchadas expresiones de masas y volúmenes al servicio de las oligarquías políticas de
pensamientos trasnochado) ha predominado en nuestro medio incluso hasta en los años 60 y
70. Esto, sumado a la tardía asimilación de las corrientes escultóricas modernas,
explica el escaso y tímido desarrollo del género.
Oscar Enrique Casco, oriundo de San
Juan de Limay (Estelí), pueblo conocido por su tradición artesanal, en donde se ha
instalado desde los años 70 un taller de escultura en el que han destacado artistas como
Erasmo Mayo, es un joven dedicado por completo a la cultura, preferentemente en mármol y
marmolina. Audaz, tesonero, curioso de las formas diversas y cambiantes, experimentado con
entusiasmos en varias tendencias y concepciones (algo que le podría hacer perder en
profundidad y acabado), Casco, pese a su escasa edad y a su condición de autodidacta, ha
logrado trascender el cultivo del objeto artesanal o decorativo para adentrarse con
brillantez, sinuosidad y elegancia en la esencia de la obra de arte, es decir, en el
objeto autónomo de contemplación estética.
Evidentemente que su trabajo revela
muchas influencias, entre ellas la de Cardenal (garzas, peces, monjes) y Sobalvarro
(buhos, construcciones circulares), así como las clásicas y clasicistas, pero estamos
ante un artista en busca de su expresión propia, en la búsqueda valerosa de una
escultura que ya va adquiriendo una organicidad vital: una búsqueda de la forma animal
dentro de una tridimensionalidad aérea y ligera, en la que es de destacar la técnica del
vaciado.
Sus esculturas están llenas de
círculos, curvas, concavidades buscando una simplificación que a veces logra un estado
para la meditación, aunque a veces cae en detalles y formas veristas y académicas que
contradicen la búsqueda de la forma pura. Su preocupación por los elementos zoomorfos lo
ha hecho participar con éxito en los certámenes de la Naturaleza y el Medio Ambiente
organizados por la Galería Códice. Al respecto, últimamente ha presentado trabajos
escultóricos sobre troncos procedentes de árboles derribados por el Huracán Mitch:
rostros de asombro y terror ante la catástrofe, interpretaciones rodinescas del espíritu
telúrico americano.
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