El mundo
se está volviendo Unisex
Emigdio Quintero Casco
Cuando entré al salón de belleza
Unisex para que me cortaran el cabello, todas las mujeres se me quedaron mirando. Era un
viernes por la tarde, al que los bohemios llaman "sábado chiquito", porque lo
asocian con el descanso, la parranda y el jolgorio de la vida nocturna.
El salón estaba atiborrado de damas
que se sometían pacientemente a los tiras y encojes de peines, cepillos, tijeras de todo
calibre, masajes, tintes, cremas depiladoras, humectantes, moñas, pelucas, uñas
postizas, lacas, abrillantadores, máquinas secadoras y, además, dóciles a las manos
caprichosas y ágiles de los expertos en cortes y confección de belleza artificial.
Ese día, la mayor parte de la
clientela estaba compuesta por mujeres adolescentes regias, alegres, bulliciosas, llenas
de vida y con la cabellera copiosa y tupida. El único varón de calvicie incipiente era
yo.
Al comienzo sentí una sensación
rara, al encontrarme ante la propuesta ambigua encerrada en la palabra "Unisex".
En mi pueblo, estaba acostumbrado a ir a la barbería para hombres muy hombres, y,
además, probados. Las mujeres iban a lo propio, a componerse el pelo donde estilistas
mujeres.
A la barbería El Caballero llegaban
hombres; los que cortaban la barba y el bigote en esa barbería eran hombres, con voz
ronca y sonora. El que salía acicalado de ahí, era un hombre perfumado como macho muy
macho. En las barberías de hombres se leían revistas de política y economía, y casi
todos los periódicos nacionales.
En los salones "Unisex" se
lee literatura "Unisex", es decir, mensajes ambiguos adaptados a hombres y
mujeres en forma apropiada. La propuesta ambigua y contradictoria está en todas partes;
en las vitrinas de las tiendas, en los entretenimientos de la televisión, en el cine, en
las revistas, en la calle y en el trabajo informal.
En el "Día Internacional de la
Mujer", algunos medios presentaron como parte del cambio de roles, a mujeres que
realizan oficios que antes eran competencia de los varones. De tal manera que ahora hay
mujeres que hacen oficios de carpinteros, albañiles, mecánicos, armadores, policías,
vigilantes, soldados, aviadores, cañeros, y "padres" de familia.
Por el otro lado, encontramos
hombres que se encargan de los menesteres de la casa, del cuidado de los niños, de la
lavada y planchada de la ropa y de las compras en el super. En los semáforos, con el
desempleo abierto, vamos a encontrar hombres, vendiendo pan, bolsas de agua helada,
lotería, periódicos, y toda clase de bisutería liviana. ¡Hombres haciendo trabajos de
señoritas!
En las reuniones protocolarias y en
los clubes sociales vamos a encontrar hombres "Unisex" con las uñas laqueadas,
con lentes de contacto que cambian el matiz del color natural de los ojos; hombres
maquillados como artistas de Hollywood, con la cabellera pintada; exhibiendo rayitos de
luna, con tatuajes simulados, delicadamente entalcados, perfumados; hombres delineados
para pasarelas, preocupados por la dieta, el peso, la celulitis, y por el aspecto físico
en general. Hombres exhibiendo sin rubor la ropa unisex de Calvin Klein, y de otras marcas
internacionales. Seres teledirigidos, manipulando símbolos de escala social como
celulares, relojes, tarjetas de crédito, repertorio de palabras extranjeras, etc.
Entonces, el hábitat de la nueva
clase social en ascenso está saturada de individualistas, hedonistas, unisexistas; con
aspiraciones placenteras, estresados, preocupados por el qué dirán; con alarmantes
fobias sociales, víctimas de la publicidad, del nuevo orden consumista y de las
apariencias que engañan.
En el salón de belleza Unisex, me
di cuenta de que el mundo anda desquiciado, porque al hombre se le piden cosas
contradictorias como es que acepte sus emociones, que llore, pero que sea viril como
Tarzán; que acepte trabajos propios de la mujer, pero que tenga pelos en el pecho; que
pase más tiempo en el hogar con los niños, pero que trabaje más duro, para sostener la
economía del hogar. Por el otro lado, a la mujer se le reprocha que beba licor, que fume
tabaco, que vaya sola al bar, que use minifalda o ropa unisex, o que haga tareas propia de
los machos.
Para el hombre nica, la transición
es más dura y más penosa. La transición de "macho muy macho" a la figura de
maniquí unisex, o de hombre castrado o domesticado, es dura y angustiosa. En muchos
sectores conservadores de nuestra sociedad, la cosa no está aún resuelta. Hay una
resistencia a realizar trabajos con perfume de mujer. El hombre macho quiere tener una
charpa de hijos, pero la mujer liberada, unisex, la mujer de las nuevas propuestas
contradictorias, se niega a salir embarazada o tener hijos.
El nuevo mileno apunta con
propuestas ambiguas, pero con un mayor énfasis en la apariencia física. La mujer está
preocupada por la belleza, por su figura y por coservar la línea sin una pizca de grasa.
El hombre también está preocupado por la apariencia, por preservar su salud y la
juventud.
Desgraciadamente, toda la energía
gastada por el embellecimiento, a ambos les aburre, los agota, los cansa, los estresa;
porque la dieta, las pastillas para adelgazar y el gimnasio conducen a la abulia y al
tedio inevitable a largo plazo. Por mi parte, salí del salón Unisex con menos años,
entalcado, oloroso a postmodernidad, con las cejas finas y despobladas, y con una
apariencia más aceptable para mis pretensiones de caerle agradable a todo mundo.
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