EL
MIRADOR: GRACIAS FRATERNAS A E. TIJERINO
Manuel Eugarrios
Públicamente
quiero agradecer desde este alero, los reiterados y fraternales elogios que sobre mis
escritos suele dedicarme Edgard Tijerino --indiscutible transformador y maestro de la
crónica deportiva--, mi antiguo compañero de trabajo tanto en La Prensa como en El Nuevo
Diario.
A lo largo de mi vida profesional
muy pocas veces he acostumbrado agradecimientos en público, pero hago ahora esta
excepción por la vieja relación de gustos y afinidades que me vincula a Edgard, y porque
ambos creemos --como una permanente ofrenda de decoro a uno mismo-- en la probidad de
nuestros actos y en la honestidad de nuestros sentimientos, que junto con la educación y
preparación para la vida, es la más valiosa herencia que podemos legar a nuestros hijos.
Con Edgard no sólo compartimos los
afanes del trabajo cotidiano en dos rotativos en épocas de una gran trascendencia
histórica para Nicaragua, sino que también unas responsabilidades políticas personales
y semiclandestinas en los años duros en que el ejército de la dinastía mataba sin
mayores averiguaciones. Como quien dice, ambos nos jugamos el rostro por una causa que
consideramos que valía le pena por la mística, la heroicidad y los principios que la
animaban, y por los cambios que a favor del país y del pueblo suponíamos implicaba. Hoy,
sin embargo, ésa es ya otra historia.
Pero, además de este agrado de
hablar sobre mi insobornable relación con Tijerino, aprovecho la oportunidad para abordar
una vez más el tema recurrente de mi columna "Mirador Semanal", a la que tantas
veces se ha referido él en términos laudables.
Escrita y divulgada desde su
nacimiento en Enero de 1974 en tres medios diferentes (La Prensa, El Nuevo Diario y Bolsa
de Noticias), y abordando siempre temas de la más amplia variedad, tengo por lo tanto
veintiséis años de publicarla semanalmente, y este detalle no ha sido igualado en el
gremio desde hace cinco décadas, que en retrospectiva es hasta donde nosotros hemos
investigado. Si algo vale, pues, es por la constancia de su publicación semanal y el
esfuerzo que ello supone teniendo simultáneamente que cumplir con el trabajo que nos da
para el diario vivir, y que es precisamente por lo que muchos que comienzan a escribir
columnas en los periódicos a la postre tiran la toalla.
A propósito, debo desde aquí
congratular a varios colegas de La Prensa que con una asiduidad que ojalá perdure, han
iniciado recién la publicación de columnas individuales sobre temas de la vida
cotidiana, entre los que por su rica veteranía en el oficio destacan Mario Fulvio
Espinoza (hermano: entre la lista de nuestras marchantas etílicas ubicadas alrededor de
ese Diario, se te escapó la que quedaba propiamente enfrente, donde servían unos
pescados fritos estilo Tipitapa, verdaderamente inmortales), y nuestro viejo condiscípulo
Anuar Hassan Morales, amigo de tantas correrías por los senderos de la bohemia en la
vieja Managua, época que sin duda tanto los que aún vivimos como los fratelos ya idos
recordamos con esa nostalgia especial de lo que nunca volverá.
Los tiempos cambian, nos dirán, y
es cierto, pero a nosotros nos encandilaba aquella "Charla de Redactores" de los
años setentas, que tenía la chispa y la virtud de la brillantez precisamente en la
anonimia de sus autores, que éramos casualmente los mismos redactores del periódico,
aunque años más tarde le salieran paternidades únicas.
Siquiera sea por premiar esa
constancia y ese esfuerzo, no pocos colegas y amigos me han aconsejado publicar en libro
una selección de esos Miradores Semanales de tantos años.
Tal ha sido en estos años mi mayor
anhelo --quién que es no es romántico?-- y de hecho ha habido dos intentos para realizar
esa publicación (el primero al cumplir 15 años y el segundo a los 20) pero los
ofrecimientos que se me hicieron a ese efecto, quedaron precisamente en eso: puras
promesas, como esas que tanto caracterizan a los políticos de profesión.
Recuerdo a ese respecto, que aún
anda entre mis papeles especiales --en un ordenado desorden-- un par de prólogos a esa
proyectada selección de mi columna, escritos en distintas fechas, entre los cuales se
destaca el de Danilo Aguirre Solis, otro colega y amigo de muchos años, quien también en
1978 insertó un comentario en la solapa de mi librito sobre el asalto al Palacio
Nacional, elogiando mi trabajo parlamentario y el de mi cofrade gráfico Cruz Flores,
donde nos llamaba "la pareja cervantina del Parlamento".
Si a estas alturas de mi propio
periplo existencial ni siquiera he podido reparar las partes ruinosas de mi casa
minifalda, porque primero han sido la carga familiar y la modesta educación de mis hijos,
mucho menos que de unos recursos sobrantes que nunca he tenido, pueda editar esa
selección de mis escritos semanales.
Tampoco tengo el consuelo de
imposibles herencias o de la suerte repentina. A veces he pensado: haré mi publicación
cuando me saque la lotería, pero cómo me la voy a sacar si nunca la compro, porque no
tengo poder adquisitivo y porque hace mucho dejé de creer en las veleidades del azar?
Sin embargo, guardo la esperanza de
que si en vida no puedo acometer tal anhelo, después alguno de mis hijos quiera y pueda
realizar esa publicación de mis Miradores Semanales, aunque sólo sea por prolongar un
poco en el tiempo el recuerdo de un hombre --periodista por más señas-- que hasta el
último día de su vida supo ser honesto y que jamás le quitó el pan de la boca al
compañero.
Desde la distancia, levanto mi copa
cordial por ti, Edgard, y por todos aquellos presentes o ausentes, que tuvieron la nobleza
de darnos alguna arista de su corazón, de su humildad y de su inteligencia.
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