Aquel Obispo Educador
Joaquín Absalón Pastora
El erguido y activo Presbitero Marco Antonio
García Suárez se ganó el obispado de Granada en parte por ser perseverante en su filial
y político afecto al General Anastasio Somoza García. No lo ocultaba.
En esos tiempos (mil novecientos cincuenta) cuando se nombraba a un nuevo
obispo, los jefes de Estado prácticamente decidían la nominación. El Vaticano enviaba
una terna de tres que subrayaba el poder terrenal.
Tanto el padre, trabajador y creativo, como Somoza García tenían
arraigado acervo de índole campesina en las rurales parcelas donde suscribían -
originalmente - sus compromisos de seguir la tradición de los antepasados, asociada con
el trabajo en el campo. Solía decirnos el propio Obispo que oficiaba en el altar de la
agricultura. Cada uno encontró su propia identidad.
García rompía el esquema. Decía mucho y hacía mucho. Era un líder
espiritual realmente emprendedor. Si lo medimos con la vara de que "por sus hechos
los conoceréis" él encabeza la lista de la acción.
No pueden esconderse obras como la del Instituto de Reformatorio de
Menores, columnas sociales urgidas en los tiempos actuales por la dolorosa y lastimosa
presencia de los niños cuyo destino vegeta bajo la indiferente mirada de los semáforos.
Cuánta retribución tuviera para el estado un reformatorio de esa
naturaleza en cuanto a cosechar los siembros de la enseñanza técnica para los obreros
ausentes y desposeídos en una época en que todo mundo aspira a ser universitario para
caer finalmente vencidos por las limitaciones de plaza, obligados a manejar un taxi para
ganarse la vida.
García -obra de otro giro- fue también el fundador y constructor del
Colegio Rubén Darío, de donde egresaron profesionales competentes, que brillan en la
actualidad. Pero también el Padre García pertenecía al cuerpo de capellanes del
oficialismo.
Cuando nos entregaba su palabra - era un excelente orador sagrado
-prevalecía el tema religioso desbordante en elegancia y ampulosidad, aunque de vez en
cuando y con disimulos inoculaba el tema político e ideológico principalmente cuando
arremetía contra el comunismo.
Los alumnos ocupábamos de pie, todo el largo y anchuroso patio, bajo el
sol de las diez de la mañana, hora que correspondía al recreo, rito muscular lleno de
alegría y libertad que momentáneamente nos separaba de los textos. Pero antes de que
sonase el pito del desenfreno, el padre debía hacer vibrar el ambiente con su homilía
personal.
A pesar de ser discreto en su percepción de la temporalidad, en el
terreno de los hechos era amplio para demostrar sus sempatías a la familia Somoza García
y su esposa Salvadora Debayle de Somoza.
García, además de ser director y fundador del Colegio Rubén Darío, del
Reformatorio de Menores y director del Semanario "El Trabajador", era párroco
de la Iglesia El Perpetuo Socorro, situada cerca del Rubén Darío.
Todos los domingos los internos asistíamos a misa obedeciendo una
disciplina ante la cual era difícil resistirse. A esa misma del Perpetuo Socorro
--nuestra Virgen-- asistía sin el riesgo de perderse una sola, Doña Salvadorita. De vez
en cuando podía verse a su poderoso cónyuge. La misa era en estricto latín y de espalda
a los feligreses. Los dos personajes tenían destinado un trono que parecía tener
cualidades perpetuas pues cuando se ausentaban --cosa infrecuente-- nadie lo ocupaba.
Quedaban colgados en la soledad las guirnaldas y los bordados. Abandonada por los pasos
oficiales la alfombra roja. Era la misa del gabinete.
Una vez en ocasión de la Navidad del año mil novecientos cincuenta y
uno, el recordado músico y maestro nicaragüense Víctor M. Zúniga, invitó a un grupo
de internos a integrar un coro de menores para lo cual debíamos ensayar mínimo una hora
diaria en el mes de diciembre. El argumento era que el Colegio necesitaba un grupo coral
estable para "ciertos acontecimientos". Por ser la Navidad, el Profesor cuyo
bigote y cabellos nunca alteraron su blancura, nos ponía a cantar sólo villancicos
nicaragüenses y de autores extranjeros. Usaban un vetusto piano que pasaba siempre de
vacaciones en el corredor superior del Colegio. El maestro lo "aporreaba" en
cada sesión.
El propio veinticuatro de diciembre nos dijo que obedeciendo instrucciones
del Padre García nos llevaba al portal del Palacio Presidencial donde --en coro--
estábamos programados para cantarle varios villancicos a la familia gobernante, dentro de
la cual sobresalían Anastasio Somoza García, Doña Salvadora y sus dos hijos varones,
Luis y Anastasio. Para la curiosidad infantil aquello constituyó un acontecimiento pues
íbamos a conocer Casa Presidencial y ser atendidos especialmente con motivo del canto. A
las ocho de la noche exactamente nos llevó el Profesor y ya estaban departiendo
cordialmente tanto el Padre García como el Jefe del Estado y sus familiares.
Colocados en la formación adecuada para cantarle al Dictador y su
comitiva dentro de la cual recordamos al entonces Ministro de Gobernación y Anexos,
doctor Modesto Salmerón, unimos las voces a "capella" teniendo cercano un
nacimiento , modesto para estar en Palacio. Había respeto y silencio. Qué podían
platicar unos "mocosos" con la familia gobernante. Nada. Hubo solamente los
aplausos y el protocolario saludo de cada uno con las naturales e hipócritas
felicitaciones que suelen darse en las serenatas palaciegas.
Regresamos a cada una de nuestras casas sin que nunca más,
posteriormente, se hayan vuelto a pulir aquellas voces delgadas que sólo ensayaron para
cantarle al dinasta en una "noche de paz".
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