SE NOS VA
UN PERIODISTA NATO
Ignacio Briones Torres
Conocí
a Carlos Flores Cuadra en Tegucigalpa, año 1948. Para ese entonces de su pluma solo
habían salido poemas que le publicaban los periódicos hondureños, especialmente
"El Día" y "El Cronista".
En la Honduras de ese entonces,
salida de la dictadura de Carías florecía una pléyade de jóvenes intelectuales de
poderoso pensamiento: Claudio Barrera, Jaime Fontana, David Moya Posas, Pompeyo del Valle
y otros. Y con ellos tertuleábamos en una célebre cantina que llamábamos "La
Escuela" y en consecuencia profesora a la dueña. Era una especie de ateneo con
habitués de diferentes oficios y pelajes: el Jefe de la Policía de investigación que
sabía de nuestra situación migratoria ilegal pero que por amistad se hacía de la vista
gorda; su secretario, sobrino del cura más querido de la ciudad que siempre andaba con la
mentira de que su tío, el sacerdote, nos mandaba a decir que no lo olvidáramos, bonita
manera de aprovisionarse de licor para consumirlo solo en el galerón que le servía de
domicilio; el gerente de la compañía aérea SAHSA que unía a su indiscutible estampa de
burócrata una sensibilidad poética que no podía resistir y lo inducía a la bohemia y
el gran señor del periodismo de Honduras, el inolvidable Alejandro Castro, perpetuo Jefe
de Información de Casa Presidencial cualquiera fuera el gobernante. Un indispensable en
las relaciones públicas de los Jefes de Estado para el caso el Dr. Juan Manuel Gálvez,
un civilista al estilo del Dr. René Schick Gutiérrez.
Carlos se ganaba la vida como
ayudante de una construcción a cargo de unos ingenieros nicaragüenses. A las cuatro de
la tarde era la cita cotidiana y para esa hora La Profesora ya tenía preparados los
tragos y las bocas inspiradas en las nuestras de Nicaragua.
Cada tarde era como un recital y/o
juegos de inteligencia, en los que Flores Cuadra sobresalía. Y que le servirían de
entrenamiento para las posteriores tertulias managüenses en "El Petit Café",
en donde los personajes protagónicos se llamaban nada más y nada menos que Manolo Cuadra
Emilio Quintana, Toño López, Gonzalo Rivas Novoa, Chepe Chico Borgen, Guillermo Arce,
Guillermo Castellón y Pablito Moncada, un estilista del lenguaje, fino y delicado con
estampa de príncipe y que escribía como si lo fuera. A veces nos acompañaba Quique
Mayorga Rivas, de la estirpe familiar que amistó con Rubén Darío.
Cada domingo Flores Cuadra llevaba
un poema nuevo a estrenarlo en El Petit. Manolo decía de esos poemas que parecían estar
inspirados en el ruso Simonov ya que todos trataban sobre la situación infrahumana en que
se debatían los trabajadores. "Nivel 160" fue una consagración y por ese poema
se empezó a considerar a Flores Cuadra "hombre y poeta de izquierda".
En 1955, Flores Cuadra me presentó
a Ramiro Sacasa Guerrero, entonces Ministro del Trabajo y tesorero del Partido Liberal
Nacionalista. Ramiro, para no variar, estaba en pleito o mejor dicho había sido
convertido por varios jóvenes liberales en blanco de sus críticas. El grupo lo encabeza
Orlando Montenegro Medrano y las críticas de éstos al todopoderoso Ramiro aparecían
diariamente en "La Estrella de Nicaragua", órgano oficial del PLN dirigido por
Roger Fischer Sánchez.
Cuando Carlos me llevó donde Ramiro
lo primero que éste me dijo es que si quería hacerme cargo de la dirección de "La
Estrella", le dije que sí; pero con la condición de que se le diera una plaza en el
periódico a Carlos Flores. Sacasa aceptó y empezamos a trabajar juntos en "La
Estrella". Al año se lo llevó Leonardo Lacayo a "Novedades" y ahí estuvo
primero hasta 1958 y más tarde, hasta 1979.
En "Novedades" habían
varios colegas del primer nivel en el gremio: Alex Caldera Escobar, Emilio Quintana, un
tico apellidado Sánchez y un hombre que no firmaba, pero que sugería ideas y
prácticamente hacía la agenda diaria de trabajo. Se llamaba don Paco Guerra y era
también corrector de estilo. Le tomó un gran cariño a Carlos y muy suavemente supo
aprovechar lo mejor que pudo la innata del joven reportero.
En 1957, al cumplirse el primer año
del ajusticiamiento de Anastasio Somoza García, "Novedades" convocó un
concurso entre poetas con un premio sustancioso para quien escribiera el mejor homenaje al
dictador. Se nombró un Jurado y del mismo formaron parte Flores Cuadra y Emilio Quintana.
El 21 de septiembre de aquel año se
publicó el poema triunfador. Y no más había empezado a circular el periódico cuando
empezaron también a sonar los teléfonos en todas las casas de opositores. Al principio
uno era invitado a leer el poema y luego te preguntaban qué le ves o no le ves nada. Uno
respondía que no. Entonces desde el otro extremo del aparato quien te llamaba, te decía:
leelo de arriba para abajo. ¡Ahí estaba la causa del escándalo! El poema era nada menos
que un acróstico de Rigoberto López Pérez, autor de la muerte de Somoza García.
Ese día había Conferencia de
Prensa con Luis Somoza. Al irse a sentar a la mesa de la conferencia don Luis reverberaba/
¿Ya leyeron lo que publicó "Novedades", nos preguntó antes que ninguno de los
asistentes abriera la boca.
--¡Esto chorrea sangre, dijo. Y
muchos de los periodistas no sabíamos a qué se refería, hasta que el propio don Luis lo
dijo.
Nos apresuramos a decirlo que era
bien factible que a un periódico, cualquiera, se le metiera un golazo de aquella
naturaleza.
--No gritó-- don Luis. --Esto es
obra de dos redactores comunistas que se nos han infiltrado en el periódico y entonces
soltó los nombres de Flores Cuadra y Quintana.
Tras lo dicho, Luis Somoza anunció
que ese mismo día quedaban cesantes los supuestos autores del poema. Y tanto Flores
Cuadra como Quintana se fueron a la calle... Tiempo después, el verdadero autor se
identificó desde Costa Rica: Alberto Ordóñez Argüello. Y los corridos fueron
reintegrados al trabajo, pues como decía Anastasio Somoza Debayle, también ellos eran
socialistas.
Desde 1959, Carlos permaneció en
"Novedades" hasta 1979. Independientemente de que "Novedades"
abanderaba la defensa de la dictadura y nosotros la información periodística
antisomocista junto con numerosos colegas, la amistad con Flores se mantuvo.
No fué por somocista, sino porque
era un periodista nato que permaneció al frente de Novedades hasta el 18 de julio,
mientras los otros habían buscado ya los caminos del exilio. Carlos estuvo al pie de su
centro de trabajo, aunque supiera que esa permanencia ponía en riesgo su vida.
El 18 de julio llegó a visitarme a
mi casa de Santa Clara, donde yo imprimía algunos de los partes de guerra del FSLN. Me
refirió que estaba durmiendo, junto con toda la gente pesada del gabinete, en el Hotel
Inter. Yo traté de convencerlo para que se asilara. Me dijo que lo haría "hasta el
minuto final" y así fue.
Lo volví a ver años después en
Miami cuando se desempeñaba en Radio Liberación con Moisés Absalón Pastora, Carlos
Ramírez Morales y Francisco Carranza Chamorro.
En los tres sentí vivir la
nostalgia que sentían por regresar a Nicaragua. Y regresaron. Ahora, como si un destino
los persiguiera, Carranza Chamorro también espera un desenlace final en un hospital
miamense. Flores se rindió a la jornada de la vida en el South Hospital de Miami.
Estamos esperando la traída de sus
restos mortales y nos disponemos a darle el funeral que merece.
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