LA SONORA MATANCERA EN NICARAGUA |
(Ultima entrega) |
| Joaquín Absalón Pastora |
Regresar a
entrega |
En la misma ciudad donde ocurriría la
convención liberal en León, un mes antes hubo SONORA MATANCERA. Ahí estaba la
guitarra de Rogelio Martínez (el director). Las cuerdas eran opacadas por los otros
altivos instrumentos lo cual no impedía que el hombre forjador estuviera conduciendo
desde su asiento, el hombre que todavía actúa (se nos dice) a la edad de noventa y
cuatro años en Nueva York.
Aún completaba el coro el salamero y siempre campechano Caíto con sus
maracas. Ahí estaba el contrabajista, Elpidio Vásquez y el dúo de trompetas de Calixto
Leiceda y Pedro Knight (mejor conocido ahora como Don Pedrito.
Amores permanentes, indeclinables (toda una vida diría la canción)
fueron los de ese trompetista y Celia Cruz quien recibió el sobrenombre de REINA
RUMBA. REINA RUMBA tendría unos veinticinco años de edad (?) en ese tiempo porque
era el ritmo en cadencia el escultor de su monumentalidad, de su voz que era como un
clarín alzado a los aires con el sostén de una dicción que era parte del cristal
inviolado.
A ella sólo le correspondía cantar por ser su más pura embajadora
aquella pieza: "TU VOZ". Se auto-reflejaba en cada uno de los giros.
Espectacular era su manejo de las notas altas, su maestría en aupar los privilegios
orgánicos, la magia oculta de las "cuerdas vocales" que Celia Cruz hacía
trascender con opípara naturalidad.
El Creador le regaló esas cuerdas que ella sigue aprovechando en los
escenarios del mundo donde se desenvuelven con laureles sucesivos. Siendo literalmente
negra le lucía el traje de lino blanco irlandés pegado a la puntiaguda cadera. Qué
clase de espiga en consonancia con la forma ebánica, pura, lineal.
Los novios no ocultaban su vinculación amorosa. Nunca interrumpieron ese
"andar juntos" típico en la solidaridad de los encantamientos, hasta que se
unieron para siempre la disciplinada personalidad de don Pedro y la gracia siempre
extrovertida de quien es ahora llamada "AZUCAR" porque es esencia fuera y
dentro del escenario artístico. No hubo hijos según nos ilustran pero ello jamás fue
factor para menguar un amor solidificado por el otoño.
"Yiyo" estaba en la tumba... pero en la alegre, percusiva y
viviente, aderezo indispensable en el menú tropical. Mínimo era el portador de la
timbalera que tanto color da al bolero en los solos acompasados. Falta mencionar a los dos
cantantes que concretaban el trío de voces estelares: Celio González y Nelson Pinedo.
A Celio le dicen y le decíamos: "EL FLACO DE ORO". El
"crooner" enfermizo andaba venda en los dedos incompletos de la mano y de los
pies. Nació así. Aún así con esa insolvencia física había que valorar sus
sentimientos cuando cantaba "TOTAL", bolero andante en casi todos los
labios del mundo hispánico.
La otra celebridad Nelson Pinedo de origen colombiano "el muñeco de
la ciudad", lucía sosiego en su carácter, selecto en las "chispas"
contadas, pero en el hablar.
Al regresar a Managua Rogelio Martínez hizo la señal de pasar un rato en
el corazón nocturno de las fiestas agostinas: El Casino Olímpico de Moncho Bonilla,
situado en ese entonces en las cercanías del Estadio Nacional. La moción fue placentera
y obligó a Don Moncho a remodificar las mesas del local. Los parroquianos eran las
estrellas de LA SONORA MATANCERA.
Tuve el gusto de compartir esas horas con ellos cruzando la larga pista de
la anécdota riente e histórica. Cada cosa dicha y celebrada ahí era el limpio producto
de la vida llena de todo, de colores deslumbrantes y grisáceos, cargada de cátedras
vivientes, serias y jacarandosas.
Cada uno de los inter-locutores habían nacido en la cuna de la humildad y
eran conocedores de la radio cubana. C.M.Q era el tránsito para llegar a la meta
de la consagración, así como X.E.W. lo era en México y Y.N.W. lo era en
Nicaragua.
Hacía calor en las interioridades del "Casino Olímpico" y
alguien pidió mesa afuera, aire libre. La parranda siguió. Ya en el amanecer confundidos
entre ruleteros radicales y suplidoras de música con volumen resputuoso, comenzamos la
despedida. Yo me puse de pie para pronunciar un breve discurso.
Al finalizar solicité a Celia Cruz una canción. La petición fue
complacida. Y cómo no voy a cantar al "maestro de ceremonias". -------
"Chico ¿qué tú quieres que te cante?", preguntó Celia.
No vacilé en la escogencia.
Le pedí "TU VOZ". La espiga se puso en posición de
auténtica e insólita solista con sólo el acompañamiento de los bongoseros que usaban
la superficie de madera para dar "rienda suelta" a la concesión.
Oír a Celia Cruz cantando TU VOZ, constituía un privilegio que
aún ronda en los oídos asombrados.
|