LOS PEORES
VESTIDOS DE LA HISTORIA
Cecilia Ruiz de Rios
Una de las cosas que nunca me
cabrán dentro de la cabeza es cómo dedicar tiempo, paciencia, pulcritud y energía a la
tarea de andar sencillamente elegante a como lo hace mi buena amiga Emperatriz Urroz.
Desde chiquita siempre he tenido la preferencia por andar cómoda en vestimentas
estrafalarias, pero me consuelo pensando que estoy en buena compañía... A lo largo de la
historia, algunos personas se hacen notar por el descuido a la hora de elegir sus ropas,
independientemente de que hayan sido estadistas, genios o reyes.
De la Edad Media, el peor vestido
sin lugar a dudas fue el rey francés Luis VII, quien a menudo incluso vistió hábito de
fraile por su intensa devoción cristiana. Para colmo estaba casado con Leonor de
Aquitania, una mujer amante de la belleza y el lujo, quien por cierto ponía cara agria
cuando él le recomendaba que no gastara tanta plata en ropa. Cuando la Leo se divorció
de él, fue para casarse casi de inmediato con el elegante y fornido Enrique de
Plantagenet.
Otro rey francés cuyo vestuario
dejaba mucho que desear fue Carlos VI, apodado el Chale Loco porque acabó más
esquizofrénico que una ardilla traumatizada. Carlos VI al perder la razón también
perdió el hábito de la higiene, y solía pasar muchos meses sin cambiarse de ropa,
rasurarse o tener contacto externo con el agua. Andaba con ropas remendadas, mugrientas y
malolientes, y dicen las malas lenguas con la mía a cargo del desfile, que cuando se
quitaba los calcetines éstos se paraban solos.
Como para no quedarse atrás, los
españoles contaron con un rey de origen francés que era alérgico a verse bien una vez
que la azotea le comenzó a patinar: Felipe V. Felipe era nieto del elegantísimo Luis
XIV, y era lujurioso como su abuelito, pero ahí se detenía la similitud. Ya casado en
segundas nupcias con Isabel Farnesio, Felipe V tuvo varios colapsos nerviosos y le dio por
huir del aseo, remendar personalmente sus trajes y no rasurarse nunca. Felipe V a menudo
se presentaba ante sus cortesanos con aliento de dragón, ropas en trizas y zapatos
destapados como fauces de lagarto hambriento.
Y para no ir muy lejos en la
Península Ibérica, el rey portugués Alfonso de Braganza era un tarado con instintos
criminales que solía ponerse hasta 7 mudas de ropas una sobre otra. El hedor de su
imbañable cuerpo impregnaba cada capa de vestimenta, y a veces andaba también dos
sombreros -uno encima de otro- cubriendo su grasienta cabellera. Gordo, fofo, feo y
maloliente, Alfonso merodeaba por las noches con su pandilla de criminales violando
mujeres, asesinando gente y protagonizando toda suerte de escándalos hasta que su
francesa esposa se deshizo de él en complicidad con Pedro -hermano menor de Alfonso- y lo
remitieron al tabo.
Otro monarca que acabó loco y
malvestido fue el ruso Iván El Terrible. Iván no era feo, pero en medio de su
desquiciamiento, comenzó a descuidar su vestuario a tal punto que pasaba semanas con la
misma ropa hedionda. Dado que padecía de artritis, solía usar enormes abrigos que no
eran precisamente el último grito de la moda.
Jacobo I, rey escocés con el cual
se unificaron las coronas inglesa y escocesa al morir sin descendencia Elizabeth I Tudor,
era otro monarca que se vestía como si su peor enemigo le escogiera la ropa. Alto, chele,
feo y desgarbado, tenía piernas como patas de alcaraván, pero insistía en seguir la
moda de ponerse medias de color, siendo el hazmerreir de la corte. Cristina de Suecia,
monarca rubia que fue una de las mentes más brillantes de todos los tiempos, era un
desastre a la hora de presentarse en público.
Usaba ropa floja, zapatos de hombre,
medias rotas, odiaba peinarse y no hacía nada por mejorar su fealdad natural. Para colmo
era alérgica al baño y enemiga de los desodorantes. María Antonieta, hija de la
emperatriz austríaca Ma. Teresa de Habsburgo, fue otra reina cuyo aspecto muchas veces
era lamentable. Casada en la adolescencia con el futuro rey francés Luis XVI, una vez que
salió de las disciplinarias manos de su familia aprovechó para dar rienda suelta a su
gusto recargado.
Usaba enormes sombreros
estrafalarios con frutas, pájaros disecados y flores, sus trajes iban adornados en exceso
con joyas, cintas y encajes y parecía artista de circo en plena función. Ma. Teresa, su
madre, la regañaba por carta, pero Ma. Antonieta no escatimaba gastos y tiempo en escoger
su extravagantemente rico vestuario. Este amor por el lujo cursi fue uno de los motivos
por los cuales el pueblo de Francia la odió con pasión, y acabó cediendo su cuello de
cisne a la guillotina.
Un hermano de Ma. Antonieta, José
II de Habsburgo, fue un hombre que quiso poner de moda la austeridad en su país.
Promulgaba docenas de leyes por semana, y predicaba la modestia con el ejemplo, a tal
punto que en su closet habían solo 6 pantalones y 6 camisas al momento de morir José.
Otra cabeza coronada que quiso mostrar mucha austeridad fue la reina inglesa Victoria, a
quien le dio por vestirse solamente de negro cerrado tras la muerte de su amado príncipe
consorte Alberto de Saxe-Coburgo-Gotha. Victoria, quien se miraba regordeta, anticuada y
fea, parecía nacatamal mal envuelto en sus odiosos trajes negros.
El mal gusto al vestir no ha sido
prerrogativa de los de sangre azul, y entre los genios peor vestidos de la historia
tenemos al judío Albert Einstein, quien además de ponerse solo suéteres flojos, era
enemigo acérrimo del peine. El poeta norteamericano Walt Whitman en su juventud fue uno
de los primeros en ponerse los pantalones de trabajo llamados jeans que inventó el
ingenioso Levi Strauss (y eso que en aquel entonces los jeans eran el epítome del mal
gusto), y solía andar con un sombrero viejo, camisa curtida y botas viejas.
El gran inventor norteamericano del
bombilllo incandescente, Thomas Alva Edison, siempre andaba mal presentado con el pelo
parado, camisas arremangadas al codo, pantalones flojos desteñidos por substancias
químicas y zapatos de suela rala. El compositor ruso Alejandro Scriabin, considerado loco
de atar por muchos, dormía con el sombrero puesto y usaba colores extrañísimos en su
ropa. Otro sombrerudo famoso fue el compositor y pianista francés Erik Satie, quien
además usaba monóculo y zapatos como de payaso de circo. Muchos juraban que no se
quitaba el sombrero ni para bañarse, cosa que hacía "a la muerte de un
obispo."
El gran almirante inglés Lord
Horacio Nelson, considerado uno de los estrategas militares más sagaces de todos los
tiempos, usaba uniformes dos tallas más grandes y una gorra vieja, mientras que Benito
Mussolini, dictador de Italia, no sólo evitaba rasurarse y bañarse sino que usaba la
misma ropa vieja hasta que ésta se caía a pedazos. Los grandes líderes de la historia
no se capearon del mal gusto, y Mahatma Gandhi fue recibido por la monarquía inglesa
vistiendo solamente su envoltorio blanco, mientras que el Che Guevara gozaba al andar
imbañable, desaliñado y con su hedionda gorra negra.
Mao Tse Tung por su parte no usaba
desodorante, compraba ropa barata en el mercado y manifestaba sentir alergia por los
trajes de alto vestir, y en una ocasión en que le visitaban dignatarios extranjeros, se
bajó el sucio pantalón para ventilarse las sudadas nalgas, mostrando que, para colmo,
andaba "cañambuco."
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