LOS 70 AÑOS DEL SUSCRITO
Pedro Rafael Gutiérrez
En el curso de esta excepcionalmente fría semana de Febrero, me ha tocado
celebrar en Costa Rica, junto a la Magda y resto de parientes, el setenta aniversario de
mi nacimiento, en mi aritmética de vida personal, el número 21 en mi exilio en Costa
Rica, el que no concluirá sino con el apretado entierro en cualquier cementerio local.
La sensación de llegar a cumplir esos años, difiere en realidad poco a
la ilusión de los 15, "la edad florida"; o la de los 18, que nos permitía
votar, de todos modos para nada, o el arribo a los 21, que en mi tiempo, plena mayoría de
edad, nos ponía en condiciones de cometer cualquier estupidez.
Eso significa para este su seguro servidor, que casi la mitad de la vida
deliberante, he permanecido en Costa Rica, una democracia de verdad y que por el exilio
muy acertada que decidimos vivir, la presión dictaorial constituyó la menor parte en el
territorio en que me tocó nacer.
Hay algo mucho de irrenunciable en Nicaragua, que no cambiará en las
ventanillas del Registro Civil, pese a que hace más de diez años, la torpeza de un
reglamento hizo posible que se me librara un estúpido "certificado negativo de
nacimiento" en Nicaragua, que exhibo al lado de varios diplomas como me catalogó
Manolo Cuadra en delicioso soneto, a la manera de Linneo: "un híbrido, hijo de una
española y un nica", en otras palabras, un zaguate cualquiera.
No terminé el derecho y lo ejercí en Masatepe muchos años, como
notario, en la oficina de Guillermo Ortega Tapia; orgullosamente reconozco que no estudié
periodismo y fuí director de dos diarios y jefe de redacción de otros más, lo que dejó
en mí una huella imborrable y tres nombres inolvidables: Igancio Briones Torres, Danilo
Aguirre Solís y Emigdio Suárez, cuyos nombres bastaría para escribir la historia del
periodismo nicaragüense.
Hago más memoria de lo que me ha rodeado en estas siete décadas más que
de mí mismo, porque no escribo un ridiculom vitae, sino un fragmento de memoria, que
estoy llevando a un libro.
Tengo mis ídolos inconmovibles: Morales, Pérez de la Rocha, y Peñalba
en la Pintura; Rubén, Pablo Antonio y Ernesto en la poesía; la Edith, Saravia y Flores,
en la rudeza de la escultura; Mariano Fiallos y Guillermo Malavassi, en el espeso mundo
universitario; Napoleón Duarte y Rodrigo Carazo Odio, a quien traté sin obstáculos
incontables veces; vivos y muertos algunos, de quienes algo aprendí, porque incluso
admirarlos constituye una lección que me ha alimentado a diario.
Llegar a los setenta años, sobre todo con la suerte que he tenido de una
novia eterna, como la Magda, confieso que no duele.
Amigos que me rodearon en el día conmemorativo, recibieron de mis manos
un ejemplar de mi poema "Este que soy yo", destinado en realidad a los testigos
del pastel que no había dado cabida a todas las velitas, testigos y solidarios en el
brindis-ninguno de ellos quiso cususa-- que me desearan larga vida, pese a mis protestas
de estirar sin necesidad una vida que supera incluso los años que vivió mi padre, muerto
a los 58 y las vidas de otros hombres que se inmortalizaron.
Pedí un epitafio : PROHIBO TERMINANTEMENTE BOTAR
BASURA EN ESTE LUGAR.
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