FRANCISCO
LUIS MEJIA GODOY O LA PATINA DEL TIEMPO
Alvaro Urtecho
Con su plumilla certera y precisa,
Francisco Luis Mejía Godoy nos ha revelado, siguiendo las huellas de Carlos Montenegro,
ese gran maestro del claroscuro, un rostro de Nicaragua: el rostro de la Nicaragua
recóndita y profunda presente en las calles polvorientas de sus pueblos, en la soledad de
su casas esquineras al atardecer, en la severidad y llana simplicidad de sus repelladas
paredes de barro o taquezal y sus rústicas puertas retando el paso del tiempo, hornos
desconchados, ventanas enrejadas, antiquísimos tejados, balcones con aleros de caña
brava, cornisas, gradas, piedras gastadas y horizontes íntimos.
No el rostro de la historia, es
decir, el de la llamada "vida ciudadana" (la de los efemérides y calendarios),
sino el rostro de lo que Unamuno llamara "intrahistoria": lo que está al fondo
de la historia lineal, lo que se repite todos los días, la sustancia, lo que permanece
más allá de las fechas y los acontecimientos ditirámbicos. El rostro de la vida
cotidiana y de la realidad rústica, la realidad que habla en boca del pueblo y que se
percibe en los múltiples rincones y ángulos ocultos que Francisco Luis descubre y
describe con paciencia benedictina.
Es evidente que la temática central
de sus dibujos es la arquitectura (colonial y campesina, criolla, rural y semiurbana), que
nuestro artista comenzó a estudiar en la ciudad de México, en donde afianzó su
vocación por el dibujo artístico. Según ha contado ya desde su infancia en Somoto, al
contemplar a los obreros de la construcción amasar la arcilla para levantar los techos de
las inolvidables casas solariegas, se quedaba admirado preguntando e iquiriendo en los
enigmas de ese ordenamiento constructivo de la provincia fecunda.
Al respecto, el arquitecto Nelson
Brown ha dicho lo siguiente: "Presentar la arquitectura vernácula urbana-rural que
se inicia desde el mestizaje y se desarrolla paralelamente a la construcción
mediterránea de las casas y palacios de los europeos y sus descendientes en el proceso de
consolidación de las ciudades españolas y que perdura hasta inicios de este siglo, aún
con la aparición del neo-clásico como arquitectura del liberalismo y luego los
eclécticos, que en muchos casos se sobreponen a lo vernáculo, es el compromiso moral de
Chico Luis".
Pero también los personajes
populares asoman sus rostros endurecidos por el trajín y el ardiente sol, acentuando el
perfil de la nicaraguanidad, la señas de identidad del pueblo: vagabundos, mendigos,
acarreadores de ripios. Todo logrado a través de un juego de luz y sombra impactante.
Verdaderas joyas de un realismo
absolutamente verista, absolutamente fiel no a la representación en sí, sino a la
poesía de lo cotidiano, a la lírica de lo rústico en donde el paisaje arquitectural se
funde con el ser humano captado en su diario vivir, en su "intrahistoria".
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