LOS
"HERMANOS" QUE NOS QUIEREN CERCENAR
Manuel Eugarrios
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| Algunos países centroamericanos,
de esos que eufemísticamente llamamos "hermanos," últimamente no sólo han
pretendido pegarnos una patada en el trasero sino que encima robarnos parte de nuestros
territorios marítimos y fluviales. |
Y siguiendo ese
"fraternal" ejemplo de nuestros vecinos, otro --nos referimos a Colombia-- que
ciertamente está ubicado muy lejos de la vecindad nicaragüense, también está
pretendiendo arrebatarnos nada menos que cien mil kilómetros de nuestra plataforma
continental.
Lo peor de todo es que los tres
países ya nos han quitado partes de nuestras tierras de un modo o de otro: Honduras nos
"ganó" hace 40 años varios miles de kilómetros mediante una sentencia de la
Corte Internacional de La Haya, y ahora aliada a Colombia desea birlarnos 30 mil
kilómetros más.
Colombia, suscribió con nosotros un
tratado o convenio (Sánchez- Meneses-Esguerra) hace muchos años estando Nicaragua
ocupada militarmente por Estados Unidos, y siendo por lo tanto una nación sin soberanía
y voluntad propia, por el cual se adueñó de San Andrés y de varios cayos de nuestra
Costa Atlántica.
Y con Costa Rica, ya harto sabemos:
el Río San Juan.
Así pues, como país hemos devenido
en la Cenicienta de América Central --Neruda nos llamó "garganta pastoril de
América"-- a la cual cada bribón cercano o aún los que pasan de largo como los
señores colombianos convertidos ahora en corsarios, se creen con el derecho de dar una
dentellada a nuestra propiedad o al menos uno de los pellizcos que duelen hasta el fondo.
Se trata entonces de tres Naciones,
dos vecinas y una lejana, de las cuales podemos hacer un análisis somero, mostrándoles
el mismo cariño y fraternidad que ellos en los últimos tiempos nos han dedicado.
Empecemos con la catracha Honduras,
que hace apenas una veintena de años o un poquito más, era --creo con excepción de
Guatemala-- la campeona en analfabetismo del área y, por supuesto, la que iba en último
lugar en todo.
Hoy, dicen que no, que nos supera y
que va como en tercero o cuarto lugar, y eso tiene una explicación de lo más sencilla.
Al triunfo de la revolución sandinista, una buena parte de los capitales que huyeron de
Nicaragua se fincaron en Honduras. Y luego, naturalmente, los catrachos se beneficiaron
altamente con los millones de dólares en préstamos y donaciones que les dieron los
EE.UU. por varios años por servir de santuario de la contra, con la mucha plata que
gastaban allí los miles de marinos asentados en Palmerola y el propio dinero que gastaron
los soldados de la contra financiada por el mismo gobierno norteamericano.
En otras palabras, sin el menor
sonrojo los señores catrachos de 1981 a 1988 gozaron de lo lindo en su papel de Caín,
fortaleciendo los indicadores de su economía, pero también vieron notablemente
incrementada su herencia de SIDA.
Y como el sabor y el gusto de
mejores tiempos económicos, les quedó en la bocota, ahora quieren robarnos nuestras
riquezas marinas, ya de una manera legal.
Sin embargo, y sin que esto suene a
amenaza, quizás sea bueno que invocando un poco una historia que parecen haber olvidado,
deben recordar que ya en dos ocasiones los nicas desayunamos en Managua y con todo y
bandera cenamos en Tegucigalpa.
Sigamos con la inefable Costa Rica,
la nunca bien ponderada Suiza centroamericana, no sólo porque la democracia entra por
todos los poros de su tejido social, sino porque hace muchas pero muchas décadas Don Pepe
Tacones proclamó que en ese país se acababa el ejército, y en verdad se acabó... en el
papel constitucional.
Antes de estar pensando en derechos
que no tienen en el Río San Juan --que es de nuestro único sumo imperio-- los señores
tiquillos debían recordar que desde los años cuarenta del Siglo XX, tanto en los
bananales de la Mamita Yunai como en otros lugares de su bonito país, en buena parte
somos los nicas los que hemos levantado la producción y las cosechas, incluso en épocas
en que la economía nicaragüense ha estado mejor.
La verdad es que eso de la Suiza
siempre les ha quedado grande, no solamente por las pobrezas reales y lacras que han
existido y siguen existiendo en su sociedad, sino porque al menos hoy por hoy cuentan con
un ejército armado hasta los dientes --llamado policía-- dos veces más grande que el
que ahora tenemos aquí.
Estas verdades concretas no obstan
por supuesto, para reconocer que los costarricences han sido muy hábiles en vender su
país y como consecuencia atraen inversiones y capitales, y que gracias a ello hay muchos
miles de nicas trabajando allí y enviando remesas que indudablemente nos benefician.
A este respecto debe recordarse
igualmente, que durante nuestro auge algodonero nosotros también trajimos a trabajar
aquí a miles de cortadores salvadoreños, hondureños y a lo mejor hasta ticos.
Bueno, pero intentando desviar los
problemas internos que padece su gobierno, y de paso acosarnos y quedar bien con nuestros
adversarios territoriales, la beatífica Costa Rica este fin de semana pasado pidió la
mediación de la OEA y hasta solicitó la activación del empolvado TIAR, creyendo que
aquí estamos con los pantalones caídos. No hay duda, de que se pueden llevar una
sorpresa, de esas que a veces ocurren en su famosísima avenida central.
Y por último, a la que una vez en
el siglo pasado se le llamó la Atenas de América, Colombia, de ella sólo quedan
escombros, y un descaro y un cinismo que es ya continental.
En verdad, qué se puede esperar de
un país cuyos gobernantes han permitido por décadas que su territorio se divida o se
parta entre los carteles de la droga, una guerrilla de nunca acabar y unos terratenientes
que poseen sus propios soldados paramilitares, y por lo tanto donde la vida no vale nada?
Qué autoridad moral pueden tener
gente que manda sobre miles de cadáveres anuales, como si se trata de cualquier epidemia
irremediable del siglo pasado?
Recuerdo que en Madrid en los años
sesentas en las discotecas, bares, y restaurantes no nos dejaban entrar en compañía de
colombianos dada la fama de gamberros que ya tenían... Ahora, pienso, ése no sería ya
ningún problema, pues ellos ya no tienen identidad, o la tienen demasiado a pesar de
Macondo.
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