MARIA JOSE
ZAMORA...Y SUS PRUEBAS DE CONTACTO
Alvaro Urtecho
Una propuesta inquietante, audaz y
arriesgada revela María José Zamora en sus lienzos, dibujos y aguafuertes. Un territorio
solitario y apartado, no visitado ni celebrado, en el contexto de la plástica
nicaragüense contemporánea, reacia a la abstracción monocroma y a la espiritualidad
ascética.
Pues es la sobriedad de estilo y
forma lo que persigue esta joven artista a quien Dolores Torres califica de
neoexpresionista y postmoderna, lo cual no me parece desacertado, aún teniendo en cuenta
que el arte, cuando brota de un fondo natural, va más allá de las categorías y
categorizaciones académicas.
Quiero decir que María José
Zamora, mujer formada en la contemplación y el aprendizaje de la pintura norteamericana
más moderna y radical (la de Rothko, Motherwell, Towmbly, Kline), busca una nueva
figuración que tiene como objetivo fundamental hacer participar al espectador en un
universo de signos constituidos como enigmas: enigmas que nos hacen pensar, que nos
sumergen en la meditación trascendental. Según la connotada estudiosa de nuestro arte,
anteriormente mencionada:
"María José ha creado un arte
marcado por el dualismo de un pensamiento trascendental y de un sentimiento espontáneo,
logrando una serie de trabajos que van del formato monumental al formato mediano y
pequeño, en donde las formas ovoides y angulares están combinadas con la caligrafía Zen
y sabiamente estructuradas en una orquestada fuga de ritmos lineales y pinceladas
gestuales".
Después de estudiar arquitectura y
dibujo en Miami, se trasladó en 1989 a San Juan de Puerto Rico en donde aprendió la
difícil técnica del grabado en todas sus formas, profundizando sobre todo el aguafuerte,
la xilografía y la colografía. Sus aguafuertes ("Pareja", "Cuerpos",
"Sueño después de la muerte") y xilografía ("Bambú y luna") son de
una sobriedad impecable, de una transparencia que invita al silencio. Sombreado leve. Halo
y blancura. Además de esta temática del sueño y la noche (algo que obesiona a esta
artista), ha dibujado una serie de cuerpos: el mismo cuerpo visto desde diversos ángulos
para resaltar determinadas partes.
En 1994, presentó la exposición
"Prueba de contacto", en Galería Códice: una prueba para el espectador-lector
nicaragüenses, prueba de contacto en alusión a los procesos fotoquímicos de
reproducción de la imagen pero que aluden a algo más profundo que eso: al contacto de la
vida con la muerte, de la muerte con la vida, tal como se desprende de la visión de sus
ataúdes, ejemplo de una pintura dramática en donde el humor negro y la ironía se
confunden a veces con lo tétrico.
Pintura de fuertes trazos
expresionistas o neoexpresionistas, despojadas de toda retórica que en algún momento me
recuerda a la de Gironella. Contacto metafísico con la muerte en el propio escenario de
la suprema humillación: la fosa, el catafalco, el sarcófago, el ataúd siempre negro,
tenebroso, pero dispuesto de tal manera y en tantas posiciones que adquiere una
perspectiva humana como si habitáramos junto a él, algo así como la proposición de una
cultura necrófila.
Según cuenta María José, desde
niña soñaba con la muerte y en la pesadilla aparecían cajas negras y ataúdes. Desde
entonces vive obsesionada con el tema, y así, con toda la radicalidad y la sensibilidad y
la experiencia que le ha dado el conocimiento de la plástica moderna, logró crear,
utilizando la técnica de acrílico sobre papel y tela, ese universo gélido de ataúdes
puestos en orden simétrico unos, en orden asimétrico otros, recurriendo a signos
sugerentes: equis, círculos, semicírculos, agujeros y oquedades que sugieren la
posibilidad de la comunicación en un mundo absolutamente cerrado: el mundo de la muerte,
que dentro de las proposiciones de este arte desolado, es como una gran metáfora del
mundo alienado y deshumanizado en el que vivimos, el mundo de los hombre que T.S.
Eliot llamara "huecos,
vacíos", habitantes de una tierra baldía y o yerma. Al respeto hay que decir, que
María José Zamora ha incursionado también en un arte crítico en defensa de la
Naturaleza, como lo demostró en su participación en el Certamen Nacional
"Naturaleza 94" con un admirable tríptico de fuerte colorido (algo excepcional
en su obra fundamentalmente ascética) en donde ofrece una contraposición entre el orden
natural y el orden civilizado arrasador, exaltando el misterio gozoso de la vida.
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