ENTRE LA
PIEDAD Y LA POMPA
Joaquín Absalón Pastora
Hace
relativo tiempo fueron homenajeadas yaciendo en el fin, dos mujeres de monta en el mundo
contemporáneo. Ambas situadas en escenarios diferentes: La Princesa Diana de Gales, ex
esposa del Delfín de la corona Británica, víctima de la bruma real de la monarquía y
Madre Teresa, de quien sólo diremos que fue obra de la Santidad.
Dos universos. Dos formas de ser en
la celebridad a veces opuestas de la vida. Opuestas por originarse en la pompa una, y en
la misericordia la otra.
Sin incurrir en el crítica
apresurada e irresponsable, las dos merecieron las alabanzas con más énfasis cuando
podían oír, sentir la extroversión de quienes se quedaron en la tierra haciendo uso de
la deploración. El problema es la terrosa inconsciencia del beneficiario de los honores.
Ni Madre Teresa ni la Princesa se enteraron de tanto afecto tardío.
Prefiero recordar a la Santa en la
forma de su adiós mortificado.
Entre la piedad y el Estado la
interferencia es absoluta. La misericordia realiza su campaña con la voz del silencio. El
estado realiza la suya con el trueno multiforme de la solemnidad. No pueden convivir la
piedad y la pompa.
Todavía pensamos, transcurridos
algunos días, en la despedida de la Santa callada en vida pero metida al ruido en la
muerte cuando la fatuidad de los generales intrusos decidió darle "funerales de
Estado". Claro, a la inminente Santa no se le consultó, no podía levantarse de los
cristales de donde la depositaron para dejarse besar por los humildes, los seres con
quienes se identificó en su recogimiento arrabalero, posición no contradictoria por
cuanto de los arrabales de la India emerge la consolidación de su amor por los
desamparados. Sin embargo, éstos llegados de la lejanía no tuvieron acceso a la
floración del agradecimiento. La pompa evitaba el encuentro directo, porque el privilegio
se roba el espectáculo de la caridad. La enterrada era en la rutilante exposición del
protocolo, una estadista de sopetón.
Por ello no olvidamos, se nos
quedará en la memoria, la indignación de Amugrah Tiwari, mendigo sin luz en los ojos,
quien recorrió doscientos kilómetros para llegar a Calculta, "yo no sé quién en
esa Hillary Clinton, lo que sé es que muchos de nosotros venimos desde muy lejos para
alabar a una Santa que era nuestra, robada por la gente encopetada.
De intrusión puede calificarse la
tergiversación sufrida cuando se dan los actos en favor de los cabecillas de la bondad,
aprovechados en el último rato por figuraciones de ocasión.
Nunca encontramos la razón por la
cual el cuerpecillo frágil al que vimos dinámico en Nicaragua, era cargado -tan
diminuto- por fusileros con pecho de acero, entrenados para desobedecer el milenario
"no matarás", y por "jefes de Estado" corruptos, empeñados en
"lavarse la cara" con la asistencia a la apoteosis del otro lado de la
corrupción.
Pero la pobreza supera los linderos
de su incosistencia física y apela a la defensa de la soberanía del alma, invocada por
Séneca o a la doble verdad de Aristóteles, "la religiosamente revelada y la
científicamente comprobada" o a Escipión, en su minucioso filtro de la
inmortalidad.
Continúa saliendo el impulso para
evitar la suma trágica, aséptica del final de la esplendorosa filmografía. Queda su
imagen en la pantalla.
Pasan los días y el peregrinaje no
ha sido oscurecido por nadie, ni por las barricada autoritarias, insistentes en no
permitir que los restos sean palpados por las manos sentidas de los leprosos, de los
paralíticos, de los ciegos. La mirada no interrumpe su impaciencia.
Mi humilde homenaje a Teresa de
Calcuta tiene la forma de la deploración. Deplorar que el recurso de la fuerza haya
impugnado la presencia de la debilidad orgánica y no espiritual de los marginados.
Madre
Teresa recibió la embestida de la crítica por aceptar apoyo de gentes e instituciones de
dudosa raíz moral. Qué misionera o misionero no ha sufrido la ira de esas garras.
En este caso el gesto está
exonerado, la monja se empecinaba en ayudar sin necesidad de invocar a los artífices del
consenso para deducir de quiénes debía recibir para dar. Lo importante ni a ella ni a
quienes le antecedieron en el sacrificio de la misión especialmente dirigida.
La perdurabilidad de Madre Teresa
invitó en el acto a los investigadores, como Marcos Ramos, a quitarle el polvo de los
tiempos a "la búsqueda del Jesús histórico", página escritas con la mayor
disposición, reflejos de un sufrimiento vivido, no simplemente arado en el terreno de la
literatura religiosa social. La ausencia evoca a su antecedencia en el honor de recibir un
Nobel de la Paz, tan puro e incuestionable. Vino entonces a la memoria Alberto Schweitzer
(1875-1965), teólogo del protestantismo liberal.
Hermanos fueron los dos en el afecto
de buscar la salvación terrenal de los desabrigados por el ataque de la displicencia.
Madre Teresa es la digna secundadora
de la prédica originada en la teología de los carentes de timidez, para poner la
sandalia misionera en el calor del Africa profunda.
¿Cómo no resentir que Madre Teresa
no haya sido la primera sacerdotisa de la religión católica, dotada de todos los
atuendos interiores y exteriores, para presidir el convivio sacramental de Cristo?
Su voz, y no por especular con su
ausencia, siempre rechazó los títulos. El de Santa ya lo tiene, aunque no lo sepa ni lo
celebre el fondo de la tumba donde reposa.
|