RAUL
MARIN ... Y SU INFIERNO TURBULENTO
Alvaro Urtecho
Raúl Marín se dio a conocer en
1989 con su obra "Cabalgata Apocalíptica", ganadora del Premio Nacional de
Pintura Leonel Vanegas. Desde entonces ha estado presente en el panorama de nuestra
plástica exhibiendo un trabajo de radical modernidad que ha expuesto en algunas galerías
de Managua: La ciudad y los hombres (1995), Oleos y veladuras (1996).
Devoto de Van Gogh (no hay otro
pintor que me haya influenciado más, dice), Marín pertenece a esa estirpe de pintores
obsesionados con el movimiento de los colores y los trazos en función de una interioridad
atormentada y conflictiva, el movimiento intempestivo del caos ascendente, el oleaje de
formas que aletean y se fijan al fin en la superficie de la tela: las turbulencias de las
interioridades del alma: aquellos viñedos de la campiña, aquellos girasoles ondeando.
Una fijación que sólo se realiza después de un largo proceso de imágenes aceleradas
que se resisten a ser catalogadas como figuración.
Leonardo decía que la pintura
"es una cosa mental", algo que sucede en la mente, Raúl Marín, que seguramente
estudió los inclasificables dibujos del maestro durante su aprendizaje en la Academia de
Bellas Artes de Florencia, apuesta por esa idea que, pese a ser de un maestro del
Renacimiento, es profundamente moderna. Es decir: no se trata de representar la realidad
tal como es a simple vista. Se trata de expresar lo que ocurre en la mente: expresar,
interpretar.
Los cuadros de Marín no son
inteligibles a primera vista, no son univalentes: requieren de dos o más lecturas. Hay,
evidentemente, una zona de indefinición y ambigüedad tras la insistencia de sus
veladuras y de sus continuos chispazos de luz que recuerdan a veces la técnica
puntillista del impresionismo. Una zona que deja un espacio abierto a la imaginación, a
la propuestas de la loca de la casa. Sólo así se puede llegar a la compresión de su
significado, si es que existe alguno.
No cabe duda que estamos frente a un
expresionista con tendencias al abstraccionismo lírico, un expresionista-impresionista en
busca de ese "infinito turbulento" de que habla Henri Michaux. Por algo Pedro
León Carvajal lo relaciona con el venezolano Reverón, el gran pintor de la luz en
nuestra América.
La luz es constante en Marín:
lagunas, charcas de luz pantanosa y doliente en donde se proyecta una psicología
torturada. Una luz que brota como de un brasero ardiente. No la luz ascética y ordenadora
de la razón y la disposición compositiva científica. En la maraña ondeante y
crepuscular de sus cuadros, Marín insinúa una visión de la naturaleza violada ("la
naturaleza tiene ausente a su marido", decía Joaquín Pasos en su Canto de Guerra),
su orden cósmico y armónico destruido por el hombre: bosques incendiados, ramas y hojas
chamuscadas, alternancia de rojos sanguinolentos y explosivos amarillos. Escenarios de
podredumbre, humus, humaredas escapando al fondo: rojos quemados con tintes negros y
violáceos, paseos por colinas dantescas, paisajes de la catástrofe.
Sus últimos trabajos profundizan
esta interiorización turbulenta del paisaje, paisaje que no sólo es el de la naturaleza
violada o idílica ("El templo", una composición dramática con ecos de
Fragonard), sino también el de la ciudad, la hormigueante ciudad maldita cantada y
execrada por Baudelaire y sus pares. Paisaje de selvas enmarañadas y de muchedumbres
avanzando en forma de manchas, rostros que se superponen insinuando el naufragio, el
vacío interior del hombre contemporáneo anonadado por la crisis y la fuga de valores
espirituales y morales.
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